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Réquiem por Tulio Arias

Tulio Arias Quiñones, Cuba

LA HABANA, Cuba. — Ha muerto en Miami, a los 73 años, el poeta Tulio Arias Quiñones. Fue al amanecer de  este 26 de julio. ¡Vaya día para morir! ¡La principal fecha de la dictadura, él que tantos años pasó en la cárcel por combatirla! Y venirse a morir justo ahora, cuando, pese a la represión, se siente que se aproxima al fin a Cuba la libertad.

Tulio era mi amigo, de los buenos. Recuerdo, como si fuese hoy, el día en que lo conocí, hace cuarenta y tantos años. Llegó a mi casa  con su guitarra, traído por Fidelito, que lo había conocido en un parque del Vedado.

Con su nombre de emperador romano, rostro barbudo de pirata berberisco y su pelo muy negro que empezaba a crecer incontenible, lo apodaban El Argelino. Era de La Víbora, pero estaba viviendo en Párraga. Como buscaba amigos y buena música rápidamente se sintió a gusto entre nosotros.

A veces, venía con su novia. Delgados, desgreñados y cetrinos, se parecían a los cuervos de Dalí: a fuerza de amarse durante mucho tiempo, habían llegado a parecerse.

Tulio había sido preso político. En 1963, con solo 15 años, por unirse a un grupo anticastrista, lo enviaron a un reclusorio de menores. Fue puesto en libertad en marzo de 1970, pero un año después lo volvieron a encarcelar.

Cuando nos conocimos, allá por 1978, hacía solo unos días que había salido de prisión, gracias a un indulto que concedió el régimen a 3 000 presos políticos tras la visita del reverendo Jesse Jackson.

No le gustaba hablar de la cárcel. Quería recuperar el tiempo perdido. Amar a su chica, leer los libros que no le dejaban pasar a la cárcel, descubrir todo lo nuevo que había  en la música después de la separación de los Beatles, especialmente Pink Floyd, y en particular Wish you were here, que  no se cansaba de oír en mi tocadiscos ruso.

Cuando Tulio, sobre el rasgueo áspero de su guitarra, cantaba sus canciones, las que compuso en la cárcel y que hablaban de hambre, desamparo, rejas, alambradas y bayonetas, uno no podía evitar sentir una tristeza que te oprimía el pecho y te aguaba los ojos.

Además de leer vorazmente cuanto libro caía en sus manos, escribir poemas y canciones fue su principal ocupación en la cárcel,  su antídoto contra la soledad y la desesperanza.

Con la ayuda de un diccionario, aprendió francés. Se sabía de memoria varias canciones de Charles Aznavour  y Gilbert Becaud.  Citaba de corrido a Baudelaire y a Boris Vian. Aspiraba, cuando fuera libre, a tener un diploma de la Alianza Francesa.

En el verano de 1980, Tulio desapareció. No nos extrañó. Corrían los días del Mariel y lo creímos en Miami. Supimos de él en Villa Marista, por boca de adustos oficiales de la Seguridad del Estado. Nos dijeron que Tulio estaba preso otra vez. Lo acusaban de graves delitos.

Por nuestra amistad con Tulio, Leyda Urbay, la que entonces era mi esposa, Jesús Fidel Hernández y yo fuimos detenidos e interrogados. Querían que dijéramos todo lo que sabíamos sobre Tulio. Preguntaban si nos había invitado a unirnos a alguna “organización contrarrevolucionaria”. Hablaban de explosivos, terrorismo y “planes del enemigo”.  No querían creernos que sólo sabíamos que Tulio vivía en Párraga, tocaba la guitarra, fumaba como un condenado y le gustaba el rock… No teníamos más para confesar.

En todo momento, amenazantes, trataron de hacernos sentir culpables. Nos incriminaban, ora severos, ora paternales, por las graves faltas de “vestir como hippies, tener gustos musicales extranjerizantes, relacionarnos con elementos antisociales y ser apáticos ante las tareas de la revolución”. Enumeraban de memoria nuestros tropiezos escolares y laborales, nos aconsejaban y regañaban acerca de cuestiones personales. No nos dejaron ir hasta que se convencieron de que no les quedaba nada por indagar.

No volví a saber de Tulio, si estaba preso, exiliado o muerto, hasta hace dos años, cuando nos tropezamos  en Facebook. Me contó que vivía en Estados Unidos desde 1988, cuando salió en libertad gracias a una gestión del Papa Juan Pablo II y el cardenal John O´Connor. Y me envió, copiado en PDF, Entre barrotes, el libro con los 36 poemas que escribió en el Combinado del Este, que en 2019 logró publicar en Miami, y a propósito del cual escribí una reseña para CubaNet.

No me sorprendió la calidad de los versos porque conocí hace muchos años –cuando era impensable la posibilidad de recogerlos en un libro– los poemas de Tulio, los que dedicó a sus compañeros del Presidio Político, a sus hijas, a Elena, a la patria, la libertad… Así que no necesité las explicaciones que dedicó Tulio al capitán Ulises, de la DSE, cuando fue a su celda a recriminarle por escribir poesía:

“Yo sé bien que no soy poeta/ porque mi obra está incompleta/ solamente he hecho sonetos/ alejandrinos y duetos/ y alguna que otra cuarteta./ Yo décimas nunca he hecho/ aún no sé por qué razón/quizás en el corazón/ que vive y late en mi pecho/ duerman, como en un lecho/ en espera de alboradas/con elegancia rimadas/pero si se me despiertan/cuando en un papel se viertan/ a usted serán dedicadas…”

Con aquel poemario, más todos los demás que no pudo publicar, Tulio probó fehacientemente  lo que aseguró a aquel esbirro: “Aunque le duela, soy poeta”.

Tulio se ha ido del mundo de los vivos, y más que el abrazo del reencuentro que no pudimos darnos, brindando con bourbon y blues de fondo, me duele que se vaya sin ver el fin de la dictadura y la patria libre, justo ahora que ya no parece un sueño de locos. Lo verás desde el cielo, poeta. Luz a tu alma. Te la mereces.

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