Envejecer en Cuba, ¿suerte o desgracia?

Envejecer en Cuba, ¿suerte o desgracia?

La prensa oficialista habla con orgullo del envejecimiento poblacional que hoy abarca un 18% de la población cubana

José Vargas (foto del autor)

LA HABANA, Cuba.- José Vargas tiene 85 años y es músico jubilado. Vive solo en un cuarto de solar, en la Habana Vieja, dependiendo de una chequera de 240 pesos mensuales (8 USD) y la ayuda que buenamente puedan ofrecerle sus vecinos.

Durante dos años este anciano ha esperado que le operen la catarata en ambos ojos. Fue “peloteado” sin miramientos en la “Liga contra la Ceguera”; en el hospital “La Dependiente” se desplomó el techo del quirófano, provocando el aplazamiento indefinido de la cirugía; y en el “Calixto García” no había médicos disponibles.

A pesar del via crucis de Vargas, la prensa oficialista habla con orgullo del envejecimiento poblacional que hoy abarca un 18% de la población cubana. Argumenta que es un logro del sistema socialista y con optimismo lo describe como un “desafío” para el futuro cercano. Pero en la actual coyuntura no se perciben los beneficios de la salud gratuita que tanto preconizan los altos funcionarios de la Isla ante organismos internacionales. ¿De qué manera se piensa hacer frente al “desafío”, si un viejo desvalido debe esperar dos años por una operación de cataratas?

Incapacitado por la ceguera parcial y la diabetes, Vargas comenzó a pasar hambre. En más de una ocasión sufrió hipoglicemia por permanecer sin comer durante largas horas. Rosa, de 68 años, es la única vecina que se ha ocupado, según sus posibilidades, de alimentarlo y lavarle su ropa. “Me daba lástima verlo tan sucio y con hambre (…) lo he visto comiendo cosas que no son buenas para un anciano diabético”, comentó a CubaNet la señora.

Sin embargo, Rosa no podía asumir esa responsabilidad por un tiempo prolongado, puesto que ella misma es jubilada y tiene problemas de salud; así que trató de buscar ayuda.

Confiando en la caridad cristiana, acudió a la iglesia evangélica “Los Pinos Nuevos” —muy próxima al solar donde vive Vargas—, que distribuye una comida diaria para algunos viejitos solos. Pero cuál no sería su sorpresa cuando una mujer le respondió, sin el menor asomo de compasión: “eso no es problema nuestro. Vaya a ver a la delegada, al Partido y al Gobierno”.

Rosa explicó el caso de Vargas al Gobierno Municipal de Habana Vieja y solicitó una cuota de alimentos en los Centros de Atención a la Familia, además de los servicios de una trabajadora social. De mala gana le dieron por escrito la autorización que permitiría a Vargas llevarse a casa, dos veces al día, un pozuelo con arroz, chícharo, revoltillo y mermelada; todo mal elaborado y sin el aporte calórico necesario.

Como si no bastara lo mísero del rancho, Vargas debía caminar un kilómetro diario, o pagar 30 pesos a un bicitaxi (la quinta parte de su pensión), para buscarlo. La trabajadora social que debía ocuparse de esa tarea, nunca apareció.

Tras el infortunio de un anciano desamparado hay tanta corrupción administrativa y sordidez humana, que ahora mismo la perspectiva de envejecer en Cuba es aterradora. El Estado no cuenta con  instituciones ni especialistas capacitados para enfrentar la oleada de envejecimiento que se avecina. Los asilos —salvo un par de excepciones— son pésimos y no aceptan ancianos con demencia, mal de Alzheimer u otra enfermedad que necesite cuidados de tiempo completo.

A inicios de siglo Fidel Castro destinó numerosos recursos para graduar a miles de trabajadores sociales, que solo sirvieron para despilfarrar el erario público en aquel descabellado “Verano sobre ruedas”, donde los mismos jóvenes encargados de regular el consumo de combustible para proteger los bienes del Estado, acabaron robándoselo. El gobierno gastó millones de pesos, licenció en Educación Superior a una caterva de delincuentes, y hoy ni siquiera puede recoger el fruto humanitario de aquella inversión planeada sobre la base del voluntarismo político y la falta de sentido común.

En el presente Cuba no cuenta con suficientes asistentes sociales, suficientes geriatras, alimentación adecuada, o medicinas. Muchos ancianos desamparados habitan viviendas en lamentable estado constructivo. El propio Vargas vive en riesgo permanente de resbalar en el moho provocado por la filtración de la cisterna del solar; o que lo mate un trozo de ladrillo, desprendido de los aleros y balcones de un edificio cuya estructura centenaria se encuentra en un avanzado estado de deterioro.

Ante la indiferencia del Estado, personas que no tienen donde vivir se meten “a la cañona” en casa de ancianos solitarios, para “cuidarlos” a cambio de quedarse con la vivienda una vez fallecidos. Mientras llega la muerte, ¿quién denuncia cualquier maltrato? ¿Quién puede decir si el viejito acepta su nueva situación o está siendo amenazado?

Un país que no se ocupa de sus adultos mayores, los deja a merced de gente vil. Ese es el futuro que le espera a Cuba, puesto que el Estado quiere subsidiarlo todo y no es posible. Las familias se han fragmentado por los exilios y ni siquiera con la Iglesia se puede contar. No es de extrañar que haya aumentado la cifra de suicidios en personas ancianas, aunque el gobierno oculte las estadísticas.

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