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Cuba: la desgracia de los apagones por todas partes

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LA HABANA, Cuba. — Desde la noche de este jueves, el interés de la propaganda comunista cubana se centró en la “comparecencia especial” del presidente y primer secretario Miguel Díaz-Canel Bermúdez. Participaron también el “comandante de la Revolución” Ramiro Valdés, el Ministro de Energía y Minas y otros altos funcionarios del ramo. El tema del evento fue la preocupante situación electroenergética nacional.

Esta intervención extraordinaria fue realizada en el horario más estelar de la Televisión Cubana, justo antes de la telenovela brasileña. Esta circunstancia, unida al hecho de haber eliminado el programa de agitación y propaganda Con filo, demuestra a las claras la honda preocupación que este asunto de los apagones provoca en las altas esferas del régimen castrista.

La peroración diazcanelista tuvo varios aspectos. En una primera fase, el mandamás repasó los “estados de opinión de la población”. Se trata de lo que, en un lenguaje un poco más coloquial, se conoce entre los apapipios del régimen como “la opinión del pueblo”. Estamos hablando de una red de informantes voluntarios que comunican a la dirigencia del partido único las opiniones que pueden escuchar sobre temas de interés público.

En esa actividad, esos señores no llegan a alcanzar la categoría de chivato: no es necesario que expliciten quién expresó la opinión discrepante. Sólo se requiere la transcripción de lo que se dijo y oyó. O sea: que se narra el milagro, pero sin tener que mencionar al santo. Mediante esa táctica, el régimen elude el rechazo que la delación despierta hasta entre sus mismos partidarios.

Es de ese modo primitivo que los mayimbes castristas se enteran más o menos de lo que en verdad piensa el pueblo cubano. Aquí conviene volver sobre la misma idea anterior: esa información está reservada para la alta jefatura. Si en esta oportunidad esa plana mayor tuvo a bien compartir con los simples ciudadanos esa faceta de la realidad, fue sólo por una especial merced que nos hizo el jefe supremo, la cual se explica por el temor que el tema de los apagones provoca en las altas esferas.

En una segunda etapa, Díaz-Canel se puso de pie ante una tabla en la que figuraban dos curvas estadísticas casi paralelas, de colores rojo y verde, respectivamente. Sin molestarse en explicar a los televidentes qué representaba cada una de ambas líneas, el Primer Secretario del único partido brindó a aquellos una explicación general sobre los problemas de la generación eléctrica.

En resumen, el cuadro descrito por el jerarca supremo fue nada halagüeño. Lo anterior incluye un reconocimiento sorprendente: “Hemos tenido que parar actividades importantes de nuestra economía porque el combustible lo hemos puesto en función fundamentalmente de la generación eléctrica y sobre todo para satisfacer las necesidades de la población”.

En otra parte de su perorata, según Cubadebate, Díaz-Canel citó una interrogante popular: “¿Por qué no se han hecho nuevas inversiones en termoeléctricas?, se pregunta la población”. Y respondió: “Una inversión en termoeléctricas es sumamente costosa para el país y demora años”. En definitiva, informó que ahora, en una negociación con un misterioso “país amigo”, sí se está tratando sobre la instalación de tres o hasta cuatro bloques de generación nuevos.

Y aquí me parece que conviene hacer una consideración general sobre el sistema dirigista imperante. Una de dos: o la “planificación socialista” no se acerca ni de lejos a las maravillas que dice de ella la propaganda castrista (en cuyo caso convendría prescindir de ese mecanismo inoperante), o en verdad es excelente (pero entonces los responsables del nuevo fracaso serían los encargados de planificar, que deberían ser removidos en masa).

En resumidas cuentas, el gran afectado seguirá siendo el mismo de siempre: el resignado Liborio Pérez, personificación del pueblo cubano. Él seguirá sufriendo los molestos apagones, que se harán aún más intolerables este verano, cuando los inquilinos de las casas de inquilinato (que a menudo hasta carecen de ventanas) no pueden soportar el calor de sus habitáculos sin un ventilador que al menos les eche un poco de fresco.

Y fue justamente el paciente Liborio uno de los convocados por el Presidente no votado por el pueblo: “En el país hay casi cuatro millones de viviendas, si solo tres millones apagaran un bombillo de 20 watt que puede estar innecesariamente encendido, eso representaría inmediatamente una potencia de 60 megawatt”.

Esa cuenta, que me hizo recordar al Gran Capitán, nos lleva de lleno al papel que a la misma víctima de los apagones le corresponde desempeñar en la solución de ese mal. Esa pretensión, a su vez, me lleva a rememorar una anécdota real que viví en los años ochenta del pasado siglo. No culpo a los que duden de su veracidad: reconozco que yo mismo no la habría creído si no hubiese vivido y padecido aquella inverosímil realidad.

Una noche, me encontraba yo de visita en la casa de un amigo, que.  por entonces residía en la callecita Rodríguez Fuentes, del barrio habanero de Lawton. En el inmueble (y en el conjunto de la cuadra) reinaba total oscuridad, pero los alrededores estaban iluminados. Extrañado, cuestioné a mi amigo. Este, con aire mohíno, me reveló la alucinante explicación: “Es que estamos en un apagón voluntario…”.

Resultaba que todas las casas de la cuadra estaban recibiendo fluido eléctrico. No obstante, al parecer por una decisión tomada a nivel de CDR (Comités de Defensa de Revolución), se había optado por prescindir “voluntariamente” de su disfrute. Y, en efecto, pude ver a dos sujetos que, en medio de la oscuridad, deambulaban por el medio de la calle, mirando con ceño adusto hacia el interior de las viviendas, para ver si algún vecino osaba encender un bombillo o un televisor. “Ese es el Presidente del CDR”, explicó mi amigo.

Aquella alucinante realidad me hace formular una sugerencia —que es también un desafío— a Díaz-Canel, sí, pero también al espía Gerardo Hernández Nordelo, que, emulando con un egiptólogo que pretendiese revivir la momia de Ramsés II, aspira —¡a estas alturas!— a reactivar la moribunda (por no decirle ya muerta) institución cederista que le han confiado.

La sugerencia-desafío consiste en lo siguiente: ¿Qué les parece la idea de aprovechar la “elevada conciencia revolucionaria del pueblo” para convocarlo a un “apagón voluntario”! ¡Pero no a nivel de callecita secundaria de un suburbio habanero, sino a escala nacional! Si la idea (que no es mía, sino de un desconocido presidente cederista de los años ochenta) triunfa, ¡se acabarían de una vez los apagones! ¿O no!

ARTÍCULO DE OPINIÓN
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