¿Qué pasó con el Acuario Nacional de Cuba?

¿Qué pasó con el Acuario Nacional de Cuba?

El Acuario, al igual que todas las instituciones, pertenece al Estado, que dispone de él a su conveniencia

LA HABANA, Cuba, enero, 173.203.82.38 -Después de once años de haberse reinaugurado, el 14 de enero del 2002, el Acuario Nacional de Cuba parece que abrió al público un año antes de haber finalizado sus obras constructivas y de ampliación. Ubicado en el municipio habanero de Playa, entre las calles 60 y 70, y entre 3ra y el mar, no sé si fue reabierto en esas condiciones porque se acabó la fuente de inversión, se robaron el dinero, lo destinaron hacia otros fines, o se les acabó la paciencia a quienes decidieron reabrir el conjunto recreativo y didáctico, fuera como fuera, para no dilatar más la terminación de un proyecto que hubiera demorado muchos años –amén de los cinco iniciales, desde que en 1996 le fuera presentado el proyecto de remodelación al gobierno cubano.

Lo interesante es que –según un cartel informativo que decora el salón de la cafetería La Morena–, el proyecto estaba concebido en tres etapas, de las cuales se llevó a cabo solamente la primera, que abarcaba la renovación de la entrada al Acuario, con un complejo escultórico de delfines y corales, y la construcción de un “área de exhibiciones y espectáculos con mamíferos marinos”, es decir, un delfinario, al lado de un segundo anfiteatro y tres secciones expositivas (con piscinas y un ambiente cavernoso) para los leones marinos. En la base del delfinario, que es la principal atracción turística, se hizo un restaurante llamado Gran Azul, a través de cuya pared mayor pueden verse nadar los delfines en un estanque.

En la segunda etapa debían haberse edificado un Restaurante de Autoservicio, con capacidad para 480 personas, el cual quedó suspendido, y hasta con franjas de azulejos puestos, un Centro Nacional de Diversidad Biológica Marina de Cuba, que incluía un Museo de Biodiversidad Marina, un Edificio de Educación Ambiental, y un Museo Interactivo, que tendría seis módulos temáticos. Estos cuatro edificios se quedaron en el sueño de los proyectistas, y en el dibujo de los planos arquitectónicos.

En la última etapa debía haberse construido un delfinario, en donde los turistas pudieran ver espectáculos y bañarse luego con los mamíferos. En Varadero existe uno, que se creó junto a una laguna con mangles. Sin embargo, creo que antes de emprender las nuevas obras –si en algún momento el proyecto fuera a continuar–, es necesario ocuparse de la defensa del Acuario contra las penetraciones del mar, que cada tantos años lo afectan gravemente: las barreras artificiales en la costa, la evacuación rápida de las especies, y el desmontaje rápido de las instalaciones, pudieran ser algunas medidas.

El Acuario se disfruta por la belleza de sus especies, pero la información y los servicios son igualmente importantes. Los baños junto al delfinario no tenían agua. Las puertas de otro baño tenían escrito a lápiz el letrero de Roto, casi ilegible. Las señales no estaban bien ubicadas, y su aspecto reforzaba la impresión de decadencia. Los postes de señalización, que imitan los del senderismo, no orientaban con exactitud, porque son bidireccionales, tenían flechas rotas, y por ejemplo, anunciaban focas, que supuestamente están guardadas, pero no a la vista del público. A excepción de algunas pizarras, como la que anunciaba los espectáculos de payasos y de magos, la mayoría estaban borrosas y salinizadas. Los carteles explicativos lucían deteriorados e inconexos: unos eran resúmenes salpicados de notas sobre ecología y evolución marina, y los que estaban junto a las peceras, a veces notificaban especies que faltaban, o había otras en su lugar. Además, el “Sabías qué…, con supuestas curiosidades para los niños, decía cosas tan pueriles que no interesaban. El espacio parecía ordenado al azar, y no había un cartel o valla delante de cada área, para que explicase el sentido de ese microcosmos. En general, no se advertía un desarrollo expositivo por unidades temáticas o geográficas, de acuerdo a si las especies son comunes o raras, por su estado de conservación en la naturaleza, si tienen uso comercial, científico, o mitos asociados, son endémicas de Cuba, propias del Caribe, americanas, tropicales.

