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El consumismo y la necedad

LA HABANA, Cuba, diciembre, 173.203.82.38 -Desde mucho más de un mes antes de las navidades, los gerentes impusieron a los empleados de muchos establecimientos en divisa en La Habana –especialmente en Miramar- usar unos ridículos gorritos de Santa Clauss. También se adelantaron en los arbolitos y las guirnaldas, impensables hace poco más de una década.

Este año no hay mucho entusiasmo navideño y las ventas de las TRD han decrecido debido a los precios algo más baratos  de los cuentapropistas. Pero  los gerentes tratan de estar a tono con la temporada. A fin de año, a los que tienen y pueden les da por ir de compras (se supone que Cuba se vaya pareciendo al resto del mundo).

Decía Milán Kundera que en su natal  Bohemia, luego de la caída del comunismo, la necedad comercial  sustituyó a la necedad ideológica.  En Cuba,  en el capitalismo de estado mercantilista con retórica socialista de la era raulista, ambas necedades compiten.

En la sociedad cubana que el Máximo Líder pretendió perfecta, ha triunfado el consumismo pacotillero. Advenedizos, estafadores, boliteros, macetas, putas y chulos, echan en cara su “éxito” a los perdedores que cobran salarios en moneda nacional y que se conforman con mirar las vidrieras de las tiendas.

Luego de décadas de carencias, muchos cubanos idealizan la sociedad de consumo y aspiran, sin ninguna posibilidad razonable de conseguirlo,  a los niveles de vida del Primer Mundo. En realidad, el culto a la pacotilla, la ostentación de los celulares y las ropas de marcas falsificadas, acaparar  lo que mañana puede escasear y revender comida y baratijas en el mercado negro, es un curioso modo de consumismo

Los platos rotos de los ostentosos aspirantes criollos a la sociedad de consumo los pagan los cubanos en el exterior que envían remesas a sus familiares en la isla.  El dinero ahorrado a duras penas en Miami o Madrid puede servir lo mismo para reparar la vieja casa familiar, habilitar una paladar, que para celebrar fastuosas fiestas de 15 en que las quinceañeras se cambian varias veces de traje alquilado y se retratan (casi siempre en casas rentadas para la sesión de fotos) en todas las poses imaginables, incluso abrazadas a Brad Pitt.

Conozco una madre que, como si en ello le fuera la vida, pidió a sus parientes en Miami, en vez de los zapatos que necesitaba desesperadamente para su hijo de 9 años, un Sony Play Station que era la obsesión del niño.

Tengo un vecino que compró un horno micro-wave con los dólares que le envió su hermano por la Western Union desde  New Jersey.  Ahora lo muestra a todos los que visitan su casa, que está a punto de caerse. Pero él priorizó el horno, que luce fuera de lugar en la cocina apuntalada. Como la electricidad es cara, sólo lo utiliza  para ablandar el pan viejo,  recalentar la comida del día anterior y hornear, en ocasiones especiales,  los 460 gramos de pollo per cápita que le venden una vez al mes por la libreta de abastecimiento.

Los hijos y los nietos de los que creyeron serían el hombre nuevo que hablaba Che Guevara,  hoy sueñan con la sociedad de consumo. Sólo piensan en  buscarse a como dé lugar los cuc, que le sirvan, al menos, para ostentar (especular, dicen ellos). De nada vale la matraca moralizante proletaria y los llamados al sacrificio. El reguetón que sale de los audífonos  les impide escuchar el discurso oficial.

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