Es difícil que alguien en Cuba no conozca el nombre de Luis Manuel Otero Alcántara (38 años). Desde finales de la década pasada, se ha convertido en uno de los rostros más visibles de la oposición política cubana.
Artista de formación autodidacta, Luis Manuel comenzó a ganar notoriedad en el ámbito cubano alrededor del 2018, cuando creó el Movimiento San Isidro. El MSI, como también se le conoce, estuvo conformado desde el inicio por un grupo de artistas, activistas y periodistas independientes determinados a enfrentar al Decreto 349, con el cual el castrismo pretendía arrogarse el derecho de determinar quién era artista y quién no.
En marzo de 2020, después de una larga cadena de detenciones arbitrarias y desapariciones forzadas, el régimen lo recluyó en la Prisión Valle Grande por un supuesto “ultraje a los símbolos patrios”, producto de una performance artística. Sin embargo, la presión internacional, liderada por artistas y periodistas independientes cubanos, forzó su excarcelación.
Quizás el momento más definitorio de su vida política se produjo a finales de noviembre de ese mismo año, cuando se acuarteló en su casa de La Habana Vieja junto a otros miembros del MSI, en protesta por el encarcelamiento del rapero contestatario Denis Solís. Aunque el régimen cubano terminó por desalojarlos a la fuerza, durante varios días acapararon la atención mediática nacional e internacional y dejaron en evidencia el carácter represivo de la dictadura, lo que los convirtió en símbolos de la resistencia cubana.
Luego de meses de represión y acoso continuado, Luis Manuel fue detenido el 11 de julio de 2021, minutos después de filmar una directa en Facebook en la que avisaba que se uniría a las protestas antigubernamentales que se adueñaron del país durante esas fechas. Estuvo preso cinco años, casi todo el tiempo en la Prisión de Guanajay, en Artemisa, luego de ser sancionado por falsos delitos de “ultraje a los símbolos de la patria, desacato y desórdenes públicos”.
El 18 de julio de 2026, luego de haber sido retenido durante diez días en una casa de seguridad del régimen, Luis Manuel llegó exiliado a Miami, donde ha comenzado a rehacer su vida personal, artística y su activismo político. Desde allí, conversó con nuestra organización sobre su experiencia en este último período en prisión.
“El régimen me apresó por mis ideas, por poner mi arte en función de liberar a Cuba. Primero me tuvieron en Villa Marista dos días. De ahí me sacaron en un carro, con la cabeza entre las piernas, y me llevaron para la prisión de Guanajay. Cuando llegué no sabía dónde estaba. De hecho, los primeros dos meses los pasé en una celda de aislamiento total, sin saber nada. Diez días después pude hablar con mi familia, para que ellos supieran dónde estaba y yo enterarme de qué ocurría”.
¿Te explicaron por qué te recluyeron en Guanajay?
No, simplemente me dijeron que yo estaba a disposición del Ministerio del Interior y ahí era donde podían tenerme porque no había espacio en otro lado. El juicio se demoró casi un año, pero ellos siempre se justificaban diciendo que todo estaba dentro de los tiempos legales.
¿Te sentiste discriminado?
Claro. Yo siempre tuve presos alrededor que me vigilaban y trabajaban para la Seguridad del Estado. Si otros presos se acercaban a conversar conmigo, los sacaban de ahí, los amenazaban.
¿Recibiste tratos hostiles por parte de los oficiales de la prisión?
Sí. Recuerdo un momento en que ya no quería convivir con mi compañero de celda pero me forzaron a seguir ahí. Hubo varios procesos, aunque realmente ellos se limitaron mucho a la hora de entrar en conflicto conmigo, por mi visibilidad.
¿Fuiste sometido a episodios de tortura?
Sí. Uno fue la celda de castigo, que ya por sí sola es un mecanismo de tortura. Durante mi primera o segunda huelga de hambre, ellos venían cada dos horas, me obligaban a desnudarme, me dejaban, regresaban a las dos horas y así. Por la mañana, aunque estuviera en huelga, me quitaban el colchón, que era de paja, y no me lo devolvían hasta las seis de la tarde. La iluminación era paupérrima. Todos esos eran mecanismos de tortura, indiscutiblemente. Pero cuando eres un preso político y la orden está dada desde arriba, no hay consecuencia ninguna.
