Los “gallitos” de la dictadura cumplen años

Los “gallitos” de la dictadura cumplen años

Ellos llegaron para exterminar a esos reyes que cargaban sacos de magias, para implantar el miedo, para que la angustia se volviera nuestro mayor distingo

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Represión de la policía castrista (contactomagazine.com)

LA HABANA, Cuba. – Cuba podría encabezar la lista de grandes productores de malos chistes, nuestra superproducción en ese terreno es realmente asombrosa. Nuestros “chistosos” trabajan a toda hora y en cualquier espacio. La “chistografía” de producción nacional es alucinante y, en muchos casos puede llegar a conseguir la repugnancia; para probarlo solo habría que mencionar esa “ocurrencia” nuestra que asocia el 10 de octubre, y la libertad que ofreciera Carlos Manuel de Céspedes a sus esclavos, con el primer robo con fuerza en la historia de la nación.

Hasta hoy no conseguí ubicar en el tiempo a esa hostil infamia; desconozco desde cuando se fijó en el imaginario nacional, pero tengo la certeza de que nadie se atreve a negar su, algo más que centenaria, permanencia. Cada 10 de octubre se repite el infamante “pujo” sin el más mínimo recato, y en cada celebración crecen sus adeptos. A pesar de las “lecciones de historia” que reciben los muchachos en las aulas crece la oprobiosa asociación; a pesar de todo el empeño comunista en hacer notar el antirracismo cubano y comunista, se hacen enormes las diferencias en la isla.

Otro de los sucesos cubanos que tiene apariencia de humorada es ese que asegura que el ejército fue, es, y sigue siendo, el pueblo con uniforme, y que con iguales “piezas” cuentan las huestes de la policía nacional revolucionaria, aquella que se creara en un ya lejano 5 de enero de 1959, unos días antes de que los rebeldes entraran a La Habana. Y a esos policías “iniciáticos” se les  llamó “gallitos de pelea”, lo que pareciera una ocurrencia del general Guillermo García, de quien se dice que es un fervoroso amante de las peleas entre emplumados y coloridos gallos.

En el poblado de San Luis, cercano a Santiago de Cuba, se fundó la primera estación de la Policía Nacional Revolucionaria (PNR), encargada, según advirtiera ella misma, de la tranquilidad ciudadana y de la lucha contra el delito. Y quizá ese predicamento que se atribuye a ese “ejército macabro” sea uno de los más grandes chistes del comunismo cubano, de toda nuestra historia. No creo que a los cubanos nos quepan muchas dudas con relación a las verdaderas intenciones de la tal policía, esa que no consiguió hasta hoy acabar con el muy crecido espíritu delincuencial en Cuba, ese que se hizo más grande desde que la PNR se hizo presente.

Quizá sería más justo dar relevancia al robo con fuerza que se produjo tras aquel “triunfo rebelde”, que al que se atribuye a los liberados esclavos de piel negra. El robo no paró desde entonces, el hurto se hizo lugar común en toda la geografía nacional, y sus perpetradores exhibieron todos los colores de piel conocidos, y también los tiburones que, bañándose, se salpicaban entre ellos. El robo se hizo lugar común, y no solo afectó a las grandes compañías extranjeras, los pequeños negocios también fueron a parar a otras manos con la, siempre fiel, ayuda de los “gallitos de pelea”. La policía y los “guarapitos” están entre “nuestros mejores y más grandes” chistes. ¿Chistes digo? Pues digo mal, porque fue una muy triste realidad, una muy terrible bufonada, con el perdón de los bufones.

Los emplumados machos estuvieron prestos a violentar los derechos de todos los que no fueran “dignos” de la tal revolución. Los machos de plumas coloridas, los machos con espuelas segregaron a esos falsos machos de ademanes lánguidos, a esos hombres emplumados. A esos encerró la policía para vejarlos luego y para también llamarlos apátridas, lo que sin dudas no era un chiste, lo que resultaba, más bien, una “aberración comunista”, una furibunda vejación.

Esos falsos gallos, esos fundadores de la policía nacional, cantaron el famoso quiquiriquí para que se entendiera bien quienes eran los verdaderos dueños del patio, para que se reconociera que el huerto era de Fidel Castro, y que quien no estuviera presto a reconocerlo podía recibir toda la fuerza del espolón macho y revolucionario, y para probarlo enterraron con fuerza la espuela cierta y la postiza, lo mismo a una pacífica mujer vestida de blanco, a un hombre valiente y arisco a la revolución o al “pollito” amanerado que no salía del tierno pio pio, que no quería chillar quiquiriquí.

Chistoso resultó luego que el tal ejército de policías revolucionarios, de exaltados y bravucones gallos con larguísimas espuelas, con balas y bastones, con esposas, se decidieron luego y para sobrevivir, a seducir a los chicos lánguidos que pagaban bien al gallo por sus espuelas, por sus servicios sexuales; y las prostitutas también recurrieron a esos emplumados cantores si querían sentirse protegidas. Los gallos cantaron a los amaneceres mientras espiaban desde alguna triste esquina los movimientos de una real cantora que podía llamarse Ana León o Camila Acosta, a quienes pueden impedir la salida de Cuba, e incluso de la casa, a quienes pueden mostrar las espuelas y hasta disparar las balas que esconden en sus espuelas.

El cantante emplumado puede llegar a la casa de cualquiera, basta con que se llame Augusto César, y sea un digno periodista, pa’ que le lleven entonces su computadora, o la cámara con la que pudo registrar las tantas tropelías de los “gallos”. Ese hombre uniformado puede hacer lo que le dé la gana, o más bien lo que le dicten desde arriba; él puede encerrar por años, y con falsos testimonios, a un hombre, a un escritor, llamado Ángel Santiesteban, o a otro con cualquier nombre, si es que no comulga con sus presupuestos.

Ellos, esos que se hacían llamar “los gallos finos que nunca abandonan el ruedo” pueden volver enfermos a los sanos, pueden inocular un virus mortal, pueden acabar con la salud tan cacareada con una golpiza. Ellos pueden provocar el miedo, ellos pueden avivar el caos y todo lo que se les antoje, aunque las consecuencias no sean un chiste, aunque sean desastrosas, aunque provoquen el caos y la muerte. Esa policía que muy bien conocemos y reconocemos, cumplió años este cinco de enero, ellos antecedieron a los reyes magos, ellos llegaron para exterminar a esos reyes que cargaban sacos y sacos de magias, para eliminar los sueños, para implantar el miedo, para que la angustia se volviera nuestro mayor distingo. La policía no va más allá de la historieta, del chiste. No, el chiste no, la policía es lo más parecido a una pesadez, a un “pujo”, a una desgracia.

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