«Equipaje»: el libro que guarda el alma de Alberto Cortez

Entre recuerdos, anécdotas y canciones inolvidables, "Equipaje" revela el lado más íntimo de Alberto Cortez y las historias que dieron vida a algunas de sus composiciones más queridas.
Cantautor argentino Alberto Cortez
Cantautor argentino Alberto Cortez (Foto: Blogspot)

Una gran satisfacción me produjo recientemente hallar un libro que busqué por muchos años: Equipaje, del fallecido cantautor argentino Alberto Cortez (1940-2019).

Le compré caro a un vendedor de libros usados un ejemplar de la tercera edición de Equipaje, realizada por la Editorial Pomarie, S. A., de Barcelona.

En dicho libro, el talentoso artista agrupó versos, letras de algunas de sus canciones, frases dispersas y algunos sencillos dibujos que probablemente sean también de su autoría.

El libro se inicia con dos prólogos que el cantante firma y concluye con estas palabras: “Deseo de todo corazón que estas nuevas ediciones tengan tan amplias alas como las anteriores, para que lleven mi Equipaje por todas las latitudes, buscando las ramas de las sensibilidades afines donde posarse, y colaborar así en el rescate de los valores humanos que a diario perdemos, por seguir desesperadamente el andar acelerado de la sociedad de consumo”.

Equipaje se inicia con unos versos del poema homónimo que concluyen anunciando: “Cuando llegue mi hora, / la final, la suprema, / volcaré, como ahora, / porque vale la pena, / sin ningún maquillaje, / más allá de mi cara / mi canción, mi equipaje, / mis vivencias del alma”.

Continúa con “Mi gran aventura”, donde cuenta cómo, a los 20 años, se despidió de su padre un 12 de julio de 1960 y se fue a Europa en pos de lograr sus sueños. Narra que al inicio tuvo algún triunfo y muchos fracasos que, sin embargo, inspiraron versos que estuvieron guardados en su equipaje durante muchos años y que en este libro vieron la luz.

Resulta muy agradable el capítulo “Varias maletas de canciones”, donde, en forma coloquial, Alberto Cortez nos cuenta la gran aventura de su abuelo, don Eladio, que salió de Galicia, España, y fue a establecerse en Rancul, Argentina, sitio donde nació Cortez muchos años después. La historia de su abuelo dio origen a una de sus más hermosas y sentimentales canciones.

En “Carta a mi viejo” habla de su relación con su padre, quien además lo indujo a cantar y tocar la guitarra. Añade un poema, “Querido viejo”, y la letra de la canción “Mi árbol y yo”, una de mis preferidas.

Aparece en esta sección otra historia, siempre contada como anécdota, sobre un perro de la calle que nació en el edificio donde vivió. Lo llamaban Palomo o Moro y allí se asentó. Con los años iba hasta su apartamento, y tanto el portero como los vecinos lo alimentaban, lo vacunaban y lo registraron con collar y chapa para evitar que fuera a parar a la perrera. Murió arrollado por un carro. La historia de ese perro generó otra de sus bellas canciones: “Callejero”, otra de mis preferidas.

Pero de todas las composiciones de Alberto Cortez, hay una que llega hasta el fondo de mi ser: “Cuando un amigo se va”. Titulé así el artículo que escribí para CubaNet cuando falleció mi más entrañable amigo, casi un hermano, el poeta y periodista Rogelio Fabio Hurtado.

Tuve la dicha de estar presente en las cuatro ocasiones en que se presentó Alberto Cortez en el Teatro Carlos Marx (antiguo Blanquita) y de deleitarme no solo al escuchar sus interpretaciones, sino también al ver a un hombre que integraba la música, la letra de sus canciones, los gestos de su rostro y su forma de vestir, siempre de negro o blanco y negro, atrapando la atención del público.

Antes de comenzar a cantar, Alberto Cortez establecía una especie de monólogo con el público sobre la canción que interpretaría a continuación. Parecía una explicación, pero en realidad era parte del número. Así transmitía un mensaje emocional más completo, algo que solo logran los grandes artistas.

Finalizaba siempre su espectáculo de rodillas en el escenario y besaba el suelo del lugar con su mano para transmitir al público su cariño y agradecimiento.

Después del cuarto viaje, Alberto Cortez no regresó a Cuba, pues su canción “Otra vueltecita de tuerca”, que criticaba tanto a Estados Unidos como a la Unión Soviética, disgustó a la Cuba oficial.

Alberto Cortez recibió numerosos trofeos: el Popular de Bélgica en 1962 y 1963; el máximo galardón en el Festival de Mallorca, en 1970; el Heraldo de Oro, en México; en Argentina, la Asociación de Periodistas Especializados otorgó su máximo galardón, el Martín Fierro, en 1972; el Disco de Oro, por la popularidad y venta de discos en México, en 1973; y en febrero de 1974 recibió en Barcelona, España, el Olé de la Canción. Pero su mayor galardón fue el respeto y el amor que siempre recibió de su público.

Por todas sus interpretaciones y por su voz sin igual, mantengo siempre en el recuerdo al querido Alberto Cortez, mi cantante preferido.

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