Ni “gusanos” ni disidentes: respuesta a una publicación católica cubana

Ni “gusanos” ni disidentes: respuesta a una publicación católica cubana

Resulta lamentable lo aparecido en “Vida Cristiana” el pasado domingo

Cardenal Jaime Ortega y Alamino, antiguo arzobispo de La Habana y uno de los principales rostros de la Iglesia católica cubana (Foto: AFP)

LA HABANA, Cuba.- Durante mi carrera como periodista independiente en Cuba, más de una vez he tenido que rebatir planteamientos calumniosos hechos por los poderosos medios de propaganda castristas. Lo que nunca pensé es que llegaría un día como hoy, en que el objeto de mis refutaciones tuviera que ser un trabajo publicado en la pequeña prensa católica del país.

Se trata del Número 2769 del plegable hebdomadario Vida Cristiana. Esa publicación consiste en una simple hoja de papel gaceta y tamaño legal, impresa a cuatro páginas, que cada fin de semana se entrega a los fieles después de misa. Su modesta tirada se ajusta a las limitadas posibilidades editoriales con las que cuenta la institución más antigua de nuestra Patria.

La publicación es tan modesta que ni siquiera se vende. Su primera plana siempre está dedicada a un tema relacionado con la liturgia de la palabra de ese domingo. Otras secciones fijas contienen el santoral y las lecturas bíblicas de la semana, así como algún soneto del prolífico hermano Jesús Bayo.

Los restantes trabajos —ninguno de los cuales excede de una página— narran experiencias vivenciales o eventos eclesiales; de modo eventual, consisten en un artículo de opinión. Yo, como católico practicante, en ocasiones puedo no estar de acuerdo con alguna de las tesis esbozadas en estos escritos, pero mi discrepancia no ha pasado de ahí, pues los planteamientos se hicieron con el debido respeto al prójimo. No se trata de algo que deba asombrarnos, pues eso es lo que cuadra a una publicación cristiana.

No sucedió así con el artículo de esta semana que provocó mi malestar y motivó estas líneas. Se trata del trabajo intitulado “El Amor Todo lo Puede”, escrito por Julio Pernús. A pesar del título, que se reproduce en la línea final de la obrita, ésta parece inspirada en un odio visceral contra “el otro”, en el desprecio más profundo hacia el que piensa o actúa diferente. Se trata, como es obvio, de sentimientos naturales en un comunista, pero no en un católico.

En un párrafo digno del olvido, el autor, refiriéndose a Estados Unidos, plantea: “Como muchos miembros del pueblo cubano tengo familiares allí, que por cierto no son gusanos, lumpens ni disidentes. Son personas honestas y trabajadoras que decidieron emigrar” (…).

Insisto en que jamás pensé leer palabras como ésas en una publicación cristiana. El término despectivo “gusano” fue ideado y empleado sin recato alguno por el fundador de la dinastía castrista para referirse a otros seres humanos que discrepaban de él y de sus erradas políticas; fue pronunciado desde elevadas tribunas y utilizado de manera habitual como parte inseparable de la neolengua “revolucionaria”. El vocablo “gusanos”, en boca de Fidel Castro, fue un hermano carnal de “las cucarachas” a las que gustaba injuriar Adolfo Hitler y de “las ratas” del norcoreano Kim Il-Sung.

Se trató de un medio grosero, pero por desgracia efectivo, de denigrar al adversario, de ningunearlo y convertirlo en “no persona”. Su empleo en el lenguaje cotidiano constituyó el prólogo imprescindible para transformar a todo el que discrepaba en objeto válido de cuanto abuso y cuanto atropello se les ocurrieran a los jerarcas del Nuevo Régimen. ¿Qué corresponde hacer con un gusano? ¡Despreciarlo y aplastarlo!

Pero el uso generalizado de dicha palabra, con ese sentido, data de los primeros tiempos de la Revolución, décadas atrás. En fechas recientes, no la he leído ni siquiera en el Granma, lo cual es mucho decir. De hecho, en esa acepción peyorativa no recuerdo haberla visto impresa desde hace años, hasta que ahora Vida Cristiana —¡nada menos que un periódico católico!— volvió a utilizarla.

Algo parecido —aunque ya no tan claro— sucede con el neologismo “lumpens”. Por supuesto que esta voz tiene su significación correcta, pero también ella ha sido prostituida por el totalitarismo. Durante el Éxodo del Mariel, ese término se aplicaba no sólo a los convictos sacados de las prisiones u otros antisociales (que en puridad podían merecer ese calificativo, lo que no justifica que se les insultara así de manera pública). También se usó para las personas decentes recogidas por sus familiares.

Por último, Pernús incluye a los “disidentes”; es decir: presenta al que discrepa como otra supuesta personificación del mal. Salvando las distancias, ese párrafo bochornoso me recuerda una anécdota de la República Dominicana. En las primeras elecciones democráticas celebradas allí tras la eliminación del tirano Trujillo, hubo dos candidatos presidenciales favoritos: Viriato Fiallo y Juan Bosch.

En un mítin de campaña, el primero se refirió a todos sus compatriotas, pero pretendió puntualizar el concepto con unas palabras repulsivas: “Los negros, los mulatos y las personas decentes”… La frase, de claro contenido racista, pronunciada en un país donde el proceso de mestizaje está muy avanzado, puso de manifiesto que el señor Fiallo, además de un hombre malo, era un pésimo político. No en balde Bosch ganó a sombrerazos.

Ahora Pernús hace algo parecido. Para cerrar con broche de oro su repugnante párrafo, pone de un lado a “gusanos, lumpens (y) disidentes”. Del otro, frente a ellos, coloca a las “personas honestas y trabajadoras”. ¡Y que una cochinada como ésa la hayamos tenido que leer en un órgano cristiano!

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