En el medio milenio: la otra Habana (I)

En el medio milenio: la otra Habana (I)

En La Habana se sigue ahondando la brecha entre lo bello y las ruinas, el poder político y los “gobernados”, los pobres y los ricos, los cubanos de a pie y la elite

Habana
El teatro Campoamor será beneficiado con la restauración. Foto del autor

LA HABANA, Cuba.- La capital cubana se apresta a celebrar su medio milenio y, aunque es obvio que este 16 de noviembre muchos de los planes constructivos estarán inconclusos, numerosas fachadas de los edificios de las principales avenidas no estarán pintadas (como se había previsto) ni tampoco estarán concluidos al 100% todos los detalles de  restauración del Capitolio Nacional  ̶ protagonista indiscutible de la fiesta ̶ , ya se prepara la tribuna al pie de la gran escalinata para el acto solemne y para los discursos de la ocasión.

“La Habana es real y es maravillosa”, ha sido a lo largo de este año una especie de mantra tras el cual las autoridades se han esforzado por exaltar y recuperar solo las relevantes y originales bellezas de los edificios más icónicos de la ciudad vieja.

Para los visitantes extranjeros y nacionales que no conocen La Habana, parecerá una verdadera maravilla la visión de uno de los espacios de mayor valor escénico de la ciudad: el Prado profusamente iluminado, y los hermosos edificios republicanos colindantes al majestuoso Capitolio, los parques Central y de La Fraternidad flanqueando los extremos de la futura sede del Parlamento. Desde ese entorno espacioso y mayestático es invisible el cinturón de pobreza que discurre cercano: se habrá barrido la suciedad de la miseria bajo la alfombra.

Sin embargo, bastaría adentrarse a pie y a la luz del día en los barrios colindantes para descubrir La Habana real, abandonada a su suerte, esa que en los documentos e instituciones oficiales se estandariza bajo la etiqueta de “fondo habitacional” o “sector doméstico” y que  ̶ a juzgar por el abandono y la ruina ̶  parece sugerir una perversa política gubernamental: lograr que a corto y mediano plazo los inmuebles ruinosos terminen desplomados o forzosamente desalojados, y esos espacios queden a disposición de los planes turísticos e inversiones que están convirtiendo la parte vieja de la capital y sus barrios populares en una especie de parque temático para disfrute de los visitantes extranjeros.

Es realmente notorio que ninguno de los muchos edificios multifamiliares de La Habana Vieja y Centro Habana hayan sido favorecidos por las restauraciones. De hecho, ni siquiera se han beneficiado con alguna piadosa mano de pintura las derruidas casas de principios del siglo XX, devenidas solares, que son las construcciones más abundantes y típicas del entorno.

En medio del deterioro general, solo existen planes de salvamento y reconstrucción para los edificios de interés estatal. El teatro Campoamor entre ellos, sito en la esquina de las calles Industrias y San José, detrás del Capitolio, del que solo se conserva la curva fachada y del que hay un importante proyecto inversionista. Actualmente está rodeado de una valla que exhibe fotografías de las celebridades que alguna vez actuaron en su escenario: signo inequívoco de que será rescatado.

Sin embargo, a pocos pasos de éste, en la propia calle Industrias, esquina a Barcelona, hay un viejo edificio multifamiliar cuya peculiaridad es que allí fue donde se instaló el primer elevador Otis. En él se hacinan varias familias bajo la amenaza de un posible derrumbe debido al deterioro constructivo del inmueble.

Algunos viejos hoteles de la capital también desde años atrás se convirtieron en edificios de viviendas y actualmente presentan un estado calamitoso, precariamente sostenidos por puntales de madera y con inminente peligro de colapso. Es, por citar un ejemplo, el caso del cercano hotel Perla de Cuba (Amistad y Dragones), donde aún viven familias en sus pisos inferiores, como se puede ver en las fotografías.

Para mayor incertidumbre de quienes habitan estos espacios ruinosos, una parte significativa de ellos se encuentra en un limbo jurídico debido a su condición de “ilegales”, ya que proceden de las provincias del interior y no han podido regularizar su residencia en la capital. El Decreto 217 funciona como una suerte de green card, legitimando una humillante segregación entre los nacionales de esta Isla.

En esos casos se refuerza no solo su indefensión  ̶ puesto que en cualquier momento pueden ser deportados a sus lugares de origen utilizando contra ellos la fuerza policial ̶  sino su imposibilidad de reparar sus viviendas de manera legal, ya que por una parte no tienen acceso a licencias constructivas ni mucho menos a créditos bancarios, mientras por otra, esos edificios están declarados mayoritariamente como “inhabitables no reparables” por el Instituto de la Vivienda, lo que elimina de plano cualquier trámite de legalización.

Por su parte, los “privilegiados” que son nativos de la capital o que han obtenido la gracia de la residencia legal, si bien se arriesgan a hacer reparaciones algunas cosméticas, suelen carecer de capital suficiente para acometer mejoras estructurales, que resultan extremadamente costosas y requieren de la intervención estatal.

Un círculo que se cierra y parece estar sellando el destino de miles de familias que, a 500 años de fundada La Habana, no tienen mucho que celebrar. Se sigue ahondando la brecha entre lo bello y las ruinas, el poder político y los “gobernados”, los pobres y los ricos, los cubanos de a pie y la elite privilegiada. Las bondades del imaginario “modelo socialista” han resultado ser cada vez más mendaces e irrealizables.

 

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