1

Gratuidades


LA HABANA, Cuba, diciembre (173.203.82.38) – Si un turista distraído (tan distraído como suelen ser los militantes de la izquierda internacional que visitan La Habana) se dejara caer ahora mismo por el complejo turístico La Casona del Pedregal, en el municipio Playa, tal vez saldría contándole al mundo que ya los habaneros resolvimos la crisis económica, pues ha visto con sus ojos cómo cuatro comensales comieron y bebieron hasta el hartazgo en un restaurante de primera categoría, pagando por todos algo más de un euro o de dos dólares, es decir, 50 pesos en moneda nacional.

Lo que quizá le costaría trabajo entender es que esto ocurra precisamente en tiempos en que los voceros del cacicazgo se desgañitan, repitiendo que hay que eliminar las gratuidades del pueblo como una de las disyuntivas para la mejoría de esa graciosa entelequia a la que llaman “nuestro modelo económico”.
No sabe el turista –y no se va a enterar, porque no quiere- que aunque en la Isla abundan los sitios como ese, no están incluidos entre las gratuidades del pueblo, por la sencilla razón de que no es la gente común del pueblo la que puede visitarlos, sino los integrantes del Ministerio del Interior, un exclusivo clan para el que, al parecer, no cuenta el retiro de gratuidades, pues habita en otra galaxia.

Por supuesto que la expresión “retiro de gratuidades” no es sino otro de los muchos trabalenguas que nuestros caciques utilizan como cortinas de humo. No es posible suprimir lo que nunca existió. Y a estas alturas no es secreto para nadie que las presuntas gratuidades de la población en Cuba han sido pagadas al contado por ella misma, no sólo con su trabajo, por el que nunca cobró lo debido, sino con los más indecibles sacrificios y privaciones.

La única gratuidad que se ha prodigado aquí a manos llenas, durante los últimos decenios, es la condescendencia del pueblo para con el régimen, a cambio de nada.

No obstante, ya que el susodicho retiro de gratuidades continúa restallando como la explosión del momento en casi todos los discursos y proclamas de nuestros caciques, llama la atención observar que, por ejemplo, mientras planean retirar el arroz a precio subsidiado de la libreta de racionamiento, con lo cual tal vez no puedan volver a comer arroz muchos ancianos desamparados y otras personas sin recursos, continúan abiertos e intocables esos centros de pobre privilegio, sea La Casona del Pedregal, La Cacolota, en Arroyo Arenas, Los Cocos, en Jibacoa, o Los Pinos, en Varadero, entre tantísimos otros, todos con acceso exclusivo para los miembros del Ministerio del Interior y sus familiares.

“Después de mi, el diluvio”, diría Luis XV, que no por gusto también fue cacique.

Nota: Los libros de este autor pueden ser adquiridos en la siguiente dirección: http://www.amazon.com/-/e/B003DYC1R0