Confinan en albergues a enfermos de dengue y zika en Villa Clara

Confinan en albergues a enfermos de dengue y zika en Villa Clara

Familiares de los enfermos llevan bolsas de galletas, agua fría, nada que pueda descomponerse porque no hay refrigeración

Albergue para enfermos de dengue y zika en Santa Clara (Foto del autor)

SANTA CLARA, Cuba. – En las afueras de la ciudad de Santa Clara hay pocas edificaciones que embelesen. En una de esas zonas, alrededor de una conocida circunvalación, se formaron desde hace años una sarta irregular de viviendas ilegales a las que a la gente les dio por llamarles “llega y pon” por su condición efímera, perecedera, insegura. Además de los caseríos improvisados, en la periferia de Santa Clara hay muchas cañadas putrefactas, zanjas contaminadas, hierba alta, riachuelos de aguas turbias, mosquitos.

Además de estos precarios asentamientos, lejos del centro pueden advertirse entre la maleza dos o tres edificios cuadrados post soviéticos, pero con la misma estructura preconcebida de aquellas formas importadas. Los inmuebles fueron parte de una “revolución educacional” que, supuestamente, pretendía integrar a casos sociales y llevarlos por el camino de la erudición. La idea parió frutos escasos, conllevó muchos gastos hasta que, finalmente, terminó.

Los cimientos de aquellos centros quedaron en pie para convertirse en escuelas primarias, secundarias, preuniversitarios, mezclados en muchos casos. La escuela de “trabajadores sociales” de Santa Clara ahora es un albergue para los enfermos de zika y dengue.

Albergue para enfermos de dengue y zika en Santa Clara (Foto del autor)

Segundo piso. Un cartel anuncia que has arribado al “Centro de aislamiento de febriles”. Mala rótula, mal acabado. Hay veinte o treinta sillas plásticas, para que los infectados salgan a comer o a ver el sol, porque no deben bajar al primer piso, “ni a fumar, no, ni a fumar”, le ordena un señor sin bata blanca a un adicto desesperado.

Son ciento veinte metros cuadrados por cada cubículo, veinticinco literas, cincuenta personas: ancianos, adolescentes, cabezas de familia. No se permiten acompañantes. Los mosquiteros, sostenidos con listones de maderas, asemejan a un albergue de escuela al campo, a un preuniversitario de becados. No se trata de un hospital.

Albergue para enfermos de dengue y zika en Santa Clara (Foto del autor)

En la puerta del albergue, un doctor recién graduado anota los casos que entran, el que sale, el que vuelve a entrar. Conversa, lanza un chiste, quiere irse al parque mañana para salir con sus socios. Está cansado de pasar la noche allí, prefiere el hospital. Trabaja tres por uno, se le escucha comentar a su interlocutora.

Afuera, en la “sala de estar”, se forma una larga fila de enfermos que recogen sus bandejas de aluminio. Esta tarde hay chícharos, arroz, picadillo y un trozo de boniato, siempre en porciones pequeñas. Al final de la línea un hombre protesta por la precaria oferta de la noche. Dice que come mucho, que no se siente nada, que tiene hambre y que su esposa vive en Hatillo, un pueblo de las afueras, con sus dos niños, que no puede venir a verlo, que no tiene con quien dejarlos, que le queda muy lejos.

Otra mujer se queja porque tiene “ganas de tomar agua fría”, que ayer a su vecina de litera le robaron el jugo que había dejado en la única nevera de esa misma “sala de estar” y que tiene un niño, y que “la gente no tiene corazón”. Otra se cuestiona el menú del almuerzo, cuando le dieron mortadella y ella amaneció con diarrea. Dice que no escogen bien el arroz, que no entiende, que no entiende nada.

Hora de merienda: pan, solo pan, sin nada el pan, pan con pan, refresco caliente, “duérmete mi niño”, le dicen. Y la gente duerme, y duermen debajo de sus mosquiteros hasta que las encargadas vociferan que llegó la hora de los análisis, y, entonces, la sangre, extraída en las mismas mesas dispuestas para comer, es llevada bien lejos, donde la analizan, porque “trabajadores sociales” es una escuela, no un hospital.

El pasillo de los albergues parece una telaraña de cables que circulan electricidad a ventiladores oxidados, a computadoras de adolescentes que escuchan reguetón. Hombres y mujeres están mezclados en un mismo albergue. El baño de hombres, sin embargo, es el baño de hombres, que se afeitan en la mañana y conversan de pelota, aunque no tienen televisor allí. Los baños son baños de albergue, los enfermos cargan su cubo de agua para bañarse en las tardes. A los enfermos de dengue, dicen los médicos, no les hace bien hacer fuerza física. Las mujeres tampoco pueden ver la novela. “Trabajadores sociales” se asemeja a una escuela al campo.

Aunque los medios oficiales no ofrecen cifras exactas de la cantidad de enfermos de zika y dengue que existen en Villa Clara, todos los días llegan ómnibus con enfermos hacia este edificio periférico desde los policlínicos asignados a cada barrio. Otros deciden quedarse en sus casas y no sumar estadísticas.

A las seis de la tarde dejan pasar a los familiares. “¡Qué sea rápido!”, ordenan los médicos que custodian las puertas.  La gente lleva bolsas de galletas, agua fría, nada que pueda descomponerse porque no hay refrigeración. Un auto de alquiler desde el parque hasta “trabajadores sociales” cuesta tres CUC, solo la ida. A las siete ya se ha hecho de noche y no hay transporte alguno que lleve al centro de la ciudadela. “Trabajadores sociales” no es un hospital y está en el medio de la nada, en medio de la maleza. Por el día, el edificio contiguo al albergue sigue funcionando como escuela primaria.

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