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Lunes, 23 de octubre 2017

¿Las empresas estatales son del pueblo?

En el socialismo, según Marx, la plusvalía no va a parar al bolsillo del patrón, sino a las arcas del Estado

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A la izquierda Antonio Castro, hijo de Fidel Castro, vacacionando en Bodrum, Turquía. A la derecha, un cubano de a pie

LA HABANA, Cuba.- A tono con las ilusiones despertadas en algunos cándidos sesudos por la llamada “actualización del modelo económico”, se ha empezado a hablar de que sería más correcto llamar empresas públicas a las empresas estatales, ya que en un país socialista como lo es Cuba –o al menos eso es lo que sigue diciendo en el discurso oficial- se supone que pertenezcan a todos los ciudadanos.

Hace dos años, en un artículo titulado “Cuba, donde los empleados ningunean a los dueños”, el periodista uruguayo Fernando Ravsberg argumentaba sobre las empresas estatales: “Cuando decimos que son del Estado, parece que el propietario fuera un ente difuso, etéreo, representado por cualquier burócrata que tenga un carguito, un buró, una secretaria y un carrito estatal”.

Exactamente así es percibido el Estado por el cubano común.

¿Cómo los cubanos de a pie podríamos sentirnos como accionistas y propietarios de las empresas estatales si los directivos empresariales, que en buena ley (socialista, quiero decir) debieran  estar al servicio nuestro, se comportan y actúan como tiranos?

Se desternillarían de la risa los jefazos y los jefecillos que creen tener a Dios cogido por la barba y a los trabajadores amarrados bien corto de la pata de su buró, si les hablaran de ser elegidos por los trabajadores y tener que rendirles cuenta de su gestión. Tanta risa como la que le daría a los ministros y los miembros del Politburó la posibilidad de ser cuestionados por algún diputado del sanedrín de unánimes caniches amaestrados que llaman Asamblea Nacional del Poder Popular.

Habría que ver las caras que pondrían el directivo y sus secuaces si algún trabajador, atenido al marxismo que nos obligaron a aprender de carretilla en aquellos infames manuales soviéticos, se para en una reunión y les recuerda que las empresas estatales se financian con dinero público, y que ese dinero sale del sudor de los trabajadores, porque en el socialismo, según Marx, la plusvalía no va a parar al bolsillo del patrón, sino a las arcas del Estado.

¿Y a nosotros qué nos importa ese teque?, responderían socarrones y prepotentes  los  directivos de las empresas, aun de las mas improductivas e ineficientes, pero que tienen más ínfulas y ambiciones que si presidieran una transnacional, y los tiene sin cuidado Das Kapital y  todo lo demás que escribió Marx, si es que  saben  quién fue Marx.

Y que ni se le vaya a ocurrir a algún periodista, por muy oficialista que sea, ir a fisgonear en los predios de estos directivos, porque les darán con la puerta en la nariz.

¿Quién convence a esos directivos de que solamente son servidores públicos? ¿Es tan difícil como a los trabajadores, que no conocen la puñetera diferencia entre una empresa pública y una estatal, hacerles entender que si de veras hubiese socialismo en Cuba y no la triste y chapucera caricatura que hay, ellos debían ser los accionistas y patrones?

Las empresas estatales, por ser supuestamente de todos, como dicen que ocurre en el socialismo, a nadie le importan. Son como un perro callejero, con demasiadas mataduras, pulgas, garrapatas y parásitos, al que cualquiera le da un hueso o un trozo de pan, pero nadie se ocupa de bañarlo. Pero cuando el perro empieza a engordar,  enseguida aparece el dueño.

Las empresas estatales son de un puñado de dirigentes y burócratas corruptos y sus secuaces en la recholata. Ellos son los que dan la cara por el Estado y hablan tronantes en nombre suyo. Y  el Estado hace como si con él no fuera, hasta que el robo supera el nivel permisible para garantizar lealtades y se pasa de castaño oscuro. Entonces, ese Estado, que hasta ese momento había sido una abstracción, deja de serlo para convertirse en la implacable trinidad Estado-Partido-Gobierno que  les echa encima a los que “traicionaron la confianza de la revolución” a la Contraloría General de la República y al Ministerio del Interior.

Pero el mal de la corrupción no tiene cura. Aun no se han llevado esposados en el carro patrullero al directivo tronado y sus cómplices, y ya están sacando cuentas los dirigentes que los sustituirán y afilándose los dientes su nueva camada de compinches.

Y los trabajadores, que si dependieran solamente del salario misérrimo que cobran se morirían de hambre, teniendo en cuenta que dice el refrán que “quien roba a ladrón tiene cien años de perdón”, seguirán robándole al Estado todo lo que puedan. Que nunca será tanto como lo que se llevan por camiones los dirigentes. Entonces, sin asquitos ni remordimientos, olvidados de naderías tales como la diferencia entre la empresa pública y la estatal: manos a la búsqueda proletaria. A robar se ha dicho… O mejor, para que no suene tan feo: a luchar, a inventar, a resolver…

luicino2012@gmail.com

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Acerca del Autor

Luis Cino Álvarez
Luis Cino Álvarez

Luis Cino Álvarez (La Habana, 1956). Trabajó como profesor de inglés, en la construcción y la agricultura. Se inició en la prensa independiente en 1998. Entre 2002 y la primavera de 2003 perteneció al consejo de redacción de la revista De Cuba. Es subdirector de Primavera Digital. Colaborador habitual de CubaNet desde 2003. Reside en Arroyo Naranjo. Sueña con poder dedicarse por entero y libre a escribir narrativa. Le apasionan los buenos libros, el mar, el jazz y los blues.

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