Las especies no se presentan a sí mismas. En el estanque de la Gruta Marina únicamente hay robalos –según me dijeron–, pero no se informa en la valla del lugar. ¿Y cuáles son los peces que están en la pecera abierta, después de la Gruta? ¿Y en la Isla del Manglar están representadas las cuatro especies de mangles que hay en Cuba: el rojo, el prieto, el blanco, y el yana?

Vi algunos albañiles y pintores trabajando, pero muy pocos. Aquí todo parece tomarse con calma. Allí estaban la concretera, las estibas de bloques, el cernidor de arena en el piso, los andamios, como si fueran a usarse al día siguiente. La Biblioteca estaba siendo restaurada, y la Sala de Exposiciones estaba forrada con cajas de cartón. Lo más feo eran dos áreas de exhibición, que evidentemente fueron destruidas por invasiones del mar, y se veían abandonadas. Cuando era niño, recuerdo haber visto en una de ellas los delfines, y en la otra los tiburones. De mis recuerdos del antiguo Acuario, extrañé ver la morena, los hipocampos, y los escualos, de los cuales quedan, solamente en una pecera, tiburones gata.

Hacia el final del Acuario hay dos estanques –además del que rodea la Isla Tropical–, con tortugas carey, caguama y verde, que parecen más un reservorio para la conservación de especies en peligro de extinción, que una muestra idealizada del paisaje costero. La decoración interior debe explotar más la imaginación y los espacios, armonizar el diseño conceptual y estético de los ambientes, y también vincularlos con fluidez, para que el espectador haga analogías, se deleite, y los objetos no luzcan como un simple relleno: por ejemplo, las anclas de barco, que están oxidadas, o la manta disecada, colgada de una pared.

El Acuario Nacional, al igual que todas las instituciones cubanas, se rige por el monopolio del Estado, que dispone de la propiedad a su conveniencia, recibe todos los beneficios económicos, y devuelve un mínimo para su conservación. Para culminar el Acuario hace falta dinero, pero también voluntad política, que se expresa mejor donde hay autonomía civil, y libertad para que los sujetos puedan apoyar y fomentar lo que les interese. ¿De dónde saldrá el dinero? El precio de las entradas (en CUC para los extranjeros), el restaurante, las cuatro cafeterías (tres en moneda nacional), los kioscos, la tienda, el impuesto a los artesanos que venden allí sus artesanías, y el cobro por tirarse fotos con los delfines, no cubrirían la inversión. La venta de delfines en el mercado internacional puede que sí, pero tal vez ese capital no se destine al mejoramiento de la institución.

El Acuario Nacional de Cuba es un proyecto inconcluso, y está un poco descuidado, pero vale la pena reconstruirlo, preservarlo, y hasta mimarlo. Sus objetivos deben ser claros y realistas, ya que es mejor tener una institución discreta, pero funcional, que aspirar a una mezcla de parque temático e Instituto Oceanográfico, que no sea sustentable. Tanto como el zoológico, su vitalidad es un beneficio para la naturaleza, la ciencia, y las nuevas generaciones. Los niños la pasan bien, juegan, aprenden, sueñan, y se maravillan con las especies marinas; y los adultos se distraen, se relajan, aprenden, y se asombran. Todos se divierten viendo los delfines y los leones amaestrados. Ojalá pueda recuperar todo su esplendor, y algún día se amplíe.

Acerca del Autor

David Canela Piña

David Canela Piña

David Canela Piña. Nació el 27 de abril de 1981 en Ciudad de La Habana. Estudió en la escuela primaria Fabricio Ojeda y en la secundaria Otto Barroso, ambas en el municipio Habana del Este. Obtuvo la beca para el Instituto Preuniversitario de Ciencias Exactas V. I. Lenin, donde se graduó en 1999. En 2006 se gradua de la carrera de Letras en la Universidad de La Habana, con una tesis sobre la cosmovisión poética del escritor cubano Raúl Hernández Novás. Ha trabajado como editor, profesor de gramática, especialista literario, y ahora como periodista de medios digitales. Durante siete años vivó en Diez de Octubre, ahora vive en el Municipio Playa.

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