¿Las autoridades toman en cuenta el criterio de los médicos antes de sancionar a un recluso a aislamiento?
Supuestamente, sí. Recuerdo hablar con presos que decían: «Yo no estoy apto para la celda de castigo porque lo dicen los psicólogos”. Pero aún así ellos enviaban a la celda de castigo a gente que uno notaba que no debía estar allí. Hasta hubo gente que se suicidó y otros que lo intentaron. Yo creo que ellos lo tienen en cuenta en dependencia de lo que les interese en el momento.
¿Te colocaron alguna vez esposas u otros medios para inmovilizarte?
Para inmovilizarme no, porque yo no era un tipo conflictivo, pero para trasladarme de un lugar a otro sí me esposaban.
¿Te interrogaron estando preso?
Sí. Normalmente eran dos agentes de la Seguridad del Estado quienes me interrogaban. Casi siempre trataban de ser agradables y convencerme de algo: en un principio, que me fuera del país; después, de cosas relacionadas con obras que yo había hecho. Una vez vino un agente y me amenazó con que si los americanos entraban al país, iban a matarme con un fusil AKM. Después, al cabo de una semana, se justificaron con que eso no había sido una orden de la Seguridad del Estado, pero pasó.
¿Cómo eran las condiciones allí en la prisión?
El sitio donde yo estaba [cuando no me tenían en celda de castigo] era una especie de simulacro, lo mejorcito que había: una celda de cuatro metros de ancho por tres de largo. Cuando llegué, vivía con cuatro reclusos. Después viví con dos más y los últimos dos años estuve solo con otro preso. Pero ahí no había condiciones higiénicas. Dormía al lado del hueco donde ensuciaba, de donde salían ratones, bichos. La ventilación era escasa y las temperaturas extremas. En el baño había un tubo en la pared por donde venía el agua una vez al día. En ese momento teníamos que bañarnos y recoger agua.
¿Podías usar ropa personal o solo el uniforme?
Solo el uniforme. Lo único que podías usar debajo era un pulóver blanco, que debía tener una “P” en la espalda. El uniforme es de poliéster; normalmente te daban uno o dos y lavabas cuando podías, cuando tenías agua, jabón, detergente. Estaba prohibido modificarlo, porque había presos que le hacían cambios para diferenciarse un poco.
¿Tenías acceso a agua potable? ¿Cómo era la alimentación?
No siempre. Hubo un momento donde el agua no era potable. Y la comida era un poquito. A las seis de la mañana te daban el desayuno; casi nunca había pan y cuando había, era la mitad de uno. A las 11 o 12 era el almuerzo y a las 4 o 5, la comida: una pasta sin sabor a nada, un poco de agua que simulaba una sopa y ya. A veces daban alguna que otra vianda, pero eso era una vez al año.
¿Los médicos inspeccionan la higiene y la alimentación de los reclusos?
En mi caso, yo sabía que no me iban a dar ningún tipo de beneficio, por ser preso político. Por lo tanto, tenía mucha más libertad a la hora de protestar y exigir cosas. Una vez la comida estaba literalmente echada a perder y no dejé que la sirvieran. Pero el 99 % de las veces la comida estaba podrida y eso no lo miraba nadie. En cuanto a la limpieza, los viernes hacen una inspección, pero es algo bastante rutinario, sobre todo para exigir que el preso mantenga las condiciones. Una vez al mes te dan un jabón de lavar y uno de baño, y a veces alguna máquina de afeitar, pero normalmente el afeitado lo tienes que resolver tú mismo o bien con un barbero dentro de la prisión.
Según tu experiencia, ¿hay prisioneros que reciben mejor trato que otros?
