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viernes, 24 de octubre 2014

El horno no está para rosquitas

No es un buen momento para que los defensores del cardenal Jaime Ortega hablen de inocencia

LA HABANA, Cuba, junio, 173.203.82.38 -A los totalitaristas no les gusta ser puestos en tela de juicio. Acostumbrados a que las cosas se tomen únicamente como ellos dicen que son, se crispan ante el menor cuestionamiento. Y nada puede ser más peligroso que un totalitarista crispado. Que lo diga Ettore Gotti Tedeschi, el llamado Banquero de Dios, quien ahora mismo se está viendo con un pie en el infierno sólo por contradecir a un totalitarista de raza, el cardenal Tarcisio Bertone, Secretario de Estado del Vaticano.

Por cierto, tan distinguido personaje también fue contradicho en Cuba, hace poco, si no con palabras, con hechos, pues en días previos a la llegada del Papa, Bertone había declarado que esta visita no sería manipulada por el régimen. Y sí, fue manipulada. Pero excepcionalmente, el cardenal no se crispó.

Desde luego, lo que le hizo Ettore Gotti es mucho más grave. Y tanto que devino bomba noticiosa en todo el mundo. Aunque más grave todavía, puesto que más a tono con su talante totalitario, ha sido la respuesta del cardenal Bertone.

Después de casi tres años al frente del Instituto para las Obras de Religión, Gotti Tedeschi explotó como un siquitraque, apenas empezó a sospechar que detrás de las cuentas cifradas de esta institución, que es el banco del Vaticano, hay oculto dinero sucio de empresarios, políticos y hasta de la mafia. Su expulsión del cargo, dispuesta por Bertone, es lo mejor que podría ocurrirle, ya que, según los medios internacionales de información, Gotti teme por su vida, una reacción natural en quien se atreve a desafiar a santidades tan encumbradas, acusándolas nada menos que de lavar dinero ilícito y aun sangriento.

Se trata de una larga película de horror y misterio, y con suspense creciente, a lo Hitchcock, pero cuya escena final nos puede ser impuesta el día menos  pensado, hoy mismo tal vez, ya que otra cosa que muy bien se conoce es que los totalitaristas, cuando no pueden demostrar razones, demuestran su poder -tan infinito como el cielo- silenciando, como sea preciso, a los que sí tienen razón.

Pero, en fin, si he traído a colación este caso es sólo para puntualizar que el momento no es bueno para que los defensores de otro cardenal, que hoy sufrimos de cerca en la Isla, hagan cruzada tratando de tapar sus deslices, y enfoquen cañones contra sus críticos, desplegando la táctica totalitaria de inventar conspiraciones fantasmas, dicen ellos que contra la Iglesia Católica, y dicen que por parte de malos patriotas, renuentes a la reconciliación entre cubanos.

La verdad es que el cardenal que nos tocó en suerte, Jaime Ortega, arzobispo de La Habana, no ha estado actuando como lo requiere su misión ante Dios (que no ante los poderes pecadores de la tierra), y ese es un reproche que nadie podría hacerle, por más ganas que tenga, si no fuese porque hay pruebas de su actitud contemporizadora con nuestro régimen y de su falta de carácter como líder eclesiástico, al plegarse sumisamente a un proyecto dictatorial, encaminado a perpetuar en Cuba la falta de libertades y la extrema miseria.

Entre los recriminadores del cardenal Ortega no faltarán algunos espíritus agrios y hasta algún que otro politiquero dispuesto a defender su egoísmo por encima del interés nacional. Pero resulta ridícula y malsana la pretensión de meter en el mismo saco a todo nuestro movimiento de oposición pacífica (pues son todos, católicos incluidos, los que recelan de su gestión), acusándolos de mercaderes de la confrontación y de gestores de un plan para desprestigiar a la Iglesia, mediante la descalificación de lo que llaman su “línea de diálogo” con el régimen.

Para peor, en los cotorreos de estos defensores a ultranza de Ortega se trasluce la intención de enfrentar a creyentes y no creyentes católicos, e incluso a la población pasiva con los disidentes. Y todo en nombre de lo que graciosamente llaman (con un apelativo que les prestó el régimen) la necesidad de reconciliación entre cubanos. Es algo que, además de irracional, resulta peligroso.

Nada conviene menos a los cubanos en este momento que una atmósfera hostil entre creyentes y ateos. Y en general, nada nos conviene menos que andar a las greñas entre nosotros mismos, mientras el régimen se dedica a ejercer su deporte favorito: atacar por los flancos que se flaquean con nuestras divisiones.

Los humos totalitaristas que enrarecen el universo del cardenal y sus defensores no les permiten ver que para los cubanos amantes de la libertad y del progreso constituye un drama extra tener que vérselas también con ellos, cuando apenas les alcanzan las fuerzas para enfrentar el acoso y las tropelías del régimen.

No ven (por alguna razón no les conviene ver) que nuestros reparos no son contra la Iglesia y mucho menos contra los paisanos católicos, sino contra un hombre, un simple mortal que con todo y su púrpura no solamente está incurriendo en la violación de los preceptos que debería representar, sino que además incurre en pecado al proyectarse soberbio ante el rebaño y sumiso ante el lobo.

Que yo sepa, ninguno de nuestros opositores pacíficos cuestionó nunca una sola palabra o una sola acción de monseñor Pedro Meurice, arzobispo emérito de Santiago de Cuba durante 34 años. Y nada fue más ajeno a monseñor Meurice que la actitud hostil ante la posibilidad de entendimiento entre los cubanos. Sólo que él parecía asumir la reconciliación nacional según su auténtico significado, y no como reconciliación entre el régimen y ciertos sectores seleccionados por éste en forma unilateral y para su absoluta conveniencia.

Esa burda simplificación de las cosas que se desgaja de los argumentos de los defensores de Ortega no puede ser tomada sino como sospechosa, cuando menos.

De hecho, llama la atención que tal defensa, o al menos su avanzada más activa y crispada, se esté desarrollando desde ciertas instancias muy afines al régimen. Al paso que vamos no nos sorprendería que la UJC, PCC, CDR y demás hierbas fueran convocados a una concentración en la Plaza de la Revolución para demostrarle al cardenal el apoyo irrestricto, solidario y partidista del pueblo.

Lo malo, como ya dije antes, es que en este minuto el horno no está para rosquitas.

A no ser que el cardenal Tarcisio Bertone, Secretario de Estado del Vaticano (y de quien se comenta que Jaime Ortega recibe órdenes directas en todo lo concerniente a la reconquista, en línea con la dictadura, del espacio público en Cuba), se apure en aplicar medidas acalladoras contra Ettore Gotti Tedeschi, será difícil para los defensores de su hombre en La Habana dar la muela, sin ponerse colorados, con apelaciones a la inocencia, al respeto y a la justicia divina.

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Acerca del Autor

José Hugo Fernández
José Hugo Fernández

José Hugo Fernández es autor, entre otras obras, de las novelas El clan de los suicidas, Los crímenes de Aurika, Las mariposas no aletean los sábados y Parábola de Belén con los Pastores, así como de los libros de cuentos La isla de los mirlos negros y Yo que fui tranvía del deseo, y del libro de crónicas Siluetas contra el muro. Reside en La Habana, donde trabaja como periodista independiente desde el año 1993.

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