LA HABANA, Cuba, junio, www.cubanet.org -Parece que tendrán razón quienes pronosticaron que a los caciques de Cuba no hay quien los tumbe. Se están tumbando solos, empujados por la fuerza gravitatoria de los tiempos, lo que es decir del mismo modo en que se hicieron del poder. Pero ello, claro está, no demerita el rol jugado por los opositores pacíficos y por la sociedad civil alternativa, cuyo exponente de valentía y de verticalidad ciudadana conforma desde ya un capítulo imprescindible de nuestra historia.
Sin el concurso de la oposición interna, los caciques también se habrían tumbado solos, aunque mucho más tarde quizá y, sobre todo, bajo otras circunstancias. Que el mundo pueda asistir, con pleno conocimiento de causa, a su desmoronamiento, lento, pero tanto más obvio cuanto más demorado, es algo que no sólo debemos al almanaque, por más que sigan pretendiéndolo los agoreros.
Si los opositores cubanos, producto de un fenómeno sui géneris, generado al fin por condicionantes muy particulares, no han podido (o no fueron capaces) de hacerse justicia sacando a la gente a las calles para que reclamen sus derechos, tal y como es práctica corriente en cualquier otro sitio del planeta, ello no significa que hayan estado perdiendo el tiempo. Mucho menos los descalifica como protagonistas de primera línea en los cambios que se avecinan.
Al contrario, sin abandonar la denuncia de los atropellos y las violaciones que comete el régimen (algo que por sí solo enaltece su protagonismo en etapas pasadas y en la presente), la oposición pacífica apenas está alcanzando ahora un período de maduración desde el que debe emprender su labor más trascendente.
Y no es cierto, como se ha dicho, que los opositores de la Isla desestiman sus propias tareas de denuncia al calificar de “cosméticas” las medidas que últimamente ha tomado el régimen. En principio, se atienen a la verdad, porque realmente son cosméticas, ya que no hay una sola de esas medidas que no esté destinada a devolver derechos que nuestra gente disfrutaba ya en la muy imperfecta sociedad cubana de la década de los años cincuenta. Pero aunque así no fuese, tampoco tendríamos que aceptar como buenos los cambios sin que lo sean, sólo porque en alguna medida responden a reclamos de la disidencia.
Por lo demás, no hay mucho que reprocharle a los opositores por el hecho de que el régimen no los tenga en cuenta, aparentemente al menos, o porque no los considere un rival suficientemente peligroso como para sentarse con ellos ante una mesa de negociaciones. Sólo quien no domine los intríngulis de nuestra realidad política y quien no conozca (o no quiera reconocer) el feroz totalitarismo desde el que imponen su dominio los caciques, podría incurrir en reproches tales.
A la larga, la oposición interna ha ganado mucho más mostrando al mundo la obsolescencia, las crueldades y la falsedad de lo que aún llaman la revolución cubana, que sentándose a parlamentar con la dictadura.
Ni de arreglos con los representantes del régimen, ni tampoco de acuerdos de ninguna índole con políticos, instituciones, gobiernos del extranjero (excluyendo al exilio y a la emigración cubana, desde luego), podrían obtener los opositores alguna solución verdaderamente saludable para el futuro inmediato de nuestro país.
En cuanto a lo primero, parece que ningún opositor tiene dudas. Sólo queda por ver entonces si todos están igualmente convencidos de que su escenario, en tiempos de maduración, no puede estar ubicado más allá del Morro. Viajar al extranjero con el plan de ilustrar en vivo y en directo lo que tantas veces denunciara, es algo de suma importancia para la oposición en esta etapa. Pero ir con la ilusión de que el mundo le virará las espaldas a nuestra tiranía sólo por dejar expuestos sus atropellos e inutilidades, y por demostrar la existencia de una oposición organizada, sería un acto de ingenuidad que no armoniza con su madurez de hoy.
Todavía pululan en la Tierra las dictaduras, así como los gobiernos incapaces y crueles. Y todos, casi sin excepción, mantienen excelentes relaciones comerciales y diplomáticas con los otros gobiernos, sean más o menos democráticos. El mundo es como Dios lo hizo y hasta peor a veces. Y es algo bien sabido que a ningún movimiento opositor de esas naciones oprimidas, por más auténtico que sea, le llega desde afuera lo que no consiga adentro por sí mismo.
No hay que esperar demasiado de posiciones comunes ni de expresiones de condena internacional contra el régimen, porque eso, en política, no es sino más de lo mismo. A cada gobernante le sobra con los problemas que tiene en su propio país. Ninguno asumirá los deberes de otro, o al menos no antes de que el otro haya cumplido cabalmente con su parte. De modo que hoy, como ayer, en Cuba, como en cualquier otro sitio, el superobjetivo continúa estando delante de la nariz. Entonces no es aconsejable lanzar la carreta delante de los bueyes.
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