Sí, por supuesto. Los presos que trabajan para el régimen, incluyendo a los famosos “disciplina”, que normalmente son tipos muy violentos, que han estado presos en otras ocasiones y conocen cómo se mueve la psicología dentro de la prisión. Esos tienen más prebendas y privilegios: mayor acceso al teléfono, a comida, a libertades, y a veces abusan de ese poder. En el caso de los presos políticos, hay una dualidad. Dependiendo de tu visibilidad a nivel internacional, puede que ellos te maltraten menos, pero a la vez no tienes derecho a libertad condicional ni a rebaja de sanción ni a otras cosas que los presos comunes sí.
¿Tú o alguno de tus conocidos fueron llevados a las llamadas “cortes”?
Sí. En mi caso fue por supuestas indisciplinas, como las huelgas de hambre. Ahí ellos deciden arbitrariamente si quitarte o no los beneficios y estímulos que te tocan normalmente.
¿Te hicieron exámenes médicos mientras estuviste recluido?
Me hicieron pruebas y análisis, sobre todo cuando salía de las huelgas de hambre, pero se notaba que eso era un trabajo de la Seguridad del Estado. Si yo me sentía mal, al momento venía la asistencia médica. Pero los demás presos podían pasar horas sin ser atendidos. Y en los últimos tres o cuatro años, no había medicina ninguna. Recuerdo a un preso que quería hacerse un conteo de esperma y eso allí no existía. En mi caso todo era funcional, aunque entre comillas, porque tampoco era la mejor asistencia médica.
¿Conviviste con algún recluso que tuviera alguna discapacidad o necesidad especial?
Sí, hay seres ahí adentro que te das cuenta de que tienen enfermedades mentales. Allí son víctimas de vivir en un lugar cerrado donde la gente se preocupa por su propia realidad. A nivel higiénico y de alimentación están a merced de quien los quiera ayudar. Eso es muy complicado. Había personas en sillas de ruedas a las que la policía les ponía un preso para que los ayudara. Pero estas personas con enfermedades mentales no tenían quien se preocupara por ellos más allá de algún preso solidario. Muchos de ellos debían estar en hospitales psiquiátricos, pero de allí los mandan a prisión. Los mismos militares lo reconocían.
¿Te ofrecieron en la prisión la posibilidad de estudiar y trabajar?
A otros presos sí, pero a mí no.
¿Recibiste algún tipo de asistencia social mientras estuviste allí?
No. Había programas para que los presos vieran a sus hijos fuera de la visita, pero a mí no me lo permitían.
¿Tenías comunicación regular con familiares y allegados?
Sí, dos veces a la semana, en las que normalmente hablaba por teléfono con ellos, salvo cuando me castigaban por decir cosas que les molestaban o que ellos sentían que eran denuncias.
¿Tus familiares o allegados sufrieron represalias por tu encarcelamiento?
Sí. Hubo un momento en que yo quise que se hiciera un evento en mi casa y la Seguridad del Estado le dijo a mi tía, que era quien tenía la llave, que si lo permitía yo iba a tener problemas. Mi novia también tuvo bastante acoso de la Seguridad.
¿Crees que las autoridades penitenciarias tienen la intención de reducir al mínimo las diferencias entre la vida en prisión y la vida en libertad, como debería ser su objetivo?
No. Yo creo que las prisiones deberían ser centros reeducativos, no centros represivos. Pero realmente no tienen las condiciones económicas, políticas ni ideológicas para cumplir esto. Al final, tienen que reprimir y mantener amenazada a la gente para tenerla lo más tranquila posible. Las drogas que circulan en la prisión muchas veces son permitidas por las propias autoridades, porque no tienen ni siquiera militares para controlar aquello. De hecho, a los militares los tienen amenazados también.
Según tu experiencia, ¿dirías que las autoridades tienen la intención de evitar o reducir la reincidencia de las personas reclusas?
Yo creo que eso no tiene que ver con la prisión, sino con el sistema político económico que impera en el país. Si ahora mismo sales de prisión después de cinco años, no tienes amigos que te ayuden y ves que la vida es sumamente cara, tú das por hecho que vas a regresar en cualquier momento. Porque el régimen te dice que tienes que trabajar, pero los trabajos que da se pagan muy mal. Y, por supuesto, cada vez que regresas a la prisión, es mucho más complicada la estancia.









