Dota 2: entre torneos y prohibiciones

Dota 2: entre torneos y prohibiciones

A los jugadores se les margina mediante el despliegue de propagandas negativas y hasta se les persigue, pero desde hace años el Dota viene prendiendo entre los más jóvenes

dota Fábrica de Arte bajo el control policial
En las afueras de la Fábrica de Arte Cubano se concentraban los asistentes, en su mayoría jóvenes. No podía faltar el control policial (foto del autor)

LA HABANA, Cuba – Era la noche del 13 de agosto y la esquina donde confluyen las calles 26 y 11, en El Vedado, estaba repleta de jóvenes que esperaban la apertura de la Fábrica de Arte, donde se disputaría la final del primer torneo “oficial” de Dota 2. El videojuego desde hace años se extendió por Cuba de manera “clandestina” porque, sencillamente, no es visto con muy buenos ojos por el Partido Comunista.

Considerado el más icónico de su tipo, e incluso categorizado como deporte electrónico en algunos países donde son celebrados campeonatos con millones de seguidores, el Dota 2 en Cuba ha sido calificado por las autoridades como actividad “enajenante”, “peligrosa” y hasta “contraria a los principios revolucionarios”. Abundan los artículos como el que puede leerse en el sitio oficialista SoyCuba.cu, del 18 de julio de 2014, cuya moraleja, vergonzosamente tonta, pudiera ser esta: “los videojuegos son peligrosos siempre que provengan del exterior y sean jugados ajenos a nuestra supervisión”.

Fabio Lacera, organizador del evento en la Fábrica de Arte, ha reconocido la condición underground de la casi totalidad de los lugares donde a diario se practica el Dota 2 y los obstáculos que han debido salvar para lograr cierto grado de “reconocimiento oficial” del campeonato. Además, lamenta que aún los medios de prensa nacionales no se hagan eco del fenómeno y hasta consideren a los participantes que se enfrentan no como jugadores, sino como adictos o enajenados.

Niños y niñas, adolescentes, jóvenes y adultos, se encuentran entre las multitudes de gamers que en la Isla se sumergen y viven con gran realismo en el universo desarrollado por Valve Corporation, que produce el juego.

Cientos de adolescentes pasaron horas haciendo filas para intentar entrar a la Fábrica de Arte esa noche de competencia, a pesar de que a los menores de 18 les está negado el acceso a las instalaciones. Tenían la esperanza de que el equipo de seguridad en algún momento abandonara la entrada.

El campeonato fue un evento excepcional, una rareza, tal vez un acto de fingida tolerancia que las autoridades quisieron asociar al cumpleaños de Fidel Castro o a la víspera de la visita de John Kerry. Sin embargo, ninguno de los políticos fue mencionado por los jóvenes presentes. Allí solo se hablaba de Dota 2.

Yanpier, de 15 años, explicó cómo y por qué lo juega: “No es un simple juego. Requiere inteligencia, habilidad. La gente que no lo conoce es la que piensa que es un jueguito cualquiera. Es de pura estrategia, demanda mucha concentración. (…) Hay quien lo juega en la casa porque tiene una buena computadora y está conectado a una red, pero son pocos y no es tan fácil. La máquina tiene que ser un ‘avión’, con una buena tarjeta de video, un micro potente, no puede ser un ‘tarequito’ de esos que hay en los Club de Computación. En Cuba no hay tanta gente que pueda tener eso, la mayoría va a salas de juego que hay por ahí con todo lo que se necesita para jugar, pero también hay que pagar por hora. (…) La policía le cae arriba a las salas de juego y si te cogen con una red, te decomisan todos los equipos, que son carísimos. (…) Tan solo el board, el micro, el disipador, la tarjeta de video y la RAM cuestan más de mil dólares, y en cualquier sala donde se juega Dota hay más de cinco”.

