“En Cuba la gente sale a luchar, no a trabajar”

“En Cuba la gente sale a luchar, no a trabajar”

“Lo mío es conseguirte lo que tú quieras. Lo que tú no encuentres yo te lo busco, ese es mi trabajo. Ahora, cómo lo hago, eso no te lo puedo decir”

Un cartón de huevos consume un buen porciento del salario de un trabajador (foto de archivo)
Un cartón de huevos consume un buen porciento del salario de un trabajador (foto de archivo)

LA HABANA, Cuba. – Tanto para el gobierno cubano como para una buena parte de la opinión pública nacional e internacional, una de las causas principales de los bajos salarios y el caos económico que padecemos en Cuba se debe a que la gente no quiere trabajar. Según los discursos del propio Raúl Castro y de aquellos encargados de poner en práctica los “lineamientos del Partido”, los cubanos deben aprender a “ganar el sustento por medio del trabajo” y, junto al anuncio del “cese de las gratuidades”, se ha querido comenzar una campaña de la cual se infieren al menos tres moralejas: primero, que llegamos a este punto crítico como consecuencia de la vagancia generalizada; segundo, que el Estado (es decir, ellos), siempre libre de culpa, se encargaba de satisfacer absolutamente todas las necesidades de la población a cambio de nada, y, tercero, que solo recuperando la fe en las empresas estatales se pudiera obrar el milagro que todos esperan.

“Desgraciadamente muchas personas en la calle no están consciente de lo que realmente sucede con nuestra economía, e ignoran que el plan de salvación del gobierno es solo una estrategia para inculcar un sentido de culpa generalizado donde ellos no se hacen responsables por el gran retroceso económico y social que ha experimentado el país en los últimos años”, me comentaba un periodista especializado en temas económicos y que trabaja para una publicación oficial cubana (por lo cual nos reservamos su identidad), a raíz de un artículo mío en Cubanet sobre la vagancia. Además, me advertía acerca de lo injusto que era analizar el fenómeno desde lo que uno aprecia superficialmente en las calles cubanas.

“Al parecer”, me decía este amigo periodista, “la gente está de brazos cruzados en los parques o parados en las esquinas solo por el placer de no trabajar y eso es analizar el asunto como quieren ellos [el gobierno] que lo analicemos y que digamos “no tenemos nada porque nos merecemos eso por nuestra vagancia”, cuando, en verdad, esa gente que aparentemente no hace nada sencillamente ha buscado otras vías, digamos que no convencionales, para obtener su dinero, ya que han perdido su fe en el Estado. Saben que trabajar para una empresa estatal no les resuelve el problema, a no ser que puedan robar. (…) Todo parece indicar que los americanos pronto van a suavizar el bloqueo y, si eso sucede, se descubrirá que en Cuba existe un bloqueo interno mucho más feroz, entonces comienzan a preparar el otro discursito sobre la vagancia que les servirá para justificar que las cosas sigan igual o peor en una época post bloqueo.”

“Cuando Raúl habla de recuperar el trabajo como única fuente de ingresos, en primer lugar está justificando la propia ineficacia del sistema, trasladando la culpa a la gente, quitándosela de encima, eso es cierto, pero a la vez está queriendo falsear la realidad. El trabajo en Cuba no es solo el estatal, y ese es al que él se refiere. (…) El mercado negro absorbe quizás el 80 por ciento de lo que, en otras circunstancias, sería mano de obra estatal. Esa persona que tú ves sentada en un parque o parada en la esquina, juégate lo que quieras, no está vagueando, está trabajando. (…) Pudiera estar esperando por un turista, o ser un apuntador de la bolita [lotería] o estar vendiendo algo y tiene sus puntos fijos [compradores habituales] o está vigilando a los policías para que otro pueda maniobrar libremente, en fin, está trabajando, se está buscando el dinero que necesita y el salario estatal no lo compensa, ni lo hará jamás. Si el gobierno no fue capaz de resolver los problemas económicos del país, la gente no puede sentarse a esperar. La gente busca la solución y la calle se convierte en el trabajo,” agregaba.

En ese sentido, los testimonios de numerosos “trabajadores clandestinos” confirman que el término “vagancia” para referirse al aparente desinterés por acceder a un empleo estatal es, más que inadecuado, injusto.

Estar en la calle puede multiplicar las posibilidades de encontrar un trabajo mejor remunerado (foto del autor)
Estar en la calle puede multiplicar las posibilidades de encontrar un trabajo mejor remunerado (foto del autor)

En una zona periférica de la ciudad como lo es el Reparto Eléctrico, abundan los asentamientos improvisados. Pequeños barrios ilegales, levantados por personas que vienen huyendo de la miseria que cada día se agudiza más en las provincias orientales de la isla. Los llamados “palestinos”, acosados por la policía y convertidos por el gobierno en ciudadanos de segunda, están obligados a buscarse empleos furtivos para poder sobrevivir. Es posible que en la actualidad constituyan una buena parte de la fuerza laboral “alternativa” no reconocida ni siquiera en el sector del cuentapropismo.

