LA HABANA.- Entre los funcionarios de la Administración del presidente Donald Trump, el secretario de Estado, Marco Rubio, desempeña un papel de primerísimo orden. Me atrevería incluso a afirmar que es la figura más prominente del Gobierno estadounidense después del propio mandatario.
Rubio nació y creció en Florida, pero, como es sabido, es hijo de padres cubanos. Para muchos hijos de este archipiélago, esa ascendencia constituye un motivo de orgullo, al menos para quienes no estamos ofuscados por las teorías obsoletas y contraproducentes del marxismo-leninismo ni abrazamos el antiyanquismo radical que marcó el rumbo político de Fidel Castro.
Ese sentimiento quedó plasmado tempranamente en la carta que Castro escribió a Celia Sánchez el 5 de junio de 1958, en plena Sierra Maestra. En ella anticipaba que, una vez terminada la guerra contra la dictadura de Fulgencio Batista, comenzaría para él una lucha mucho más larga contra Estados Unidos. De aquel enfrentamiento, convertido después en política de Estado, el pueblo cubano ha sido rehén durante décadas.
La admiración que numerosos cubanos del sector anticastrista sienten por Marco Rubio ha llevado incluso a algunos exaltados a mencionar su nombre como el de un hipotético futuro presidente de Cuba. Supongo que semejante posibilidad no despertará demasiado entusiasmo en el propio Rubio, a quien se menciona con insistencia como posible aspirante a la Casa Blanca.
Especulaciones aparte, resulta indiscutible el protagonismo que ha adquirido al frente de la diplomacia estadounidense. Una muestra es la gira que realiza del 8 al 10 de septiembre por Colombia, Ecuador y Perú, centrada en la seguridad regional, la lucha contra el narcotráfico, el comercio y el fortalecimiento de las alianzas de Washington en Sudamérica.
Este 9 de septiembre, al informar sobre las primeras actividades de Rubio en la región, la periodista Odette González publicó en CubaNet una nota encabezada por una de sus declaraciones más contundentes: “Si Cuba es un desastre, es porque su régimen es un desastre”.
La frase aborda una realidad que concierne directamente a nuestra Isla y que, como es lógico, ocupa un lugar central en las preocupaciones de quienes nacimos o vivimos allí. Sin embargo, los intereses que impulsan esta gira rebasan ampliamente las fronteras de una Cuba empobrecida y en ruinas.
Como resumió Diario de Cuba, Rubio recorre los Andes con el propósito de consolidar un eje de aliados de Trump en Sudamérica. Colombia y Perú cuentan con mandatarios recién elegidos: Abelardo de la Espriella asumió la Presidencia colombiana el 7 de agosto, mientras Keiko Fujimori tomó posesión en Perú el 28 de julio. Ambos derrotaron en las urnas a candidatos de izquierda y han mostrado una clara disposición a estrechar sus vínculos con Washington.
Otro titular reciente del mismo medio recogió una afirmación de Rubio sobre los gobiernos izquierdistas de la región: “La izquierda ha destruido todos los países que ha controlado en el hemisferio”. El secretario de Estado mencionó específicamente los casos de Cuba, Venezuela y Nicaragua.
La primera escala de la gira fue Colombia. Allí, el presidente Abelardo de la Espriella anunció junto a Rubio los llamados “acuerdos de Barranquilla”, centrados en tres objetivos: reconstruir el país tras el terremoto del 10 de agosto, recuperar la economía y reforzar la seguridad hemisférica. Las conversaciones incluyeron además la lucha contra el narcotráfico y la cooperación en minerales críticos y energía nuclear con fines civiles.
Ecuador fue la segunda escala. Se trata de un país golpeado por el avance del crimen organizado y la violencia vinculada al narcotráfico. Durante su encuentro con el presidente Daniel Noboa, Rubio anunció que solicitará al Congreso estadounidense 45 millones de dólares adicionales para fortalecer la seguridad ecuatoriana. También ofreció nuevos equipos y profundizar la cooperación contra las organizaciones criminales transnacionales.
La gira concluye este jueves en Perú, donde Rubio tiene previsto reunirse con la presidenta Keiko Fujimori y el canciller Carlos Espá. El ingreso de Perú al Escudo de las Américas —la iniciativa promovida por Washington para coordinar la lucha regional contra el crimen organizado—, así como la creciente influencia económica de China en el país andino, figuran entre los principales asuntos de la agenda.
Antes de iniciar el viaje, Rubio expuso sus objetivos y se refirió a “Un hemisferio que cumple”, según publicaron varios medios latinoamericanos:
“Estamos colaborando de forma directa con Colombia, Ecuador y Perú para consolidar una seguridad verdadera, facilitar el crecimiento económico y asegurar que el futuro de nuestra región siga estando bajo el control soberano de cada país”.
Cabe esperar, para bien de los pueblos de nuestra América, que esta gira contribuya a fortalecer las relaciones entre los gobiernos comprometidos con los principios democráticos, el respeto a los derechos humanos y la lucha contra el crimen organizado, así como sus vínculos con Estados Unidos.









