Conozca a los ‘nuevos ricos’ cubanos

Conozca a los ‘nuevos ricos’ cubanos

Dicen que en el país de los ciegos el tuerto es rey

Un carretillero vendiendo narajas (Foto: AP)

LA HABANA, Cuba.- El temor a que timbiricheros, desmochadores de palmas, bicitaxistas, peluqueros, arrendadores de viviendas, dueños de paladares o de una pequeña empresa artesanal, entre otros oficios por cuenta propia que hoy decoran el escenario de un nuevo modelo económico medieval, concentren en sus manos las riquezas del país, dice mucho de la miseria humana y material de los cubanos.

Según el artículo “La riqueza pendiente”, escrito por Ariel Terrero y publicado en el periódico Granma, “el dueño de siete almendrones prehistóricos no clasificaría como gran o mediano empresario en ningún lugar del mundo, pero se convierte en “el millonario” de un municipio habanero cuyas historias circulan más rápidos que sus taxis” por la capital del país.

Además, señala Terrero, “tampoco compite el propietario de un par de hostales con una veintena de habitaciones, ni la paladar mejor establecida, ni una cadena de distribución de pizzas con una decena de motos”, símbolos actuales de la boyante riqueza de cientos de cubanos, y causa del recelo de parte de la población del país “con más profesionales por habitantes del Universo”.

Y mucho menos, agrego yo, clasificarían entre esos millonarios el dueño de un taller de reparación de colchones, la propietaria de una “fábrica“ de tomates en conserva, el gerente de tres tarimas de agromercados para la venta de frijoles y carne de puerco, el amolador de tijeras, el reparador de catres, los vendedores de escobas, trapeadores y pan con jamón, el dueño de una “clínica” de teléfonos móviles, ni siquiera las mulas que compran calzoncillos en Haití, blúmeres en Ecuador, agujas de coser e hilo en Puerto España, o piezas de autos en Moscú para revender en Cuba.

La mayoría de nuestros emprendedores-empresarios son más pobres que ratas de alcantarillas, sacan su capital de inversión de un familiar en el exterior y, como si fuera poco, son acosados por una plaga de inspectores estatales corruptos; tienen en el aire su licencia o permiso para ejercer su labor, y son dependientes de los pocos recursos, titubeos y otras trabas para trabajar que les imponen los únicos que son ricos o se pueden enriquecer en la nación: la élite gubernamental.

De acuerdo con Terrero, “la imprecisión de límites o de tamaño de capital de esas entidades ahonda la duda o desconfianza social, tanto como la indefinición legal en que todavía se mueven las nuevas iniciativas económicas no estatales”. A falta de una Ley de Empresas que reconozca a las formas privadas en plano de igualdad con las estatales, el emergente empresariado cubano privado no tiene personalidad jurídica y se rige ante la ley por un marco regulatorio estatal.

Sin embargo, y a sabiendas de que toda esa parafernalia económica puede desaparecer parcial o totalmente de acuerdo a las necesidades o el capricho gubernamental, la población debate, censura, denuncia… en fin: envidia por falta de capital, valor, o permiso, el desenvolvimiento económico —que no enriquecimiento— de quienes hoy ejercen diversos trabajos por cuenta propia

Es verdad que en ningún otro país del mundo un vendedor de ladrillos, de pizzas o tamales y maní, el maletero de un hotel, un taxista y algunas prostitutas, ganen en un día más que cualquier profesional en un mes, como sucede aquí, donde arquitectos, médicos, ingenieros y otros profesionales tienen menos poder adquisitivo que un mesero o la cocinera de una paladar.

Si Tin tiene, Tin vale…

Para muchos de los que consideran a los emprendedores o cuentapropistas un peligro y un baldón para la sociedad, el hecho no se circunscribe sólo a lo que puedan obtener con su empleo privado, sino a que se convierten por “el nivel de vida material que al alcanzan en Cuba” —en su mayoría, sin estudiar una profesión—, en referentes y a la vez desmotivadores de la juventud.

En referentes, porque ven cómo individuos que apenas sabe hablar, vestirse o comer, se adueñan de los espacios públicos como típicos advenedizos que, con sus groserías, payasadas y ostentación, humillan a quienes al llamado de la revolución o por vocación personal pasaron la vida entera entre libros para obtener un título de doctor que les da menos que un destartalado almendrón.

Desmotivadores, debido a que los jóvenes que se sacrifican para estudiar sin apenas qué vestir o comer, temen terminar como sus padres, colgando diplomas y reconocimientos en una pared, donde son premiados sólo por las cagadas de las moscas, pues no les sirven ni para comprar un colchón, alojarse en un hotel, reparar el cuarto del solar o ser reconocido en la comunidad.

La cuestión es que las manidas frases “seremos como el Che”, “lo mío primero” y otra retahíla de expresiones patrioteras están obsoletas en la actualidad. “La pesadilla refrigerada”, como llamó Henri Miller a la sociedad de consumo, se adueñó del país, y de nada sirven títulos académicos ni conductas éticas o sociales. En el país de los ciegos, el tuerto es rey. Y el nuevo lema es, duélale a quién le duela, y pésele a quien le pese, “Si Tin, tiene, Tin vale. Y si Tin no tiene, ni Tin vale”.

vicmadominguez55@gmail.com

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