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Celebremos el 95 aniversario del nacimiento de un buen cubano

Monseñor Adolfo Rodríguez Herrera. Foto tomada de Internet

GUANTÁNAMO, Cuba.- Que la Iglesia Católica atraviesa una crisis de profundas connotaciones no es secreto para nadie. Como toda institución ha cometido crímenes y errores extraordinarios, incompatibles con las enseñanzas de Jesús.

Ese lado oscuro es el que potencia y en el que se solaza cierta prensa, pretendiendo establecer que es el único rostro de nuestra Iglesia. La proclividad por el estigma le hace olvidar  ̶ o callar ̶  la humilde y generosa labor de millones de cristianos en todo el mundo.

Hoy, cuando se cumplen 95 años del nacimiento de Monseñor Adolfo Rodríguez Herrera, primer Arzobispo de Camagüey, creo justo recordarlo como ejemplo iluminador de ese otro lado de la Iglesia que esa prensa obvia, señalando, además, que la información utilizada para la redacción de este artículo la he tomado del libro Monseñor Adolfo. Es bueno confiar en el Señor, publicado por la Arquidiócesis de Camagüey con motivo de su proceso de beatificación, actualmente en Roma.

Primeras huellas

Monseñor Adolfo Casildo Rodríguez Herrera nació el 9 de abril de 1924 en Minas, poblado de la provincia de Camagüey. Sus padres fueron Adolfo Rodríguez Fernández y Clara Esther Herrera Ravinal.

El 14 de julio de 1924 fue bautizado en la parroquia de Nuevitas por el sacerdote Cecilio Vega Arce, y en 1936, luego de realizar sus estudios primarios, continuó estudiando en el Seminario de Santa María, de Camagüey. Dos años después ingresó en el Seminario San Basilio Magno de Santiago de Cuba, en el que permaneció hasta 1944, cuando partió hacia el Seminario de San Carlos y San Ambrosio de La Habana para continuar sus estudios, donde permaneció hasta 1946.

El 28 de junio de 1946 recibió la tonsura de manos del Excmo. Mons. Enrique Pérez Serantes, y luego que el mismo religioso le entregara las Órdenes Menores partió hacia la Universidad Pontificia de Comillas, en Santander, España, para continuar su formación y estudiar Teología.

Fue ordenado sacerdote el 18 de julio de 1948 por el Obispo de Tarragona, España, Monseñor Dr. Dn. Emmanuel Hurtado García y en diciembre de ese año celebró su primera misa en su pueblo natal.

Una marcada vocación por el bien

Desde su ordenación sacerdotal Monseñor Adolfo demostró con acciones concretas su inclinación por los pobres, los presos y los marginados.

En la feligresía camagüeyana han quedado registradas varias anécdotas que demuestran la bondad de este hombre ínclito, quien se destacó por crear escuelas para los niños pobres e impulsar la atención a los ancianos. Invitaba a los jóvenes a su casa  ̶ donde convivía con su señora madre ̶  y allí sostenía animadas conversaciones que se prolongaban por horas. No le gustaba el elogio en público, mucho menos cuando eran conocidos sucesos relacionados con su desprendimiento de bienes materiales.

Después de 1959 vio como los colegios católicos eran ocupados por el castrismo y le tocó vivir la hostilidad hacia la Iglesia de la que siempre fue parte indisoluble. Recibió la orden de salir del país en 1961 pero no la cumplió.

Cuando el 27 de mayo de 1963 fue nombrado por el Papa Juan XXIII Obispo de Tiberiópolis y Auxiliar de Camagüey tenía 39 años y era el Obispo más joven del mundo.

El 10 de septiembre de 1964 Mons. Adolfo fue nombrado Obispo Titular de Camagüey, cuando Mons. Carlos Ríu Anglés presentó su renuncia al Papa Pablo VI por motivos de salud.

Mencionar todas las actividades significativas realizadas el primer Arzobispo de Camagüey es imposible en un espacio como este, pero no podemos dejar de mencionar su participación en las sesiones del Concilio Vaticano II, los períodos en que presidió la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba (COCC), su participación en la Conferencia Episcopal Latinoamericana (CELAM) y, sobre todo, en la organización y posterior desarrollo del Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC), realizado en La Habana en 1986 y que presidió.

También tuvo un papel importante en la recuperación y publicidad de importantes celebraciones católicas, en la reparación y construcción de templos, en el regreso a Cuba en 1983 de las Hermanas Siervas de María, expulsadas del país en 1961, y en la intercesión de la Iglesia a finales de la década de los años ochenta del pasado siglo para que el gobierno cubano liberara a varios presos políticos y fueran recibidos con sus familiares en los EE.UU. Fue quien inició el proceso de beatificación del sacerdote cubano José Olallo Valdés.

