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Lunes, 22 de mayo 2017

Percy Alvarado: La mejor manera de ser un charlatán

Alguna vez fue ‘el elegido’ al que cantara Silvio Rodríguez

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Percy Alvarado (La Joven Cuba)

LA HABANA, Cuba.- “Pepsi” Alvarado lo llamo si me veo obligado a referirlo, a pesar de que tengo entendido que Percy fue el nombre que le pusieron cuando llegó al mundo, en Guatemala. La última vez que lo vi no iba, como aquel sujeto a quien Silvio Rodríguez dedicara su “Canción del elegido”, entre humo y metralla. Esa vez que le puse mis ojos encima, sostenía un vaso con whisky, y quizá por eso se creía llegado de otra galaxia, nacido de una tormenta.

Esa vez, la primera y única que lo miré de cerca, tuve la impresión de que intentaba hacer creer a su auditorio que todo lo que decía guardaba una relación muy estrecha con el curso de la vía láctea. Y hasta parecía contento, y por suerte no estaba desnudo el sujeto lírico de Silvio…, aunque se creyera el elegido. Aquel hombrecito andaba enfundado en un albornoz en el que parecían primar la seda y el satín; sospecho que esa es la razón por la que a veces rechazo tanto esas batas de estar en casa que antes adoré.

La única vez que lo vi, interrumpía el discurso para tomar un sorbo del Whisky de su vaso. Bien que recuerdo la botella de Johnnie Walker sobre la mesa, y el espíritu arrebatado de que aquel hombre, quien parecía creer que había nacido “en el sol de una noche”. “Nada como un scotch”, decía, y explicaba su propia inmundicia…, daba detalles, con enorme frialdad, de una de sus más caras pasiones. Explicaba, y es posible que fuera el whisky el culpable, la exaltación que le producía conducir a gran velocidad por encima de los separadores de la Quinta Avenida, en Miramar…

Según contara él mismo, tal cosa le despertaba la adrenalina, y más le crecía si era descubierto por la policía, si una patrulla corría detrás de él; y para cuando se encendían las sirenas, cuando le hacían señales perentorias para que se detuviera, ya era el más feliz de los hombres. Y ese feliz mortal tomaba entonces una de esas entrecalles que atraviesan 5ta avenida, y se detenía esperando la diatriba de los guardias.

Y cualquier cosa que dijera la “autoridad” no era de su incumbencia, sobre todo porque él estaba seguro de que al meter una mano en el bolsillo y mostrar sus credenciales de la Seguridad del Estado, al sacar una botella de buen ron cubano del maletero, todo terminaría muy bien, para él. Así los callaba, con un carné, así los compraba, con un ron…, y jamás un escocés porque, y otra vez pongo su voz: “esos orientales nada saben del buen beber”.

Así se explicaba aquel hombrecito arrogante delante de unos cuantos escritores que asistíamos a una Feria del Libro en Trinidad…. Y recuerdo también como tomó la palabra durante esa noche, en un acto de bienvenida a los invitados. Allí leyó un panfleto en contra de los escritores que hacía muy pocos días habían desatado una polémica en el ciberespacio, y que fue llamada “La guerrita de los mails”, y en la que yo mismo había participado enviando el primer mensaje, sin imaginar “la que se iba a armar”.

Nadie firmó aquel libelo que leyó, y con el que se propuso ganar apoyo, pero al otro día volvió a la carga…, con el whisky, y se le volvió a soltar la lengua al guatemalteco, mientras era visitado por funcionarios del Partido con los que se enrolaba en extensas conversaciones, y en las que alardeaba de sus aventuras eróticas con muchachitas muy jóvenes, a las que, si era preciso, les pagaba por sus “favores sexuales”. Así actúa este señor que unos años después perpetró un texto espantoso contra algunos escritores cubanos a los que casi tildó de traidores, y entre los que estaban Reina María Rodríguez, Daniel Díaz Mantilla, Desiderio Navarro, entre otros, diciendo que trabajaban para el enemigo. Y este “numerito” no le salió muy bien, y hasta se vio obligado a pedir disculpas, por “órdenes de arriba”.

Este hombre, que se cree un héroe de verdad porque pudo escapar, según le escuché aquella vez, de “las entrañas del monstruo”, aparece de vez en cuando con algún texto trasnochado mostrando sus esencias, y hasta se cree feliz, pero cuidado: ya Tales de Mileto nos mostró que un hombre era feliz cuando tenía un cuerpo sano, fortuna, pero también un alma bien educada, y no creo que él consiguiera educar a la suya.

Este hombrecito la emprendió hace unos días, desde las páginas de “Rebelión” contra un grupo de jóvenes periodistas cubanos que estaban siendo entrenados, según él, por un terrorista. Y yo me pregunto si este Percy —y no escribo “Pepsi” otra vez, aunque sé que le gustan el whisky y las “colas” del enemigo, para que la marca no se muestre ofendida y me demande— sería capaz de tener algún crédito como entrenador de algo que no sea “la mejor manera de ser un charlatán”.

Acerca del Autor

Jorge Ángel Pérez
Jorge Ángel Pérez

(Cuba) Nacido en 1963, es autor del libro de cuentos Lapsus calami (Premio David); la novela El paseante cándido, galardonada con el premio Cirilo Villaverde y el Grinzane Cavour de Italia; la novela Fumando espero, que dividió en polémico veredicto al jurado del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos 2005, resultando la primera finalista; En una estrofa de agua, distinguido con el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar en 2008; y En La Habana no son tan elegantes, ganadora del Premio Alejo Carpentier de Cuento 2009 y el Premio Anual de la Crítica Literaria. Ha sido jurado en importantes premios nacionales e internacionales, entre ellos, el Casa de Las Américas

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