Una noche de ‘Farándula’

Una noche de ‘Farándula’

La última obra de Jazz Vilá vuelve a visitar el “teatro comercial”

Omar Rolando como El Yoyo y Camila Arteche como Sara (Foto: Ana León)

LA HABANA.- Desde el estreno de Rascacielos (2015), un público muy numeroso sigue la trayectoria de Jazz Vilá, director y actor que ha acuñado lo que ya algunos denominan “teatro comercial”. El término se antoja algo incómodo para quienes ven en el teatro un muro de contención a la burda cotidianidad de nuestros días; pero existen muchas maneras de recrear incluso esa realidad que, a fuerza de repetirse, nos es indiferente.

Farándula, estrenada el pasado 2 de marzo, es una historia cubana contemporánea, risible y provocadora, con una trama fácil de digerir, en la cual mentiras, frustraciones, prejuicios y componendas conectan las vidas de cuatro desconocidos.

Regresa el cándido Lorenzo, protagonista de la inolvidable Rascacielos, para defender al sujeto homosexual como una constante en toda la obra de Jazz Vilá. Aunque el asunto en este caso no se aborda con la excesiva frivolidad de Eclipse, tampoco refleja la profundidad que sensibilizó a tantos espectadores cuando se estrenó Rascacielos; producción que generó una saludable polémica además de ganar la simpatía del público y los críticos.

La sexualidad ambigua —o ambivalente— que palpita en (la) Farándula, lejos de ser un foco de conflicto, se utiliza como una mercancía más, en un contexto donde la corrupción social se solaza con la podredumbre personal para construir una ficción de nuestros días; un cuadro fresco de actualidad, pletórico de sucesos y conductas habituales que, no obstante, resultan atractivos para cierto tipo de público que prefiere disfrutar con historias que trascienden el mero espectáculo humorístico.

Farándula tiene un toque de glamour y libertinaje populachero que parecen ser la especialidad de Jazz Vilá. Trasunta un sucio juego de intereses que desnuda otra parte de la naturaleza humana, espoleada por la ambición y la necesidad.

Cuatro buenas actuaciones y una escenografía minimalista sostienen una trama muy epidérmica pero entretenida. Tres elencos asumen la puesta en escena, alternándose en la maratón de presentaciones que, de martes a domingo, abarrotan la diminuta sala “Adolfo Llauradó”. El más sólido cuenta con actores de experiencia como Yordanka Ariosa (Elena) y Camila Arteche (Sara), y los noveles Jomy Marull (Lorenzo) y Omar Rolando (El Yoyo).

Farándula mantiene el objetivo central de las producciones de Jazz Vilá: atraer al público joven con una propuesta escénica de proyección abiertamente comercial. Es un concepto que funciona, gana patrocinio y se vende solo. Tal vez el joven director, evidentemente acomodado a una fórmula que exige poco esfuerzo intelectual por parte de los espectadores, no se aventure a crear otra obra con el alcance de Rascacielos. Después de todo, no hay que recurrir a tanto drama si la hilaridad emanada de situaciones absolutamente triviales cumplen el objetivo.

Al contrario de lo que anuncia el eslogan de Jazz Vilá Projects (“Por que unidos somos más teatro”), tanto Eclipse como Farándula constituyen ejemplos de un antiteatro muy efectivo. Es ligero y banal, pero arrastra una audiencia considerable gracias a la cual la modesta sala “Adolfo Llauradó”, que no tiene baños decentes ni iluminación nocturna, estará repleta durante todo el mes de marzo. Dicho sea de paso, es una pena que parte de los dividendos obtenidos por Farándula no se utilicen para mejorar una de las plazas de teatro más concurridas de La Habana.

Quizás lo más llamativo de la pieza sea el concepto escenográfico de Jazz Vilá, expresado en la economía de recursos y el enriquecimiento de la visualidad, a propósito del tema, con obras de Mabel Poblet, José Capaz, Mario Somonte y Luis Joa.

Quien quiera reírse a mandíbula batiente con peripecias al estilo del programa de Carlos Otero en Miami —con mejores actores—, tiene en esta obra una buena opción para no quedarse en casa. El sketch de una hora que es, en realidad, Farándula, ha generado una respuesta condescendiente por parte de la crítica; tal vez porque las recientes producciones de Jazz Vilá han desvelado la esencia de su visión creativa: suficiente para un rato de diversión, pero decididamente olvidable.

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