En el ambiente de los gamers todos conocen sitios como la sala de juego de Gilbert, en Arroyo Naranjo, pero llegar a ella no es nada fácil. Gilbert no es ni siquiera el verdadero nombre de quien la administra y se necesita la recomendación de alguien habitual para acceder al local. Aun así, sientes que eres visto como un entrometido o, peor aún, como un posible delator. Se trata de una habitación pequeña que alguna vez fue el cuarto de la casa, pero con todo lo necesario para que los usuarios puedan pasar horas frente a una máquina.

El dueño, un joven graduado de la Universidad de las Ciencias Informáticas, habla sobre los peligros que debe sortear para tener éxito en su negocio: “Es ilegal, están prohibidas las salas de juego. (…) Nunca fueron legales pero al principio se hicieron los de la vista gorda pero después les cayeron encima, sin justificación. Claro, ya uno sabía que algo venía porque casi todos los días salía en el periódico, en el Juventud Rebelde, en Bohemia, en todos lados, artículos criticando los videojuegos y diciendo que incitaban a la violencia o que inculcaban principios contrarios a la Revolución”.

“Después de eso empezaron a lanzar videojuegos con temas de la lucha en la Sierra Maestra con personajes como Fidel, el Che, y campeonatos nacionales sólo con juegos hechos para los Joven Club (…) Todo el mundo se da cuenta por dónde viene la cosa: quieren tenerte todo el día pensando en ellos”, añade Gilbert.

Dentro del recinto, una pantalla gigante sirvió para mostrar el desarrollo del juego (foto del autor)
Dentro del recinto, una pantalla gigante sirvió para mostrar el desarrollo del juego (foto del autor)

El joven informático afirma que “hicieron y todavía se hacen operativos [policiales] para desmantelar las redes y las salas de juegos. Muchos cerraron, perdieron montón de dinero, pero otros pasamos a la clandestinidad. Así es como se ha jugado Dota en Cuba, a escondidas como si fumaras mariguana (…) Esto yo lo hice con el dinero y los equipos que me ha mandado mi papá desde los Estados Unidos, otras cosas las he tenido que comprar aquí, es un dineral invertido (…) Se recupera, claro que se recupera el dinero, pero no es solo por el dinero que uno hace estas cosas. Tendrías que jugar para que te des cuenta de lo que te hablo”.

Por su parte Ronniel, un joven menor de 18 años,  logró colarse en el torneo de la Fábrica de Arte usando el carnet de identidad del hermano. Explica las limitaciones para jugar: “Hemos hecho una pequeña red entre varios amigos pero no podemos jugar con otra gente, mucho menos si están fuera de Cuba, porque tendríamos que estar conectados en internet (…) En los Joven Club no se puede porque no hay máquinas para eso y no está permitido. No sé si en el de Centro Habana, pero en San Miguel [del Padrón] no se puede”.

Sobre las competencias que han tenido lugar, este gamer comenta que “se han hecho campeonatos en algunas provincias y aquí en La Habana, pero nadie se entera de las convocatorias ni todo el mundo puede asistir porque trasladarse es un problema, o lo hacen en lugares donde no te dejan entrar o te cobran la entrada a un precio muy alto como aquí [Fábrica de Arte]. Todo se hace con lo que se puede conseguir por ahí (…) ¿Por qué no abren salas de juego si hay cantidad de gente que le gusta? El juego es inofensivo, lo que pasa es que aquí todo lo ven como peligroso cuando no lo entienden y se agarran de cualquier cosa para prohibirlo”.

Como con todo cuanto amenaza con debilitar o anular los mecanismos de control ideológico que han permitido a los gobernantes cubanos retener el poder durante más de medio siglo, públicamente se le intenta restar importancia a la preferencia por los videojuegos entre los jóvenes cubanos y se los anula del panorama noticioso. A los jugadores se les margina socialmente mediante el despliegue de propagandas negativas y hasta se les persigue, a veces de manera indirecta y, otras, de formas bien agresivas sólo porque los tiempos que corren resultan demasiado tecnológicos e incontrolables para los gustos de nuestros ancianos y desactualizados dirigentes.

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