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Viernes, 21 de julio 2017

¡Cuidado! Matones en La Habana

La riña no fue una simple trifulca, sino una larga contienda de disparos con armas de fuego al estilo de un filme del Oeste

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Joven de La Habana con un arma tatuada en su brazo (foto archivo)

LA HABANA, Cuba.- Según lo registrado en las actas de la causa 368, del año 2015, del Tribunal Popular de La Habana, fue la deuda adquirida en una pelea de gallos finos el detonante de la rencilla donde encontró la muerte el joven Daniel Rodríguez con apenas 19 años de edad.

La riña no fue una simple trifulca a puños sino una larga contienda de disparos con armas de fuego al estilo de un filme del Oeste.

Sucedió una vez en el Reparto Eléctrico y aunque no ha pasado mucho tiempo, la gente del lugar apenas lo recuerda a fuerza de vivir acostumbrados a episodios similares.

Los ajustes de cuenta, fundamentalmente por deudas, no son hechos aislados en los barrios marginales de La Habana. Aunque la violencia no alcanza los niveles alarmantes que en otras capitales de América Latina, desde finales de los años 80 se aprecia una tendencia al aumento de los delitos asociados e incluso se registra la aparición de figuras propias del llamado “crimen organizado”.

Si bien el matón o sicario no es un personaje nuevo en el mundo de la delincuencia habanera, hoy en día es más frecuente escuchar hablar en la calle de la posibilidad de contratar los servicios de un criminal para resolver querellas relacionadas con el juego de interés, la prostitución, incumplimientos de préstamos monetarios, comercio de drogas, tráfico de personas e incluso cuestiones de la vivienda y sus enredadísimos trámites de legalización.

Abundan los testimonios de personas que han vivido la pesadilla de que algún enemigo les haya colocado precio a sus cabezas o a las de algún familiar cercano. Es el caso, por ejemplo, de Xiomara Verdecia, madre del joven Daniel Rodríguez que cuenta cómo días antes de que le mataran al hijo, había visto a los matones rondar la casa:

“Venían en un carro y se parqueaban delante de la casa. Allí pasaban rato, así un día tras otro. Le estaban cazando la pelea”, me cuenta Xiomara que pudo haber perdido a su otro hijo, Yunier, quien actualmente guarda prisión por el delito de tenencia de armas de fuego.

Hace apenas unos meses, los medios de prensa independiente reportaron el asesinato de una persona en la zona wifi del parque Fe del Valle, al comienzo del bulevar de San Rafael.

No se ofrecieron demasiados detalles del suceso y la policía, como es usual en Cuba, jamás se pronunció públicamente sobre el caso, sin embargo, se intuye que la acción fue ejecutada por un matón.

“Los pocos testigos que hay vieron a un sujeto descender de un carro y aproximarse directamente a la víctima a la que ultimó de una sola puñalada. Era muy temprano, casi no había nadie. (…) De inmediato, y con tremenda frialdad, lo vieron volver de nuevo al carro y huir del lugar”, nos comenta un funcionario de la policía que ha preferido mantenerse en el anonimato.

Para quienes conocen la realidad desde el mismo epicentro del fenómeno, el caso del parque Fe del Valle es la típica ejecución de un sicario y no una elemental pelea entre dos rivales:

“No hubo una discusión (previa), simplemente llegó y lo mató. Eso es lo que hace el matón. No se pone a discutir, hace su trabajo lo más limpio posible y no establece comunicación con la víctima. Eso lo hace más complicado. El matón hace el trabajo y ya”, explica Roger, alias “El Pochi”, quien guardó prisión durante quince años por un delito de asalto con arma blanca.

No obstante, Alberto, un recluso que cumplió sanción en una prisión de Sancti Spíritus por el delito de tenencia de armas de fuego y asesinato, y actualmente en libertad condicional por buena conducta, nos ofrece una visión diferente.

Para él  no existe un patrón que defina el trabajo de los sicarios porque no todos lo consideran un oficio sino un trabajo circunstancial.

“No es que fulanito o menganito se dediquen a eso. Es que tú estás en problemas y necesitas que te ayuden y entonces aparece alguien que a veces hasta por veinte fulas (dólares) da una golpiza, quema un taller, mata unos animales, cosas como esas. (…) Ya matar a alguien siempre cuesta más pero igual, son gente a las que tú les dice, oye, me hace falta que me quites a fulanito de encima, y el tipo se encarga por doscientos, quinientos, mil fulas, depende (…). No creo que exista mucha gente que se dedique a eso, son gente que aparece y ya. (…) Yo nunca he conocido a ninguno aunque, claro, nadie te va a decir que lo es”, asegura Alberto.

