El régimen cubano pretende ahora que dé un paso al frente el emigrado

El emigrado que caiga en esa trampa bien merece perder su dinero.
Salón de pasajeros del Aeropuerto Internacional "Abel Santamaría", en Santa Clara
Salón de pasajeros del Aeropuerto Internacional "Abel Santamaría", en Santa Clara (Foto: Naturaleza Secreta de Cuba)

LA HABANA.- Ahora que las hoteleras extranjeras han recogido los bártulos e informado a GAESA que es un mal momento para seguir jugando; ahora que el Parlamento Europeo se quitó las rodajas de pepino de los ojos y mira hacia Cuba con una perspectiva más “fresquita”; ahora que la caldera de la Guiteras dijo basta y se ha echado a morir, que la desconfianza en el sistema y sus dirigentes es mayúscula y más justificada que nunca. Ahora que incluso Haití muestra mejores indicadores económicos que Cuba, que Estados Unidos alcanzó un acuerdo de paz con Irán y Pete Hegseth ha entrado y salido de Guantánamo como de un gimnasio; ahora que mucha Cuba espera que Trump, por fin, se ponga serio y mire pa´acá, un Díaz-Canel derrotado anuncia los cambios más radicales desde la Ofensiva Revolucionaria de 1968. Lo hizo de un día para otro, demostrando que no era tan difícil y que a Marino Murillo se le estuvo pagando un salario e incontables prebendas a lo largo de diez años por holgazanear, literalmente.

La Tarea Ordenamiento, estudiada “en profundidad” antes de ser aplicada y de cuyo fracaso y sucesivas enmiendas no nos recuperamos jamás, no tuvo entre sus novedades nada tan arriesgado como lo que ofreció Díaz-Canel. En pocos minutos el gobernante designado tumbó el bloqueo interno –al menos en teoría-, dejando boquiabierto a los cubanos de acá y acullá. Ahora los emigrados podrán invertir en infraestructura y gestionar hoteles, protegidos -dicen- por un marco jurídico “seguro”, creado expresamente para ellos. Confianza pidió de nuevo Díaz-Canel, sin hacer referencia a la Constitución que establece que el socialismo es irrevocable y el enriquecimiento personal incompatible con sus principios.

El régimen quiere crear una brecha legal para fingir ser lo que no es y permitir que algunos vengan a hacerse ricos, selectivamente. Esa brecha va a durar hasta que pase Trump, y el inversionista que se atreva a dar un paso sobre semejante lodazal jurídico, terminará comiendo fango hasta por las orejas.

El emigrado que caiga en esa trampa bien merece perder su dinero. Todas las advertencias están ahí, y está también el descaro, un descaro gigantesco que supera todas las comparaciones. Porque hay que ser sinvergüenza para pretender que la emigración venga a reconstruir La Habana que Fidel Castro halló magnífica, vital, con todas sus infraestructuras operantes, aquel nefasto 8 de enero de 1959. Los mismos que destruyeron meticulosamente esta hermosa ciudad hasta transformarla en un tiradero de basura y escombros, quieren que vengan a rescatarla los que fueron obligados a irse de ella, y de toda Cuba, por sus ideas políticas o por la imposibilidad de prosperar bajo leyes que siguen intactas en su esencia, aunque maquilladas para simular adaptación a los nuevos tiempos. Esa emigración que por décadas ha sostenido con remesas y bienes la parasitaria economía del castrismo ahora recibe, faltaba más, la invitación a rehabilitar y embellecer su isla natal, donde sigue dominando el mismo poder que la hizo improductiva, dependiente, pobrísima, estancada y hostil a sus propios ciudadanos.

Ahora que los turistas no vienen, se crean estrategias para atraer el turismo nacional que, en muchos casos, es sufragado por un familiar emigrado. Ese turismo visto como de bajo costo, indeseable, al que maltratan, hacen esperar y miran por encima del hombro en cada buró de reservación, cada restaurante dizque gourmet y cada hotel, ahora es requerido casi en tono de súplica para no tener que cerrar los establecimientos que a duras penas siguen funcionando. Que vengan los cubanos que, nacidos y criados en el hambre, sin el menor atisbo de cultura gastronómica, carecen de la exigencia elemental, buen gusto y paladar, por tanto, les da igual que las sábanas de la habitación tengan olor a guardado o no haya papel higiénico, que en la mesa buffet sirvan minuta de pescado, daditos de queso fundido y un jamón serrano de la era de Franco, que preparen la piña colada con base de refresco Zuko y le pongan al mojito el ron bautizado que el barman reserva para clientes tan especiales, habituados a alcoholes peores.  

Habría sido útil que algún periodista combativo le preguntara a Díaz-Canel qué hay de diferente hoy para que tengan éxito las mencionadas reformas, que son casi las mismas anunciadas en momentos anteriores, jamás concretadas de forma satisfactoria; o quiénes han estado trabajando la tierra si ahora es que se las van a entregar a quienes realmente las hagan producir. Haberle preguntado, de paso, qué está ocurriendo con las tierras ofrecidas a Rusia en usufructo hace tres años.

Ninguna interrogante surgió porque esa prensa enajenada de su responsabilidad social y política, sabe muy bien que el mejor momento para aplicar tales reformas fue hace 10 años, aprovechando el deshielo impulsado por la administración Obama. Ahora es tarde, y cuanto más insiste el régimen en arreglar las cosas, más indispone a la ciudadanía que no tiene momento fijo para hacer lo que ellos tratan de evitar a toda costa. Lo va a hacer a la tremenda, como el pueblo desesperado que es, y sin cuidarse mucho de la represión porque ya quedó claro que el “enemigo”, además de vivir cerca, viene hasta en short.

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