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Lunes, 22 de mayo 2017

La calle de Celia y Fidel está abierta

Atrás quedó para siempre aquel “búnker”, quien sabe si romántico

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LA HABANA, Cuba.- No hubo anuncio público y muchos no podían creerlo: tras 58 años volvía a abrirse la cuadra de la calle 11 entre 10 y 12, en El Vedado, lo mismo para peatones que para vehículos. Ya no había garitas con guardias en las esquinas. Ya no estaba prohibido pasar por lo que fuera la sagrada “cuadra de Celia”, también conocida como “la posta” o “el búnker”.

El asombro era mayor para los que eran o fueron vecinos del lugar y conocían la férrea seguridad que había en aquella cuadra e incluso en sus alrededores. Quienes no frecuentaban la zona, podían tratar de pasar por allí, sobre todo de noche, y pasar un susto. Décadas atrás, cuando Celia Sánchez vivía y Fidel Castro iba con frecuencia allí, se dieron varios casos de disparos contra gente que intentó penetrar. Se ha hablado incluso de muertos.

Casi nadie sabía con exactitud qué había en aquella cuadra cuando vivía “la madrina”, como la llamaban los que la creían madrina de Castro en la práctica de la santería afrocubana. Allí él tenía una guarnición de su seguridad personal, una bolera, una piscina climatizada, una cancha privada de baloncesto, un establo con aire acondicionado para sus vacas supremas, su biblioteca privada, un cómodo apartamento decorado con rocas y helechos traídos de la Sierra Maestra.

Era el edificio número 1007 de la calle y allí, en el cuarto y último piso, Celia ordenó construirle inclusive una cama en forma de bohí­o campesino, con columnas de horcones de palma. Para mayor seguridad, todas las azoteas se comunicaban y había un túnel soterrado que llevaba al gimnasio en forma de búnker, hermética mole gris de hormigón armado que fue alzada en la primera mitad de los 70 en 12 y 13, muy cerca de donde viví yo durante 45 años.

En 10 y Línea se halla la tienda de víveres donde estaban registrados Celia Sánchez y su amigo, que normalmente solo acudía por la noche. En 10 se hallaba también el centro de votación al que pertenecían —aunque él era “elegido” diputado siempre por un poblado en la Sierra Maestra. Sendos semáforos especiales flanqueaban “El Once”, como la escolta llamaba al lugar y siempre hubo cámaras de vigilancia sobre los edificios de las esquinas.

En la madrugada, de vuelta a Punto Cero, muchas veces saliendo por 11 hacia el Puente de Hierro, partía la caravana de tres autos apagados: en una época jeeps GAZ 69, luego de modelo Chaika —el automóvil de lujo que se fabricó en la URSS—, o los Alfa Romeo color burdeos y por fin los Mercedes blindados que le regaló Sadam Husein a su colega.

Vivir en las manzanas inmediatas a “El Once” era complicado. Ante todo, los alrededores fueron durante decenios una “zona congelada”, a donde para mudarse había que tener en la familia a alguien vinculado con altos organismos, preferiblemente el Ministerio del Interior o las Fuerzas Armadas. Además, era muy controlada la estancia en la vivienda de extranjeros y hasta de familiares cubanos.

En general, era extraño vivir en las inmediaciones, y peligroso. Aun después de la muerte de Celia. Recuerdo que una vez, a principios de los 90, presencié un singular operativo, con guardias en las esquinas. En 13 y 12, uno, con una ametralladora ligera apuntando hacia 12, permaneció dos horas en el parterre de la acera, a unos metros de mi casa. Para ser un ejercicio, resultaba demasiado real. Los escoltas esperaban algo. Si ese “algo” hubiera llegado, de seguro aquello hubiera sido indescriptible.

Celia Sánchez murió en 1980 y todo siguió igual al menos por veinte años, aunque Fidel Castro ya nunca fuera allí. En los últimos tiempos, los guardias no portaban fusiles AKM y la seguridad se relajó mucho. En el techo del búnker los jóvenes soldados criaban palomas. Después, había hasta muchachas guardias. Las cámaras en lo alto se pudrieron.

Lo mismo como Norma, que como Lilian, Carmen, Caridad o Aly, Celia fue siempre de una fidelidad y una utilidad inmensurables para Fidel Castro. Algunos la consideraron su mejor perro guardián. Ella coordinó la visita de los periodistas Herbert Matthews y Bob Taber a la Sierra. Fue la primera mujer que participó en un combate y fundó el pelotón femenino Mariana Grajales, que fue durante un tiempo escolta personal del jefe, lo que después imitaría su amigo Husein.

Aunque no tuvo grados militares, Celia se ocupó de asuntos de la mayor importancia política, desde acompañar a Castro en giras internacionales importantes hasta dirigir la construcción del Palacio de Convenciones de La Habana para una Conferencia de Países No Alineados. Fue Ministra de la Presidencia, miembro del Comité Central, Secretaria del Consejo de Estado y diputada del Parlamento, pero su mayor preocupación fue siempre la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado.

Cuán íntima era la amistad entre Celia y Castro es un tema de apasionado debate. Lo indudable es que estuvo en el mismo corazón de la revolución cubana por más de dos décadas, cuidando del líder: él quería el poder a toda costa y ella quería eliminar todo lo que estorbara ese propósito, porque su ídolo era Cuba y la revolución en santísima trinidad una.

Hay quien cree, románticamente, que la revolución murió con ella. “Los batistianos nunca volverán al poder en Cuba mientras yo o Fidel vivamos”, dijo en 1959 y lo repitió al menos tres veces antes de morir. Entonces, Dalia Soto del Valle pudo casarse con quien fuera su amante desde 1961, ya sin batistianos ni moros en la costa. Atrás quedó para siempre aquel “Once”, quien sabe si romántico.

Acerca del Autor

Ernesto Santana Zaldívar
Ernesto Santana Zaldívar

Ernesto Santana Zaldívar Puerto Padre, Las Tunas, 1958. Graduado del Instituto Superior Pedagógico Enrique José Varona en Español y Literatura. Ha sido escritor radial en Radio Progreso, Radio Metropolitana y Radio Arte. Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Distinciones obtenidas: Menciones en el género de cuento de los concursos David, de 1977, y Trece de Marzo, de 1979; premios en los concursos Pinos Nuevos, de 1995, Sed de Belleza, de 1996 (ambos en el género de cuento), Dador, de 1998, (proyecto de novela) y Alejo Carpentier, de 2002 (novela), Premio Novelas de Gaveta Franz Kafka, de 2010, por su novela El Carnaval y los Muertos

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