Colmillos y besos

En la historia oficial las acciones violentas de esa gente, no importa la cantidad de víctimas inocentes que pudieron haber causado, son presentadas como besos a la patria

LA HABANA, Cuba, enero (173.203.82.38) –  Una nota oficial anunciando que el Tribunal Supremo Popular sustituyó la pena de muerte por 30 años de cárcel para el “terrorista” Humberto Real Suárez, fue publicada en el diario Granma el miércoles 29 de diciembre.

“Al tomar esta decisión, el Tribunal tuvo en cuenta lo aprobado por el Consejo de Estado en el decreto del 28 de abril del 2008, mediante el cual se le conmutó la pena de muerte a varios sancionados, así como el arrepentimiento mostrado por el acusado respecto a los delitos cometidos”, agregó la nota.

En otro párrafo se asegura que Real Suárez entró al territorio nacional por la provincia de Villa Clara  la madrugada del 15 de octubre de 1994, proveniente de Estados Unidos junto a otros seis cubanos radicados en ese país que formaban parte de un team de infiltración terrorista.

Las líneas finales dicen: “Durante la incursión al territorio nacional, el acusado asesinó a un ciudadano residente en Caibarién”.

Ni por asomo hay algunas palabras del condenado o cualquier otra versión de los hechos. Real Suárez regresó a Cuba con el colmillo desenfundado, a realizar “terrorismo y asesinar”.

Dos días antes de esa nota, el semanario Trabajadores, también de propiedad estatal como todos los medios en la isla, publicó una entrevista a tres antiguos combatientes revolucionarios. Entre ellos, una mujer: María Trasancos. Ella contó algunas de sus hazañas y vicisitudes: “Yo era estudiante de la escuela de Comercio, comencé en las brigadas juveniles del Movimiento 26 de Julio que organizó Gerardo Abreu (Fontán), y en los últimos tiempos pertenecía a una célula de acción y sabotaje en La Habana Vieja. Actuaba como enlace de un grupo de muchachos, algunos mayores que yo, y en los últimos tiempos me vinculé a Sergio González (El Curita), bajo cuyas órdenes participé en la llamada Noche de las Cien Bombas”.

Esta señora, que en esa época tenía 17 años, por sus actividades, según dijo, fue detenida por la policía en más de una ocasión. Una de ellas fue mientras caminaba por la calle Reina, en La Habana. “Alguien que vio cuando me secuestraron le avisó a mi mamá. Ella hizo gestiones y un senador intercedió por mi hasta lograr que me soltaran”.

Trasancos cierra sus remembranzas con lo siguiente: “¡Perdimos a tantos compañeros queridos! A Fernando Alfonso Torices, Morúa, como lo llamábamos, al Curita, con quien cayó mi novio, Bernardino García Santos; la muerte de cada uno de ellos me había causado una gran consternación –porque pensábamos que nunca iban a morir-, pero no llanto, soy difícil para las lagrimas; sin embargo, después del triunfo mi mamá me entregó una carta de un combatiente clandestino que había sido asesinado brutalmente, Pedro María Rodríguez, quien me contaba entusiasmado: “Probé los polvos. Han sido magníficos. Se trataba de fosforo vivo. Entonces sí lloré”.

El panteón de los héroes del gobierno de los Castro está lleno de personas como esta señora, ex terroristas confesos. En la historia oficial las acciones violentas de esa gente, no importa la cantidad de víctimas inocentes que pudieron haber causado, son presentadas como besos a la patria. Cuba, probablemente, es el país donde están mejor definidos los conceptos de terrorismo bueno y  terrorismo malo.

fornarisjo@yahoo.com

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