El 10 de junio del 2002 se hizo pública la aceptación del Papa Juan Pablo II de la renuncia de Mons. Adolfo como Obispo de Camagüey, según lo establecido en el Derecho Canónico.

Falleció el 9 de mayo de 2003 por un infarto cardíaco, a las 10:30 p.m., luego de haber pasado la tarde visitando enfermos. Su sepelio constituyó una gran muestra de duelo popular y sus restos descansan en la Catedral de Camagüey.

Estas palabras, parte del discurso que ofreció como presidente de la COCC en la Reunión Interamericana de Obispos, realizada en La Habana en enero de 1999, al cumplirse un año de la visita del Papa Juan Pablo II a Cuba, tienen una vigencia palpable:

“Amamos a Cuba y amamos la Iglesia. Nos hemos quedado en Cuba con la Iglesia que se quedó (…) Con la Iglesia hemos acompañado al pueblo en sus sufrimientos y vicisitudes. (…) En la paciencia sobrevivimos los años difíciles del descorazonamiento pastoral; sobreviviremos, con la gracia de Dios, los años presentes también muy difíciles del desbordamiento pastoral. Así se ha mantenido la Iglesia cubana, serena, alegre, callada, independiente, unida y, sobre todo, idéntica. Ahora queremos pensar con San Agustín: No nos quejemos de los tiempos. Nosotros somos el tiempo. Seamos mejores y los tiempos serán mejores”.




La mano de Dios

Raúl en el acto por aniversario del Consejo de Iglesias.
Raúl en el acto por aniversario del Consejo de Iglesias.

LA HABANA, Cuba, agosto (173.203.82.38) – Dios ordena las cosas, dirán los crédulos. En tanto los dicharacheros puntualizan que aprieta pero no ahoga. En cualquier caso, el hecho es que los ministros de la Providencia en La Habana están intercambiando sus roles ante la dictadura.

La iglesia católica, su antagonista histórica, deviene de pronto aliada para ciertos asuntos terrenales que más bien pertenecen a los predios del diablo. Mientras los evangélicos, que estuvieron atados a lo cortico por el régimen al menos durante las dos últimas décadas, se espabilan y echan a andar, como Jesús resucitado, dispuestos por lo que parece a rendir réditos a la justicia divina.

Son varios los pastores que en los últimos meses han sido sancionados institucionalmente por brindar apoyo o simpatía a la oposición pacífica. En particular, después de la muerte del activista evangélico Juan Wilfredo Soto (pateado por los esbirros del régimen), se observa un claro brote de escisión entre los adscritos al Consejo de Iglesias de Cuba, sobre todo hacia el interior del país.

Por supuesto que los directivos de esa institución no solamente son ajenos sino contrarios al brote, incluso son el instrumento que utiliza el régimen para intentar neutralizarlo. Pero ello precisamente hace que el fenómeno sea aún más interesante.

No caben especulaciones sobre una posible actitud de despecho o venganza por parte del Consejo de Iglesias de Cuba, debido al protagonismo otorgado por el régimen a los obispos católicos en algunas proyecciones públicas. De hecho, cualquiera que sepa cómo funcionan las cosas en Cuba, sabe que no podía ser otra la elección, no sólo por la influencia internacional de la Iglesia de Roma, lo cual la presentaba mucho más idónea para el caso, sino también por aquello de que no se puede ser juez y parte, papel que le  hubiese tocado a la alta jerarquía del protestantismo, cuyas primeras figuras actúan aquí como funcionarios gubernamentales.

Menos aún cabe la tontería que sostienen algunos con respecto al mandamiento que exige a los protestantes abstenerse ante cuestiones de la política.

A esa misma tontería, por cierto, le echan garra ahora sus directivos para exigirles a los pastores que impidan a los disidentes predicar o subir al púlpito dentro de los templos. Sería bueno preguntarles qué hubiese respondido Martin Luther King ante la prohibición de que los negros estadounidenses hablaran en su iglesia sobre la discriminación que sufrían y sobre la necesidad, y el derecho, de enfrentar con medios pacíficos aquel mal tan político como económico y social.

En fin, parece quedar claro que este amago de sublevación que hoy desencadenan los pastores en la Isla responde a un verdadero postulado como representantes de la conciencia del pueblo. Y es algo que contrasta de un modo notable con la actitud de los ministros católicos. Más aleccionador no podría resultar el contraste. Los coaligados se distancian al mismo que tiempo que los esquivos se coaligan.

Verdaderamente, no hace falta ser muy crédulo para ver en ello la mano de Dios.

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