Cuba y el socialismo de los que mandan

Cuba y el socialismo de los que mandan

Responsables de una crisis nacional que parece no tener fin, lo único que han demostrado los comunistas cubanos es su soberbia y desprecio por el pueblo

Comercio cubano con una foto de Fidel Castro (Foto Corbis)

GUANTÁNAMO, Cuba. – Se desconoce cuántos ciudadanos plantearon en las asambleas de discusión del Proyecto de Constitución que estaban en contra de la dictadura de partido único impuesta ilegalmente en Cuba y de la irrevocabilidad del  mal llamado socialismo cubano.

En ese ambiente hostil, algunos  demostraron la invalidez histórica, política y moral de la tesis de los castristas, que aseguran estar abiertos al diálogo, al intercambio libre de ideas y a respetar la multiplicidad de opiniones, pero que han sido incapaces de generar un debate representativo, plural y sincero que desbordara los límites de las asambleas de discusión.

Responsables de una crisis nacional que nadie sabe cuándo acabará, lo único que han demostrado los comunistas cubanos es su soberbia y desprecio por el pueblo y su proclividad a aplicar la violencia como único método para solucionar las diferencias ideológicas.

¿Qué socialismo quieren prorrogar los mandantes?

El socialismo que desean prorrogar los mandantes es aquél donde todo lo que decide el partido es incuestionable. Es el que niega espacios a quienes lo rechazan, y los discrimina porque no les permite organizarse pacíficamente y mucho menos presentar al pueblo sus proyectos. Esa parte de la ciudadanía no puede ejercer elementales derechos civiles, políticos, económicos y sociales y carece de la posibilidad de presentar un recurso jurídico efectivo para reclamar ante los abusos del Estado totalitario. ¡Y luego los castristas se ofenden cuando se les nomina dictadores!

Si la Constitución que se pretende imponer garantizara -a pesar de la primacía del partido comunista- que Cuba fuera realmente un Estado socialista de derecho, eso sería un logro. Sin embargo, sabemos que es otra falacia para engatusar a los ingenuos, sobre todo a los de la Unión Europea.

En Cuba no ha existido ni existe socialismo. Lo que hemos conocido con ese nombre ha sido una dictadura feroz. No puede ser socialista un modelo presuntamente superior al capitalista y en el cual hay menos derechos y progreso económico. Lo que en Cuba ha sido calificado como socialismo es un sistema militarizado que ha organizado el país como si fuese un campamento, olvidando la magistral advertencia que en célebre carta hiciera el Apóstol José Martí a Máximo Gómez. Es un sistema donde todo se ejecuta según mandatos verticales, que no respeta la iniciativa individual y colectiva ni tampoco la sabiduría del pueblo. Es un sistema donde se humilla el honor y la dignidad del individuo.

En Cuba no se respeta la opinión mayoritaria del pueblo. Ejemplo de ello fueron las palabras del Secretario del Consejo de Estado, señor Homero Acosta, quien al referirse a la oposición que ha tenido el matrimonio igualitario dijo que no siempre los derechos deben ser amparados por la mayoría para imponerse. Por eso, la soberanía popular ha estado secuestrada desde 1959 y esa ha sido una de las  causas de la imparable emigración, la desconfianza hacia los dirigentes y la presunta institucionalidad del país.

En Cuba muchos ciudadanos no se sienten dueños de nada, ni con la posibilidad de decidir absolutamente nada, por eso tampoco hay socialismo.

Lejos de potenciar la rebeldía innata de los cubanos, estas circunstancias, unidas a la práctica sistemática de una represión brutal contra el menor síntoma de disidencia, han logrado el producto perfecto para la dictadura castrista: un conglomerado servil, desentendido de sus derechos, incapaz de luchar por ellos, evasivo y cobarde, cuyo ejemplo más notorio puede apreciarse en el reciente video publicado por Cubanet, que registró la protesta pacífica de un reducido grupo de ciudadanos frente al Capitolio nacional.

La lucha de los opositores pacíficos es por los derechos de todo el pueblo, pero cada vez que salen a la calle muy pocos los apoyan porque en Cuba la patria ha quedado reducida a los intereses personales y familiares. Esa lamentable situación obliga a la oposición pacífica a pensar si es mejor continuar realizando ese tipo de acciones o intentar un intercambio más profundo con el pueblo, que le permita convocar a protestas realmente masivas, algo que, en mi opinión, necesitará mucho tiempo y paciencia debido al daño antropológico infligido por el castrismo a los cubanos. ¡Qué triste panorama cuando pronto recordaremos otro aniversario de la caída en combate del Titán de Bronce, quien dijo que los derechos no se mendigan, sino que se conquistan con el filo del machete!

El pueblo cubano tiene una libreta de abastecimientos para comprar los  productos de la menguada canasta básica, lo cual ha prolongado nuestra miserable economía de subsistencia, pero más miserable es el racionamiento intelectual y cívico que ha aceptado. Por eso existen  millones de asalariados del pensamiento oficial, tal y como alguna vez sentenció el argentino del gatillo alegre.

No existe pobreza moral y cívica más deprimente para una sociedad que el ritornelo de un pensamiento monocorde recetado por los mandantes y acatado servilmente por la mayoría del pueblo. Eso ocurre en Cuba gracias a ese socialismo.

Ese socialismo es también el del autoritarismo, el dogmatismo y el burocratismo, ese que convierte al ciudadano en algo insignificante porque puede ser despojado de sus derechos sin explicación alguna, incluso, bajo la conminación de aceptar todos los abusos del Estado so pena de ir preso.

Es ese socialismo el que se niega a socializar el poder, para que los ciudadanos no se sientan dueños de su destino, partícipes en el desarrollo del país, en el control de sus dirigentes y del Estado. Es el socialismo de los sindicatos incapaces de enfrentarse al ejecutivo para hacer valer los derechos del gremio al que dicen representar.

Pero lo peor de la práctica totalitaria cubana ha sido imponer la hegemonía absoluta de una ideología y un partido, lo que ha provocado la violación sistemática y reiterada de elementales derechos humanos. Ese poder omnímodo del partido y de sus líderes es el que nos venden como el verdadero ideal socialista, cuando en realidad no tiene ninguna relación con él.

Ese es el socialismo y la unidad ficticia que los mandantes cubanos desean prorrogar en el Proyecto de Constitución.

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