Yunier, uno de estos “palestinos” de la zona conocida como El Callejón, en el Reparto Eléctrico, habla de los motivos que lo llevaron a emigrar a la capital y de las características de su trabajo underground. Por razones obvias, no revelaremos su identidad.

“Vine como todo el mundo. Me vi contra la pared y salí como pude. (…) En oriente no hay trabajo y cuando lo encuentras te pagan mucho peor que en La Habana. (…) Si haces trabajos particulares en una finca o en albañilería, no puedes cobrar mucho porque la gente no tiene dinero, (…) a veces te pagan con un tallo de plátano, una gallina, un saco de arroz pero uno necesita dinero. (…) Allá, tener veinte dólares es una fortuna, aquí eso yo lo hago en uno o dos días, depende, lo mío es conseguirte lo que tú quieras. Lo que tú no encuentres yo te lo busco, ese es mi trabajo. Ahora, cómo lo hago, eso no te lo puedo decir. Tú, sólo pide, que yo lo encuentro. (…) Mira, al principio todo el mundo tiene que arañar [pasar trabajo] en lo que sea pero después, en la calle, comienzas a cogerle la vuelta, se te dan oportunidades. Yo me pasé casi dos años recogiendo latas, botellas, cartones, en ese trabajo se me fueron pegando otros, albañil, plomero, jardinero. (…) Yo sigo ilegal, yo no puedo trabajarle al Estado porque no tengo papeles pero además, no me interesa trabajar para el Estado, para eso regreso a Guantánamo”.

Emplearse en una empresa estatal no siempre es significado de confiar en un mejoramiento de la situación del país ni un acatamiento del discurso de los gobernantes. En muchas ocasiones es parte de esos mecanismos “colaterales” que los cubanos han aprendido a utilizar en beneficio propio y no como una toma de consciencia de la importancia del trabajo para el desarrollo económico de la nación.

Puestos de trabajo en las aduanas de los aeropuertos, en grandes almacenes de insumos, en tiendas recaudadoras de divisas o en empresas comercializadoras de piezas para autos o de materiales para la construcción, incluso en centros de elaboración de alimentos, mataderos, frigoríficos y fábricas de todo tipo (perfumerías, carpinterías, ensambladoras de electrodomésticos y otras) son codiciados no por los salarios que pagan, verdaderamente ridículos, sino por las ocultas coyunturas que ofrecen para vivir de eso que los cubanos conocemos como “la lucha”, es decir, la oportunidad de insertarse “legalmente” en las estructuras estatales de corrupción.

“Yo salgo a lucharla”, me dice un amigo, empleado de una Tienda Recaudadora de Divisas (TRD) para suavizar la palabra “robo” que usé cuando le pregunté sobre su empleo: “el robo es otra cosa. La lucha es lo normal”, me corrige y después me explica la razón: “Cuando yo entré en la tienda me quise portar bien, decente, pensé que toda la búsqueda estaba en la propinita y en algo que te sobraba y que no estaba en el inventario pero después fui descubriendo que todo es más complicado. (…) A veces el almacenero quiere sacar algo [una mercancía] pero no puede porque el gerente es nuevo o porque quiere echárselo [botarlo] porque tiene pensado traer a otro, un compinche, entonces [el almacenero] tiene que cuadrar con el dependiente y con el portero. Entonces saca las cosas por el mostrador. Viene un tipo que se hace pasar por cliente, compra cualquier bobería, un jabón, una cuchilla de afeitar, y en la jaba se lleva lo otro, así lo hace todos los días. Yo al principio dije que no pero después tuve que transar porque se ponen para ti y te sacan, por cualquier cosa. Pero, además, descubres que todo es así, y no puedes ir contra la corriente. (…) Aquí [en Cuba] la gente sale a luchar, no a trabajar. El que te diga lo contrario o es un bobo o te está diciendo mentira”.

Trabajar para el Estado no es una alternativa demasiado cuerda (foto del autor)
Trabajar para el Estado no es una alternativa demasiado cuerda (foto del autor)

“Mensajeros” y “suministradores estatales” de ese mercado negro descrito por el testimoniante, apuntadores de las distintas loterías ilegales conocidas en Cuba, avizores y jugadores de dominó en las esquinas a los que se les paga por advertir sobre la presencia de policías y chismosos en los alrededores de los miles de barrios donde casi el ciento por ciento de los habitantes viven de negocios prohibidos, proveedores de antojos y placeres de todo tipo, corredores de permutas, plomeros, albañiles, personas a la caza de una oportunidad de llevar un centavo más a sus bolsillos, conforman esa multitud de personas que solo en apariencias parecen no ocuparse de nada cuando lo cierto es que luchan por subsistir en un entorno donde existe un gran abismo entre el país artificial que dibujan los gobernantes y aquel otro, duro, devastado, angustiante que jamás sabrá de prosperidades mientras las cosas no sean llamadas por su verdadero nombre.

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