La eterna hostilidad del régimen contra Guillén Landrián, cineasta y pintor

La eterna hostilidad del régimen contra Guillén Landrián, cineasta y pintor

No es sencillo desentrañar todas las causas de aquella hostilidad, pero es lógico que su originalidad y su ímpetu no fueran del gusto de las autoridades

LA HABANA, Cuba.- Aunque después de su muerte en 2003 Nicolás Guillén Landrián salió un poco de la sombra, y algunos documentales suyos han sido proyectados un par de veces en la Cinemateca, su obra como pintor y dibujante se han dado a conocer muy poco a la luz pública en Cuba.

En 1989, silenciado y condenado a la muerte civil, Guillén Landrián había participado en la primera exposición de arte independiente que se hizo durante la revolución, frustrada por el violento asedio de la policía política, y una vez, más recientemente, se exhibieron en el vestíbulo del cine Chaplin algunos cuadros suyos durante una Muestra Joven del instituto cubano de cine.

Pero, aunque hoy se ha convertido en cineasta de culto y su estética fílmica inspira a los nuevos realizadores —Esteban Insausti le dedicó su notable documental Existen—, Guillén Landrián es todavía un gran desconocido en la cultura cubana y, a 15 años de su muerte, sigue siendo el eterno rebelde, el irreductible, el poeta maldito que sufrió acoso político, prisión, internamiento psiquiátrico y ostracismo, pero jamás aceptó convertirse en un bufón del poder.

Ahora, cuando se cumplieron 80 años de su nacimiento y 50 de su obra maestra Coffea Arábiga, se presenta en Cuba una exposición personal con pinturas y dibujos suyos en el admirable Estudio 8, la galería alternativa y literalmente underground que construyó el fotógrafo Juan Carlos Alom en el sótano de su casa, en la calle 8 del Vedado habanero. La ocasión sirvió también para proyectar Inside Downtown, el documental que codirigió con el joven realizador José Egusquiza en Miami, en 2001, luego de 30 años sin filmar.

“Nicolás pintó toda la vida”, nos comenta Gretel Alfonso, su viuda, que lo acompañó durante una parte de su calvario en Cuba y en sus últimos años en Miami, y que trajo sus restos para enterrarlos en La Habana. “Yo tuve en la mano un cuadro que pintó él a los diez años”.

“Su madre —amiga de Fidelio Ponce y Wifredo Lam— lo trajo de Camagüey para matricularlo en San Alejandro, pero solo estuvo unos seis meses, porque enseguida se hizo evidente que ya sabía más de lo que podían enseñarle allí y que no necesitaba estar en la academia”.

Entre las muchas cosas de Guillén Landrián que admira aún a Gretel Alfonso están su segundo nombre, Marcial, que tanto se avenía con él, y “la asombrosa virtud de su visión de las dimensiones, que de alguna manera se correspondía con su capacidad para medir el tiempo”, quizás uno de sus secretos clave para realizar aquel cine-collage, que parecía hecho de secuencias de piezas pictóricas moviéndose en una frenética temporalidad.

 

“Por eso”, dice su viuda, “llegó a hacer reportajes y documentales impresionantes, pero de solo tres minutos, como El Morro, que se proyectó en público y luego desapareció en el ICAIC, en el que su voz repetía continuamente «El Morro tiene tres siglos, El Morro tiene tres siglos»”. La relación de su estética cinematográfica con las artes plásticas quedó demostrada al menos desde 1962, cuando filmó el corto Homenaje a Picasso, hoy también desaparecido.

Aunque comenzó en el ICAIC como asistente de producción, trabajo ingrato, pronto pudo pasar un curso de cine documental dirigido nada menos que por Theodore Christensen y Joris Ivens. “La prueba consistía en expresar lo que veía en un cuadro de Van Gogh. Y fue aprobado”, contó la viuda a Cubanet, y aseguró que los problemas de Guillén Landrián con el poder comenzaron desde antes de hacer cine

No es sencillo desentrañar todas las causas de aquella hostilidad, pero es lógico que su originalidad y su ímpetu transgresor no fueran del gusto de las autoridades. Como tampoco los premios y todo el reconocimiento que comenzó a ganar, y aquel espíritu suyo tan poco dado a la servidumbre política.

“También está que en Cuba hay mucho racismo”, señala Gretel, “y ver a un hombre negro que se condujera con la espontaneidad, la soltura, el encanto masculino y la inteligencia que poseía él, resultaba insoportable para algunos. Era una persona extraordinariamente amable con las mujeres, lo que no es usual en Cuba. Muy considerado, muy adelantado incluso para esta época. Muy galante y agradable, de una gentileza y una nobleza con la mujer que yo nunca había visto”.

En una época tan represiva y machista, la naturaleza libre de Guillén Landrián podía ocasionarle, y le ocasionó, aquellos castigos de pesadilla. Reunirse con marginales y homosexuales era un pecado muy grave entonces, mucho más en un artista tan original, tan “preocupado por las formas” y tan alejado del realismo socialista. Así que no era demasiado absurdo que lo acusaran de diversionismo ideológico y hasta de participar en un plan de atentado contra Fidel Castro.

Para colmo, después de aquellas reclusiones y castigos, en lugar de apocarse, Guillén Landrián fue capaz de producir, para complacer un encargo oficial, con la mayor inocencia del mundo, nada menos que un documental como Coffea Arábiga, tan “demasiado creativo, demasiado negro, demasiado popular”.

La censura no fue automática, sino tras el fracaso del Cordón de La Habana, cuando el filme empezó a ser visto como un sarcasmo suyo. Pero no había forma de que el incómodo artista entrase por el aro. Y, como si fuera poco lo que había hecho hasta entonces, en 1971, Guillén Landrián se apeó con Taller de Línea y 18, que terminaría siendo el motivo concreto de su definitiva expulsión del ICAIC.

“El ICAIC”, asegura Alfonso, “vende hoy en 200 dólares cada copia de las películas de Guillén Landrián en Estados Unidos”. Por ellas, él solo obtuvo el sueldo de la institución durante el tiempo en que trabajó allí. Luego, durante los largos años de ostracismo, y más tarde en Miami, el artista sobrevivió vendiendo sus pinturas y dibujos a un precio relativamente bajo.

Pero trabajó tanto que no solo vendió mucho de lo que pintó en aquellos tres decenios, sino que quedan varias piezas que conserva cuidadosamente su viuda. Con ellas se preparó la exposición, Aunque tú… en el Estudio 8 de Alom, y podemos sondear esas humildes obras en busca de rastros de odio, de una sombra demoníaca que pasara de la dura existencia del artista a su arte. Pero sería en vano.

Aunque parezca ilógico, el rencor y la tiniebla nunca se enraizaron en él. Ni la amargura. En los Evangelios de Mateo y de Lucas podemos leer cómo, a un escriba que prometió seguirle, Jesús le advirtió que “las zorras tienen cuevas y las aves del cielo tienen nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza”.

En la lápida de su sepultura está escrito: “Nicolás Marcial Guillén Landrián (Camagüey, 1938 – Miami, 2003). El hijo del hombre no tiene dónde apoyar la cabeza”.

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