Alicia Alonso, la oscuridad detrás del mito

Alicia Alonso, la oscuridad detrás del mito

La dimensión humana de ciertas personalidades no puede ser relegada solo porque su obra ocupe el lugar primordial de interés

Alicia Alonso Ballet Nacional de Cuba
Alicia Alonso (Foto: archivo)

LA HABANA, Cuba.- La Ballerina en Jefa ha muerto. El mismo día en que se dio a conocer la noticia pasaron un documental sobre su soberbia interpretación del ballet Giselle, y me sentí emocionado al verla recrear con sus manos, mientras la entrevistaban, los elegantes gestos de la danza clásica. Pensé detenidamente en sus extraordinarias cualidades como intérprete, y en la Escuela Cubana de Ballet que fundó y dirigió con éxito durante varias décadas.

Su genio artístico fue tan grande como incómodos ciertos capítulos polémicos que la acompañaron: su indisimulable racismo, su apoyo incondicional a la dictadura cubana, su egocentrismo rayano en la megalomanía y la autocracia en que convirtió al Ballet Nacional de Cuba; quizás para preservarlo de los extremismos propios de un sistema opresivo, o solo para exaltar su gloria personal.

Algunos testimonios indican que trató de proteger a sus bailarines en momentos terribles del estalinismo caribeño; pero sus allegados corroboran que, en efecto, fue una mitómana desmedida. Para juzgarla sería necesario acometer la difícil tarea de ponerse en su lugar e intentar comprender las decisiones que debió tomar para desarrollar su proyecto pedagógico y artístico en un país sin fronteras, sometido al despotismo de un caudillo.

El prestigio alcanzado por la Escuela Cubana de Ballet es indiscutible, aunque el Periodo Especial y la prolongada presencia de la Prima Ballerina a la cabeza de la institución terminaran acelerando la decadencia que hoy preocupa a críticos y aficionados. Pero más allá del patrimonio legado a la cultura nacional, la dimensión humana de ciertas personalidades no puede ser relegada solo porque su obra ocupe el lugar primordial de interés.

Según ha trascendido, Alicia Alonso nunca fue entusiasta del comunismo como doctrina, y el viejo zorro de Fidel Castro lo sabía. Ambos decidieron, entonces, utilizarse mutuamente. Castro hizo de la famosa bailarina una embajadora de la cultura, y de su Escuela de Ballet un instrumento de legitimación de los “valores” que supuestamente defendía la Revolución Cubana. Ella utilizó su acceso al olimpo verde olivo como escudo para protegerse a sí misma y sus bailarines de las frecuentes purgas de homosexuales, religiosos, pepillos e ideológicamente penetrados que se registraron durante los tensos decenios de 1960 y 1970.

Los sufrimientos que padeció su homóloga rusa Maya Plisétskaya, bajo el yugo bolchevique, no fueron suficientes para que Alicia Alonso al menos cuestionara la senda que había tomado una revolución nacida con todos y para el bien de todos. También la Prima Ballerina escogió mirar hacia otro lado con tal de mantener su enorme poder, tan largo y terrible como el del propio Fidel Castro.

No le tembló la mano al momento de firmar aquella infame carta justificando el fusilamiento de tres jóvenes negros cubanos que secuestraron una lancha en el año 2003, para intentar emigrar a los Estados Unidos. Con ella firmaron también artistas e intelectuales de la talla de Cintio Vitier, Chucho Valdés, Omara Portuondo, Roberto Fernández Retamar y un sorprendente etcétera que se mostró a favor de la crueldad del régimen, como si se tratara de un puñado de sargentos y no de personas dedicadas al arte y la creación intelectual.

Tal vez sea ese el precio ocasional que se debe pagar a cambio de gozar de una fama que tanta no sería de no existir los dilemas geopolíticos, ideológicos y económicos que zarandean a Cuba. También Alicia Alonso tuvo que amortizar su cuota de deshonor para darse lustre al frente del Ballet Nacional de Cuba, figurando como Directora General a una edad en la que es imposible hacer otra cosa más que esperar la muerte.

Quizás el hecho de saber que los tres infractores eran negros la ayudó a estampar su rúbrica sin remordimientos. Y todavía hay que escuchar a Carlos Acosta, uno de los bailarines negros más reconocidos y discriminados por la Prima, decir que “la mamá de todos (los bailarines de ballet clásico) se ha ido”, en una salida tan guatacona y desatinada, que no queda más remedio que aceptar que la gente pierde la perspectiva ante el golpe revelador de nuestra mortalidad.

En sustitución de Alicia ha quedado, dueña y señora de todo, la talentosa Viengsay Valdés, que puede o no insuflarle al ballet cubano la vitalidad necesaria; pero reafirma, eso sí, su compromiso con el ¿nuevo? gobierno y tampoco dudará en firmar lo que haya que firmar para mantenerse en la cúspide de los privilegios. Me pregunto qué le tocará respaldar en estos tiempos de represión. ¿Otra Primavera Negra?

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