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lunes, 22 de diciembre 2014

Julio San Francisco, in memóriam

Un homenaje al desaparecido intelectual cubano Julio San Francisco, muerto recientemente en España

MADRID, España, febrero, 173.203.82.38 -Te apareciste un día vestido de poeta, con tus viejos arreos y un pan de Guajaibón: con terno y gabardina, con sombrero y paraguas, y el gesto de cabreo buscando un infinito que terminaba en ti. ¿Es Fernando Pessoa? ¿Ramón del Valle-Inclán?, preguntaba la chica que después pretendiste. Y todo se quedó en un poema al paso, en una silla coja y en una carta abierta al Santísimo Padre, desmedida en la forma, con razones plausibles pero desmelenadas, pistola por epístola y un disparo en el pie. Julio, en estado puro, disparando a las nubes contra un ave de paso que era un papalote y un trazo de rebote como un bumerán.

No era tu punto fuerte el género epistolar, pero era tu obsesión y tu tic del momento. Y cuando lo dejaste definitivamente se te aclaró la voz y volvió la poesía y volviste en ti mismo… y volvió la zozobra con sus altas y bajas. Fuiste un día al Retiro y fuiste León Felipe cortado a la juliana en tu reencarnación de armadura y adarga. De don Julio Martínez a Julio San Francisco, un cambio de avatar y un trecho de penurias empedrado de libros cada vez más granados. Destierro e impaciencia, un exilio de angustias, un grito de dolor y un banco solitario frío como la muerte, preludio de una tumba y avance de un adiós.

Qué de pronto te has ido sin darnos un aviso. Te encontrabas en Murcia como en un doble exilio. Dos veces exiliado, ¡desterrado dos veces!, la neurosis tenaz siguiéndote los pasos —¿enfisema, ansiedad, angustia y depresión, tristeza, soledad, tiroides que disparan todas las confusiones?— y una pulsión errática que te centrifugaba al banco del Retiro, al mármol y al granito, al ayer por el hoy y el mañana difuso.

Te rondaban los buitres aguardando el momento. Y bajaste la guardia. O abriste la ventana. O extraviaste las gafas y el reloj se paró sin causa ni motivo, sin móvil aparente, sin teléfono a mano, sin voz, sin celular. Te quedaste sin saldo, sin crédito o sin carga, sin entrada y salida, sin tono de discar. Y te hundiste en ti mismo, quizás sin darte cuenta, pensando que flotabas por pura ingravidez. (Seguro que es por eso que no te despediste de tus viejos colegas, el club de amigos malos que solías decir, los de la vieja guardia, los que te soportamos en Madrid o en La Habana, porque al final en eso consiste la amistad, en soportarse un poco y envainar el desquite). Y te desvaneciste como aquel personaje del relato tramposo, de tu propia autoría, que se trabó en sí mismo paratáxicamente (perdóname el palabro, Julio allí donde estés). Creías que danzabas con la tarde en redondo, y en círculos concéntricos, cada vez más cerrados, la Noche te envolvía y luego te llevó, apagado y sonriente, Julio ya anochecido hasta los viceversas del otro amanecer.

Tenías tu poesía y tus cuentos fantásticos, más tus trovas murcianas, para burlar el tiempo. Te armaste de la fe rotunda del converso, y en el amor a Cristo más el odio a los Castro forjaste una coraza que creías total, a prueba de fracasos y de desilusiones. Y por si fuera poco tenías un buen amigo, médico, religioso, confesor y loquero. Fue el que te echó de menos cuando no respondías al móvil ni a la puerta, ni a la sacra oración. Fue el primero que tuvo la elemental sospecha de que algo le pasaba al amigo poeta, a Julio San Francisco encerrado en su cuarto, de bruces en el suelo, desplomado e inerte, tumbado para siempre, desterrado al jamás.

Se nos ha muerto Julio, me llamó Armandito con voz entrecortada, dolido, impresionado, sin creerlo del todo. En Facebook la noticia ya estaba circulando. Era una nota escueta, una esquela sencilla, sin datos ni detalles, sin adornos, sin lazos. Y luego Carralero, su amigo desde Cuba, desde Isla de Pinos para ser más exacto, no ocultaba su asombro, su dolor, su pesar. ¿De qué murió Julito? ¿Fue un infarto? ¿Un suicidio? Y recordé la frase rasante de un poeta en otras circunstancias y en caso similar: pues se ha muerto de asco, de imposible, de tedio… Se murió de impaciencia. De no aguantar la espera. De no vivir murió.

Fondevila y Rivero te rindieron tributo solemne cual sencillo en la Hispano-Cubana. San Francisco se ha ido. Ha hecho mutis don Julio. Otro que se nos muere sin que vea el final. Honraron al poeta, al escritor agónico, al periodista libre y sobre todo al hombre que golpeó contra el muro. Si no lo derribó, como él mismo dijera, menos duro lo hallaron los que detrás vinieron … Se murió San Francisco sin darnos una pista. De profundis clamavis… Se murió de destierro y de más no poder.

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