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Sábado, 16 de diciembre 2017

El interminable culto a Fidel Castro

Meses después de su muerte, la exaltación de la figura del dictador continúa presente en el día a día de los cubanos

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LA HABANA, Cuba.- “El culto a la personalidad de Fidel Castro en Cuba es enfermizo”, dice Reinaldo Hernández, de 57 años de edad, y asegura que después de su muerte la exaltación hacia la figura del exgobernante es más acentuada. La posición oficial opina diferente, sobre todo a partir de la supuesta “orden” que dejó antes de morir, leída durante el sepelio por su hermano Raúl.

“… Una vez fallecido, su nombre y su figura nunca fueran utilizados para denominar instituciones, plazas, parques, avenidas, calles u otros sitios públicos, ni erigidos en su memoria monumentos, bustos, estatuas y otras formas similares de tributo”.

Desde que tomó el poder en 1959, Fidel Castro seleccionó las posibilidades del culto a la personalidad que debería explotar. Mediante un discurso crítico, desechó las definiciones que menciona en su último legado. Comenzó por mandar a quitar un busto de su persona, levantado a pocos metros de la entrada del Cabaret Tropicana, en el municipio Marianao, y la cancelación completa de un sello de correos editado con su rostro.

Libres de críticas oficiales quedó el culto a la personalidad, que se confundió con el homenaje hacia una figura pública. Fieles a las intenciones de su líder, la propaganda del Partido Comunista de Cuba (PCC) se apoyó en las aristas del culto que actúan sobre la conciencia de la persona: la permanente presencia de imágenes, fragmentos de sus ideas y discursos, en centros educativos, espacios públicos y medios de información, y la persecución de los críticos del gobernante. Esta estrategia ubicó a Fidel en todos los aspectos de la vida de los cubanos, ya sea por fingida o sincera admiración, o por miedo.

Sobre esta forma de culto, el psiquiatra Luis Calzadilla Fierro comenta:

“Él (Fidel Castro) surge en momento en que el asume las necesidades de todo un pueblo, sabe asimilar las coyunturas de un momento histórico concreto, y él las toma. Hay un elemento ahí de psicología social (…) Los factores sociales y psicológicos lo explican, el credo a veces lo forma la propia tradición cultural del país (…) Otro elemento importante es que las personalidades fuertes y carismáticas son capaces de responder a las necesidades psicológicas de las personas. Comienza una mística alrededor de una especie de padre que lo sabe todo, lo decide todo”.

Ajustado a la incapacidad de Castro para reconocer la derrota, la propaganda ideológica del PCC diseñó un culto que no se asemejara a los ofrendados a Adolf Hitler, Vladimir I. Lenin, Iosif Stalin o Mao Zedong. Esta fue la forma de eliminar de antemano las futuras escenas del pueblo derribando las estatuas, o anulando el nombre del “padre de los cubanos” en una avenida.

El culto cubano

Durante mis estudios primarios, los maestros insistían que Fidel Castro era nuestro padre. Mi padre biológico ocupaba el segundo plano, insistían. Así es como comienza a cobrar dimensiones religiosas su figura, cuyo estilo totalitario absorbe en los planes de estudio la vida político-social y la historia de la isla. Después de su muerte la Universidad de La Habana fundó una catedra para el estudio del pensamiento fidelista, como un anexo post mortem al programa de educación oficial.

A este culto estatal a la figura del gobernante se sumaron nombres como “Caballo”, “Invicto Comandante en Jefe”, “Eterno”. Estos apelativos son alimentados con anécdotas acerca de cómo sobrevivió a 634 intentos de asesinato, la virtud de un pensamiento adelantado al tiempo, o el dominio público de temas que los especialistas no se atrevían a rectificarle, al menos en su presencia.

Esos mensajes repetidos hasta lo irracional también llegan al pueblo a través de figuras públicas notorias de su propio ambiente político nacional o internacional.

En una de sus apologías a Castro, el escritor Gabriel García Márquez dijo: “Su más rara virtud de político es esa facultad de vislumbrar la evolución de un hecho hasta sus consecuencias remotas”.

En las interminables alabanzas hacia su líder, Roberto Fernández Retamar, poeta y ensayista cubano dijo: “Un verdadero encantador de serpientes. Es difícil que alguien se acerque a Fidel y no sea imantado, subyugado por su personalidad”.

Esta veneración exagerada, cacareada sin límites en los medios oficiales cubanos, también forma parte del escudo protector de los funcionarios oficiales en la isla. Citar públicamente con fervor revolucionario fragmentos de discursos o frases de Fidel, otorga veracidad y protege la imagen y posición de los dirigentes. En menor frecuencia los cubanos de a pie acostumbran a usar este método para defenderse, o aclarar la identificación con el gobierno.

El pueblo se convirtió en masa

No se puede negar que el pueblo cubano tiene su cuota de responsabilidad en el culto a la figura de quien gobernó la isla por más de medio siglo. Basado en el totalitarismo, Fidel arrancó a cada ciudadano su singularidad, reduciendo a todos a la categoría de masas.

Sobre este aspecto el historiador Dimas Castellanos opina: “Los pueblos son responsables de que estas personas con este ego asuman las funciones del resto de los ciudadanos. Así ocurre porque estos lo permiten”.

Fidel Castro fue sepultado en el Cementerio de Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba, a pocos metros de donde descansan los restos de José Martí. Cada 30 minutos se lleva a cabo un cambio de la guardia de honor en ambos panteones. La marcha castrense matizada por una música honorífica, intenta arrancar expresiones de tristeza en el público mediante bocinas clavadas en el césped, donde se detienen los visitantes. Quienes visitan el cementerio, convocados o no, durante la ceremonia, sienten la pérdida de algo sin identificar. Finalmente, el culto a la personalidad queda velado detrás del honor martiano, tal y como lo concibió el PCC.

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