Falacias constitucionales del castrismo

Falacias constitucionales del castrismo

La Patria está formada por todos los cubanos, no sólo por una parte de ellos

 

GUANTÁNAMO, Cuba.- A medida  que avanza la  anunciada reforma constitucional los medios oficialistas aumentan sus falacias para tratar de justificar lo injustificable.

Recurren a la manipulación de nuestra historia, una trampa en la que cada día caen menos cubanos, no porque todos sean conocedores de los temas maltratados, sino porque el discurso oficialista difiere tanto de nuestra realidad que muchos desconfían de los testaferros del castrismo.

Hace unos días se presentó ante las cámaras del programa televisivo “Buenos días” un profesor universitario, especialista en Derecho Constitucional. Ante la pregunta de por qué en Cuba no había una asamblea constituyente como en Venezuela, se sumió en un cantinfleo hasta afirmar que eso era tradición en otros países, no en el nuestro, desconociendo la rica historia constitucional cubana, que en condiciones tan difíciles como las de nuestras guerras de independencia siempre nombró delegados para redactar las constituciones de Guáimaro, Baraguá, Jimaguayú  y La Yaya.

Ahora tocó el turno al señor José Luís Toledo Santander, Dr. en Ciencias Jurídicas, profesor titular de la Universidad de La Habana y –si aún no lo han botado– presidente de la Comisión de Asuntos Constitucionales y Jurídicos de la Asamblea Nacional del Poder Popular (ANPP).

Un artículo que menosprecia la inteligencia de los cubanos

El pasado 11 de julio el periódico Granma –órgano oficial de los trepadores ilegales– publicó un artículo de dicho señor, titulado Las constituciones cubanas, desde ayer hasta hoy, en el cual defiende la naturaleza despótica, excluyente y antidemocrática del sistema castrista y de su Constitución, además de caer en evidentes contradicciones.

Toledo afirma que en las constituciones mambisas están las fuentes del derecho constitucional cubano, pero no explica por qué las libertades y el espíritu democrático presentes en ellas  fueron echados a un lado, de un plumazo, por los comunistas que redactaron la Constitución pro soviética de 1976.

Afirma también que la Constitución de 1940 –una de las más modernas y democráticas del mundo en su momento y la mejor que han tenido los cubanos– reflejó una soberanía limitada, de sometimiento político y dependencia económica, obviando que durante su vigencia, Cuba tuvo un momento económico muy superior al mejor del castrismo. Fue, además, el lapso más democrático de su historia y para entonces ya había sido derogada la Enmienda Platt. Al menos, cuando esta se impuso, los delegados a la Asamblea Constituyente de la naciente república pudieron discutir sobre la aceptación o no de ella y de la base naval yanqui.

El castrismo jamás llevó a discusión popular o legislativa la aceptación de la base de submarinos en Cienfuegos, o la creación de la base de espionaje electrónico conocida como “Lourdes” y, por último, los burgueses jamás declararon en una Carta Magna su admiración por los EE.UU. como hicieron los comunistas cubanos por la URSS en el preámbulo de la constitución pro estalinista de 1976.

Toledo afirma que la Constitución de 1940 no se consultó con el pueblo, sin decir que este fue quién eligió a los delegados a la Asamblea Constituyente, donde confluyeron las principales fuerzas políticas de la época, incluyendo a los “discriminados y perseguidos militantes comunistas”, según la reiterada frase del oficialismo. Tampoco dice que las elecciones para conformar esa constituyente fueron de las más libres y honestas de las que hasta la fecha se han celebrado en Cuba, donde la coalición oposicionista, liderada por Ramón Grau San Martín, y la de Fulgencio Batista, se repartieron los escaños. Los comunistas estuvieron representados por Blas Roca Calderío, Juan Marinello y Salvador García Agüero, quienes tuvieron una brillante participación en los debates y salían de ellos sin que a la puerta estuviera esperándolos un policía para detenerlos y pedirles explicaciones por lo dicho. ¡Ya quisieran los actuales opositores pacíficos cubanos tener esa oportunidad!

En una introducción y análisis de ese proceso, hecho por Néstor Carbonell Cortina, se reproduce esta cita de Carlos Márquez Sterling: “la radio llevó a todos los hogares de la nación los debates de sus delegados, creando un gran fervor patriótico y acrecentando la fe del pueblo en sus destinos. Nunca estuvieron más identificados los cubanos con sus instituciones políticas como en 1940”. Y conste, los debates no ocurrieron en uno o dos días como se hará ahora, porque ya todo está “cocinadito” por la nomenclatura.

Antes de que los candidatos se sometieran a la votación popular cada partido publicó y dio a conocer al pueblo su programa político, por tanto, cuando se hicieron las elecciones ya el pueblo estaba participando y votando por el programa político que más le convenía.  ¿De qué falta de soberanía y democracia habla el señor Toledo? ¿De qué sirve que el pueblo participe en la discusión del texto que será aprobado por la ANPP si no puede objetar la posición que en ese documento ha sido otorgada –ilícitamente– al partido comunista, aunque sea un deseo mayoritario entre los cubanos? ¿De qué valdrán esas asambleas si las modificaciones que se propongan luego pasarán por el tamiz de los censores bajo un secretismo absoluto o serán eliminadas si no convienen a los mandantes? ¿De qué vale un referendo sin observadores internacionales imparciales cuyo verdadero resultado sólo será del conocimiento de un reducido grupo? ¿De qué vale una nueva Constitución que luego será violada sistemáticamente, que otorgará derechos sólo a una parte de los cubanos y continuará discriminando a otros?

Otra falacia del artículo es muy conocida. Me refiero al manido argumento de que el socialismo en Cuba es irrevocable. Mire, señor Toledo, en Cuba lo que existe es una dictadura militar que se  autoproclama socialista para beneficio de los mandantes. Y aunque fuera cierto que en el año 2002 –según usted afirma, citando un dato no confirmado por ningún organismo internacional– más de nueve millones de cubanos apoyaron tal irrevocabilidad, estamos en el 2018. Lo que un día decidieron –de ser cierto– los cubanos que podían votar en el 2002, no puede enarbolarse como una eterna cadena para otras generaciones que no existían o no votaron por ser menores de edad. Han pasado ya 16 años de aquella “votación”, un suceso que ocurrió antes de que el propio comandante en jefe del hundimiento nacional reconociera que el sistema implantado por él mismo era ineficaz. Y conste, en esa “votación” no votaron los casi tres millones de cubanos que andan por la diáspora porque el castrismo desconoce sus derechos civiles y políticos.

Y sobre la socorrida “irrevocabilidad” del socialismo, recuerdo que cuando el ex presidente hondureño Manuel Zelaya quiso modificar cláusulas inamovibles de la Carta Magna de Honduras –como lo es esta de la cubana– y lo destituyeron, aquí defendieron su posición anticonstitucional a capa y espada. Sin embargo, no someterán a discusión el papel que se auto asignó el partido comunista cubano, la más impopular agrupación política que jamás ha existido en Cuba. ¡Vaya doblez!

Hoy más que nunca alcanza notoria vigencia la frase que el ilustre José Manuel Cortina lanzó durante uno de los debates de la Asamblea Constituyente de 1940: “¡Los partidos, fuera! ¡La Patria, dentro”!

Y la Patria está formada por todos los cubanos, no sólo por una parte de ellos. Pero la soberbia y la ambición de los comunistas han demostrado ser incompatibles con posiciones como la de Cortina.

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