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Sábado, 24 de junio 2017

El silencio cómplice de la Iglesia cubana

La oposición en la Isla ha perdido todas las esperanzas de que la jerarquía eclesiástica tenga una postura noble y consecuente

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Raúl Castro junto al Arzobispo de La Habana, Juan García Rodríguez

Raúl Castro junto al Arzobispo de La Habana, Juan García Rodríguez

LA HABANA, Cuba.- Quienes creyeron que las cosas serían diferentes tras la visita del presidente Obama a la isla se equivocaron, y quien lo dude que haga recuentos, que piense en las burdas acciones que contra la disidencia se cometen cada día. El entonces presidente de los Estados Unidos prometió defender los derechos humanos en la isla, exigir que se respetaran los espacios de la oposición, eso le manifestó a Berta Soler, líder de las Damas de Blanco, y también a Guillermo Fariñas, pero nada de eso ocurrió.

En una reunión que sostuvo el presidente con líderes de la oposición, pudo constatar la inflamación que exhibían las manos de Antonio Rodiles, las miró y también supo que eran los golpes que recibiera de la policía la causa de tal hinchazón. Obama miró y fingió entender para callar más tarde, pero quizá eso no sea tan importante, porque a fin de cuentas este no es su país; peor es el silencio de otros que podrían denunciar, gritando, lo que realmente ocurre en esta isla, que hasta parece olvidada por Dios.

Y si así no fuera, que alguien me explique por qué se ha prohibido a las Damas de Blanco asistir cada domingo a misa, a esas celebraciones en la iglesia de Santa Rita. ¿Acaso ellas no son hijas de Dios? A esas mujeres no les permiten dar más de cinco pasos fuera de sus casas; uno más y aparecen las tropas represoras que las humillan y golpean brutalmente. Y de nuevo aparece el silencio, un silencio cómplice de quienes debían levantar su voz.

Imaginemos cuánto podría hacer Juan García Rodríguez, Arzobispo de La Habana. Mucho podría hacer, pero no hace otra cosa que propiciar el silencio, y actúa como si esas vejaciones no fueran de su incumbencia. Sin dudas el nuevo jefe de la Iglesia cubana seguirá el camino de su predecesor, este, como el otro, se plegará al poder totalitario, olvidando incluso que es hijo de un preso político. Y cómo puede hacer silencio un hijo que tuvo a su padre preso por el simple hecho de pensar diferente a lo establecido por la dictadura. No hay dudas de que este nuevo jefe de la Iglesia cubana solo se siente hijo de Dios, y yo me pregunto si Dios lo mirará con buenos ojos.

La Iglesia cubana calla, y quizá hasta aplaude a las autoridades policiales que no permiten a las Damas de Blanco llegar hasta la iglesia de Santa Rita. Aunque Jaime Ortega sufrió en carne propia el injusto encarcelamiento en aquellos campos de concentración que fueron las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), se hizo cómplice luego del mismo régimen totalitario que lo mantuvo allí, y hasta fue capaz de negar que en Cuba existieran presos políticos, aun cuando él mismo había visitado a algunos en su encierro, y hasta les prometió mediar con las autoridades, lo que jamás hizo.

Este Ortega, en una frívola entrevista, llamó “mujeres que visten de blanco”, a aquellas valientes señoras, y todo por no pronunciar el “Damas” que las distingue. El Cardenal no debió creer que damas eran, como indica una de las acepciones del diccionario de la Real Academia Española, mujeres nobles y distinguidas, para él sería más cómodo usar la cuarta de las acepciones, esa que dice que dama es la actriz que desempeña el papel principal de una comedia. Él las llamó “mujeres que visten de blanco”, y perdió la oportunidad, quizá histórica, de enunciar el verdadero apelativo de esas damas.

No es por gusto que la oposición perdió todas las esperanzas de que la jerarquía eclesiástica tenga una postura noble y consecuente. Hoy se conforma la Iglesia cubana con no ser atacada como ocurrió después del triunfo comunista. La Iglesia de este país baja la cabeza para sobrevivir, baja la cabeza para que sus templos no vuelvan a ser cerrados, para que los curas no sean expulsados, y es así como olvidan su verdadera esencia, cuidando sus perfume, es decir sus esencias, para volver a usar la primera y la cuarta de las acepciones que tiene esa palabra en el diccionario de la lengua española.

Acerca del Autor

Ángel Santiesteban
Ángel Santiesteban

(La Habana, 1966). Graduado de Dirección de Cine, reside en La Habana, Cuba. Mención en el concurso Juan Rulfo (1989), Premio nacional del gremio de escritores UNEAC (1995). El libro: Sueño de un día de verano, fue publicado en 1998. En 1999 ganó el premio César Galeano. Y en el 2001, el Premio Alejo Carpentier que organiza el Instituto Cubano del Libro con el conjunto de relatos: Los hijos que nadie quiso. En el 2006, gana el premio Casa de las Américas en el género de cuento con el libro: Dichosos los que lloran. En 2013 ganó el Premio Internacional Franz Kafka de Novelas de Gaveta, convocado en la República Checa con la novela El verano en que Dios dormía. Ha publicado en México, España, Puerto Rico, Suiza, China, Inglaterra, República Dominicana, Francia, EE UU, Colombia, Portugal, Martinica, Italia, Canadá, entre otros países.

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