Cuando una calle describe un país

Cuando una calle describe un país

Una simple dirección como “Monte y Cienfuegos” aún hay quienes la pronuncian en voz baja

LA HABANA, Cuba.- Oficialmente se nombra Avenida Máximo Gómez pero nadie la llama así. Incluso muy pocos de sus vecinos conocen que fue por esa arteria que el Generalísimo, frente al Ejército Libertador, hizo su entrada en la capital, un 24 de febrero de 1899.

Para todos los cubanos, ya sean de La Habana o del interior del país, la que también fuera nombrada, durante el período colonial, como Calzada de Guadalupe y del Príncipe Alfonso, no es más que la “calle Monte”, lugar que, desde muchísimo tiempo atrás, pareciera estar exclusivamente asociado a aquellos fenómenos sociales sobre los cuales pocos se atreven a hablar abiertamente dentro de Cuba.

Una simple dirección como “Monte y Cienfuegos” aún hay quienes la pronuncian en voz baja porque la esquina continúa asociada al comercio sexual, a pesar de que los prostíbulos y las casas de alquiler por horas, relativamente baratos, abundan de un extremo al otro de la bulliciosa calzada.

Monte, más que una calle, es ese espacio donde se desvirtúa la totalidad de esos proyectos hoteleros y turísticos que buscan ofrecer una imagen trucada, diferente a lo que en verdad son La Habana y sus habitantes.

El “circuito de oro” en que habrá de convertirse ese tramo comprendido entre el Paseo del Prado y el Hotel Saratoga, donde se incluyen tanto el lujoso Manzana del consorcio Fuerzas Armadas-Kempinski como el restaurado Capitolio Nacional, se interrumpe bruscamente a solo unos pasos de la Fuente de la India, allá donde comienza, transversal y demasiado incómoda, esa otra urbe, profunda, olvidada, oscura que no habla muy bien de la prosperidad y de lo sostenible de un sistema político en crisis.

Monte continúa siendo la zona de recalo de los más humildes, de los más excluidos en un país donde se sobran las exclusiones, de los que vienen huyendo de esa pobreza que tiende al endemismo, mucho más en el oriente cubano.

Bien entrada la madrugada, cuando la jornada laboral fue desastrosa en la Rampa o en el Malecón, es en las inmediaciones de la calzada, desde el Parque de la Fraternidad hasta la Estación Central de Ferrocarriles, donde terminan probando suerte prostitutas y pingueros, vendiendo sus cuerpos solo por un par de dólares, e incluso por un plato de comida o un lugar donde amanecer.

Sin embargo, las mañanas y las tardes no son muy diferentes a las noches. El conocido popularmente como “Parque de la Chispa”, en la esquina de Monte y Belascoaín, donde se alza una escultura del artista rumano Sandú Darié, es la meca de borrachos, drogadictos e indigentes.

Cada esquina del parque ha sido ocupada por los pordioseros habituales. El banco de la izquierda pertenece a un fulano, mientras que el de la derecha fue conquistado en una pelea entre dos que no poseen nada más allá del malestar de la propia existencia.

Muchos viven allí el final de una historia común que quizás comenzara como la de cualquier adolescente o joven cuyas opciones de triunfo personal se barajaron entre emigrar o quedarse, en un país donde el estudio, la inteligencia, la honestidad, el empeño, la buena educación no son garantías de futuro.

Fue un desamparado del parque el que me dijo que durmiendo sobre un banco se sentía mucho más seguro que en cualquier casa. Con solo mirar el entorno, se termina comprendiendo que no se trata de la opinión de un demente.

En toda la calzada no existe una edificación en buen estado constructivo. Aunque las estadísticas del municipio señalan que, en las cercanías, solo cerca de un 15 por ciento de las viviendas han sido declaradas como inhabitables, es evidente que la cifra pudiera ser superior debido al número de derrumbes totales y parciales que se registra todos los años, sobre los cien.

Decenas de comercios, estatales y privados, se han visto obligados a cerrar debido a las malas condiciones de los lugares donde están emplazados. Hileras de establecimientos clausurados bordean ambos lados de la calzada y, teniendo en cuenta que no existen planes inmediatos para el desarrollo local vinculado al turismo, en poco tiempo, probablemente en un par de años más, no quedarán comercios ni edificios que restaurar.

“Tal vez la estrategia sea la misma que en las zonas de playa o en el Casco Histórico, dejar que el tiempo se encargue de las demoliciones”, me dice alguien mientras conversamos sobre el asunto.

Aceras rotas, fosas desbordadas, hedor irresistible y mucha miseria es lo que, por ahora, tiene la Calzada de Monte para ocultar a los turistas y regalar a vecinos y transeúntes. Aun así, es una mínima parte del todo visible e invisible de una ciudad, un país, una realidad que no pueden ser comprendidos en su esencia desde el balcón de un hotel, una cartera de oportunidades de inversión o desde una mesa de conversaciones.

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