¡Qué calor hace en este gobierno!

¡Qué calor hace en este gobierno!

Es muy cierto que hace un calor que extenúa, un sofoco que mata, que nos priva de cualquier posibilidad de razonar y alienta el desespero

Calor en Cuba. Foto Escambray

LA HABANA, Cuba.- Hitachi y Mitsubishi disfrutan por estos días de las mayores añoranzas; sin dudas son los aires acondicionados quienes ostentan el número uno en el imaginario nacional. El calor hace crecer tanto el número de adeptos que ninguna otra cosa consigue superar el “protagonismo” que ya ganaron esos aparatos, los que hoy resultan mucho más destacados que los “antojos” de la mesa o la necesidad de que vuelvan a las farmacias los medicamentos que faltan desde hace tanto tiempo.

Vivir en medio del placer que proporciona el aire enfriado de una habitación cerrada es uno de los más legítimos deseos que se verifican en esta isla, y hasta resulta más sobresaliente que ese aumentico en los salarios que anunciara Díaz-Canel; y quién podría dudar de que la muy poca reverencia dedicada a ese “incremento” tiene que ver con la certeza de que con esas nuevas cifras, tan simbólicas, los beneficiados no podrán comprarse un aire acondicionado, y lo que resulta peor, ni siquiera alcanzará para poner sobre la “mesita de noche” un ventilador.

Los aumentos salariales que se anuncian con bombos y platillos no serán suficientes para comprar tampoco un abanico, que en la isla puede costar más de la mitad de un salario mínimo, pero los cubanos somos empecinados, y soñamos con sofocar el calor con el soplo frío y constante de un Hitachi, de un Mitsubishi, aunque sean muy pocos los que consigan instalar uno de ellos en su cuarto. Ese venerado enfriamiento es un lujo que muy pocos pueden permitirse. Regular la temperatura del dormitorio solo es conseguida por esos que ahora decidieron el aumentico, por los que viven en la privilegiada Zona 0, donde el Mitsubishi podría resultar, incluso, “demodé”.

Nada es más importante que ese “ventilante”, en estos días en los que cambian tanto nuestros “discursos corporales”, esos que se ven tan afectados por el maldito calor que nos llegó acompañado por un polvo que hiciera el viaje desde el desierto del Sahara” y que intenta devastarnos.  En estos días de ajetreado verano no es suficiente un heladito en el reabierto “Coppelia”. En estas jornadas, como en todas, necesitamos más, mucho más, lo malo es que no lo conseguimos.

Y es que esos aparatos pueden costar, en el mejor de los casos, 600 CUC, si es que se le compra a quien fue a Colón, no el cementerio, sino la zona libre del Canal de Panamá; y quien consiga ahorrar esa cantidad para refrescarse, solo en un futuro muy lejano, quizá cercano a los días del deceso, que recurra entonces al ventilador de pequeñas aspas y girar pausado, o que se apoye, en el “peor de los casos”, en el abanico, o deje abierta la ventana de su cuarto si es que no teme a los ladrones.

Este año el calor parece más intenso, y copiosos resultan los sudores que trascienden, que hacen que el hedor resulte insoportable, tan pendenciero que una penca no puede sofocarlo, y que el baño lo atenúa solo por un rato demasiado breve. Quizá por todo eso exclamó un viejo en una cola para comprar huevos, y dando pruebas de la sabiduría que tienen los ancianos: “¡Que calor hace en este gobierno!”. La “humorada” primero causó asombro, y luego una enorme carcajada.

Y es muy cierto que en este gobierno hace mucho calor, un calor que extenúa, un sofoco que mata, que nos priva de cualquier posibilidad de razonar y alienta el desespero. “El calor mata”…, aseguró el anciano en la cola, y también hizo notar que la pesadez del huevo que cae en el estómago vacío, en medio de un calor tan invasivo, puede traer complicaciones, incluida la muerte.

En este gobierno hace mucho calor, siguió asegurando el viejo en la “cola de los huevos”, y señalando a una foto de Fidel nos preguntó a los coleros: ¿Habrá pasado calor alguna vez? Y la respuesta fue un silencio grande, embarazoso. Y claro que hace un gran calor en este gobierno, un calor sofocante, un calor que cala los huesos, como el frío cruel que por suerte no nos toca, ni siquiera por la surreal libreta de abastecimiento. Nuestro calor es más amargo que nuestro vino, es más pernicioso, y si no conseguimos sofocarlo, la culpa es del gobierno que no consiguió que “en cada casa hubiera un aire…, un ventilador…, al menos un abanico, en lugar de un “comité de defensa”.

Esta angustia tan calurosa me ha llevado a pensar en un alemán famoso, en un teutón genial llamado Immanuel Kant, que no soportaba sudar. Kant, según supe por Thomas de Quincey, nunca transpiraba y era capaz de soportar un calor enorme y hasta se incomodaba cuando la temperatura bajaba de los 75 grados Farenheit, unos 23 grados centígrados, y lo que parece más asombroso, sobre todo para un germano, es que inmediatamente se proponía hacer que subiera a los niveles que le resultaban gratos.

Kant usaba durante el verano “ropas livianas y medias de seda, y si tales cosas no resultaban suficientes para evitar el sudor, se quedaba muy quieto en lugar oscuro”, lo que en Cuba no le habría resultado tan engorroso si pensamos en los apagones que ya han sido, y en los que están por llegar. ¿Qué sería entonces de Kant si viviera en La Habana de estos días? ¿Se acostumbraría a este calor que excede, en mucho, a aquel que era capaz de soportar, y que hasta le gustaba?

No consigo imaginar a ese Kant en La Habana, en Pinar del Río o en Santiago de Cuba. ¿Cómo reaccionaría al constatar cifras de calor superiores a los 39 grados, como esa que ya conoció Veguitas, en la provincia de Granma? Sería bueno averiguar qué pensarían los comunistas de Immanuel si es que fueran sus hospederos. ¿Le conseguirían medias de seda y una sana alimentación? Quizá sí, sobre todo si no se ponía a disputarle a un cubano comunista el premio nacional de filosofía o el de ciencias sociales, si ponía todas sus teorías en función de la revolución, si no demostraba más sabiduría que los comunistas en el poder. Si Kant se portaba bien, si obedecía, quizá hasta le propiciaban un Hitachi o un Mitsubishi para que sofocara su calor, para que convenciera al viejo de la cola que en este gobierno no hace tanto calor, que su temperatura es la más justa, la mejor.

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