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La Diva y el olvido injusto

Gina Cabrera

MIAMI, Estados Unidos.- El revelador documental Divas, dirigido por Adolfo Llauradó en 1995, convoca entrevistas de 11 leyendas cubanas que hicieron historia durante la gloria republicana. No sólo son apuntes históricos para la posteridad de muchas figuras preteridas por la rusticidad “verde olivo”, entronizada en 1959, sino la demostración fehaciente de su éxito rotundo cuando se desenvolvían profesionalmente en libertad.

Todas las actrices elogian el pasado, no solamente porque eran jóvenes, bellas y mimadas por su público, sino debido a que las posibilidades artísticas eran variadas, numerosas y respetables en términos económicos.

En el grupo figuran, incluso, dos divas seguidoras del castrismo como Consuelo Vidal y Raquel Revuelta, quienes, sin embargo, se quejan enfáticamente de las distorsiones ocurridas en el oficio por la burda intromisión política.

Con el paso del tiempo el documental del actor Llauradó ha ganado en relevancia porque muchas de sus protagonistas ya han fallecido, y algunas de las entrevistas son los únicos testimonios en imágenes que quedan de las mismas para el porvenir.

El zar del cine revolucionario cubano, Alfredo Guevara, consideraba a estas figuras como rezagos del pasado, con la excepción de Raquel Revuelta o la propia Vidal, quienes ostentaban notable influencia política. Hizo todo lo que estaba a su alcance para que no aparecieran en la nueva filmografía.

Rosita Fornés fue rescatada, excepcionalmente, por Orlando Rojas, en Papeles secundarios (1989), y Juan Carlos Tabío, en Se permuta (1995).

El propio concepto de “Divas”, utilizado por Llauradó como un guiño maldito, estaba en las antípodas de la idea proletaria para denotar a las actrices del cine oficial cubano como “compañeras”.

Aquellas estrellas del pasado, además de pertenecer a una clase social en quiebra, generalmente estuvieron involucradas con galanes que terminaron por exiliarse o conspiraron contra el castrismo, circunstancias que las alejaba más de la posibilidad de participar del cine europeizante alentado por Guevara y sus seguidores.

El ICAIC y la tramitada cinemateca que incautó a sus fundadores originales, también prohibieron durante años la cinematografía nacional realizada antes de 1959.

Muchos de aquellos actores y directores, principalmente de los años cincuenta, terminaron por abandonar la intolerancia dictatorial, pero actrices que permanecieron en la isla como Gina Cabrera y Maritza Rosales, por mencionar dos figuras emblemáticas, debieron sufrir el castigo de ninguneo deparado a los “apátridas” en el coto del ICAIC.

A pesar de la insufrible politización de la televisión como medio de adoctrinamiento, sus estructuras de producción no pudieron eludir a quienes habían logrado colocar la pequeña pantalla de la isla entre las más exitosas del continente antes de la dictadura.

Allí se refugiaron las “Divas”, aceptaron recortes salariales leoninos, hicieron guardias de milicias y trabajo voluntario en la agricultura. Sufrieron, en silencio, inimaginables carencias y humillaciones. Solamente hay que ver en el documental de Llauradó a Margarita Balboa referirse a los comerciales que hacía de pasta dentífrica, mientras exhibe una dentadura devastada por la desidia.

Ahora acaba de fallecer, a los 93 años, Gina Cabrera, tal vez una de las más versátiles artistas que aparece en Divas, donde se mueve con el donaire de una reina extemporánea resumiendo, mediante perfecta dicción, su extensa y triunfante carrera.

En la última parte de la entrevista se acerca a un librero, habla de su relación casi filial con aquellos volúmenes y señala dos de los mismos, El arte poética, de Aristóteles, así como otro que atribuye a una autora llamada Rosa María, que se titula El arte de comer bien, para terminar con la frase que es toda una suerte de sutil provocación: “Es muy importante comer bien”, como para recordarnos que nadie podía escapar de la devastación alimentaria de la isla.

Tuve la oportunidad de conocer personalmente a Gina Cabrera cuando coincidimos en la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana, en la licenciatura de Historia del Arte.

Era un programa nocturno, abierto para profesionales, donde a la sazón figuras consagradas de la televisión fueron impelidas a sacar títulos universitarios para poder seguir trabajando en el medio.

Mi aula era todo un espectáculo con Mariana Ramírez-Corría, Edwin Fernández, Nilda Collado, Maritza Rosales, Cuqui Ponce de León y la propia Gina Cabrera, entre otras estrellas.

La recuerdo puntual y distante, en ocasiones todavía enfundada con parte del vestuario del personaje que había acabado de interpretar en una de las tantas series de Aventuras que protagonizó.

En cierta ocasión sentí pena cuando vi aquel fantasma solitario del pasado, antes de comenzar la clase, disfrutando con premura croquetas que había envuelto en el papel de libretos recién actuados.

Ahora la prensa oficialista cubana le dedica tardíos ditirambos, como fundadora de la televisión y protagonista de programas comerciales que hasta el otro día fueron anatemas en el prontuario ideológico del castrismo.

El laborioso realizador Carlos Collazo le dedicó recientemente un documental titulado Gina, donde incluso el director actual de la Cinemateca de Cuba, quien no es muy dado a tomar riesgos, se refiere a cómo el cine oficialista no la tuvo en cuenta luego de 1959, aunque no explica por qué.

Tal vez le hubiera correspondido al funcionario de marras rendirle algún tributo a la carrera cinematográfica de Cabrera, tanto en Cuba como en México, aprovechando la ausencia de la malsana influencia de Guevara en la presidencia del ICAIC.

Todo parece indicar, sin embargo, que Gina Cabrera evitó caer en la indigencia debido a la esmerada atención de su hijo, quien da las gracias en un texto que se incluye al final del documental de Collazo, donde hace, por otra parte, la siguiente salvedad: “A pesar del olvido injusto”.

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