Aunque oficialmente se hace silencio sobre estas cuestiones que no ayudan a proyectar una buena imagen del país o que pudieran cuestionar la eficacia de una ideología socialista por su incapacidad de erradicar lacras sociales que, supuestamente, solo habrían de ser generadas por sociedades capitalistas, los tribunales del país y las fiscalías con frecuencia procesan estos asuntos.

“Se están viendo con más frecuencia”, opina Tatiana Reyes, abogado que ha atendido algunos de estos casos: “Se reconoce que existe la figura del matón y que los cambios que ha habido en la economía cubana, la aparición de la propiedad privada, el mercado negro, la corrupción ha provocado un aumento de la criminalidad. (…) Ya no es el delincuente de los años 90, pleno período especial, que asaltaba para quitar un par de zapatos o para arrebatar una cartera a una anciana, ahora cuando se habla de criminalidad hay que incluir el tipo al que se le paga por que destroce un bar o una paladar que le hace competencia a otros (…), el tipo al que se le paga para que le corte la cara a una jinetera que engañó al chulo, y está el que mata porque ya se habla de miles de dólares, de cientos de miles de dólares en deudas de juego, en bancos privados, en drogas”, comenta Reyes.

Librado, guantanamero que residía temporalmente en La Habana, cumple actualmente prisión en Santiago de Cuba por haber lesionado a una persona en una pelea callejera. En conversación telefónica con quien además se dedicara a pelear gallos finos en vallas famosas como la de Ancona, de propiedad estatal, en La Habana, y algunas otras privadas de la provincia Mayabeque, Librado nos cuenta sobre su experiencia personal:

“A mí me mandaron a matar, no tengo duda sobre eso”, comenta Librado: “Yo no conocía al tipo personalmente pero sí lo vi algunas veces en las peleas. Pero en ningún momento él y yo acordamos nada. La deuda mía era con otro (…). Yo nunca había jugado en Pedro Pi pero fui allí porque mi gallo todo el mundo lo conocía y nadie quería pelear con él, pero allí (en la localidad de Pedro Pi, donde existe una de las más famosas vallas clandestinas de Cuba) nadie sabía del gallo y yo aposté dos mil quinientos dólares para cinco mil, pensando que iba a ganar al seguro, y nada, perdí. (…) No pude pagar y ahí me echaron los perros (lo mandaron a matar). (…) Donde hay pelea de gallos, hay matones (…), si no cualquiera va y estafa (…). Nada de eso, si  te escondes en Miami, es donde más rápido te la aplican (…). Yo me fui para Guantánamo, Manuel Tames, allá donde nadie sabía, y allí me fueron a buscar, pasó casi un año y pico pero me encontraron”, dice Librado.

La proliferación de negocios clandestinos o semiclandestinos, la necesidad de sus dueños de crear leyes y códigos propios que les permitan subsistir en medio de complicadas estructuras que, durante años, han sido creadas en esa economía paralela a la oficial, donde quizás se mueva mayor cantidad de dinero que la que llega a las arcas del Estado, el empeoramiento de la crisis económica y el ambiente de oportunismo creado por aventureros foráneos y funcionarios corruptos, es el caldo de cultivo idóneo en el que, con el paso del tiempo, la criminalidad en Cuba y el fenómeno de los matones dejará de ser un síntoma de enfermedad aguda, pasajera, y quizás se transforme en un padecimiento crónico para el cual será difícil encontrar la cura.

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Acerca del Autor

Ernesto Pérez Chang
Ernesto Pérez Chang

Ernesto Pérez Chang (El Cerro, La Habana, 15 de junio de 1971). Escritor. Licenciado en Filología por la Universidad de La Habana. Cursó estudios de Lengua y Cultura Gallegas en la Universidad de Santiago de Compostela. Ha publicado las novelas: Tus ojos frente a la nada están (2006) y Alicia bajo su propia sombra (2012). Es autor, además, de los libros de relatos: Últimas fotos de mamá desnuda (2000); Los fantasmas de Sade (2002); Historias de seda (2003); Variaciones para ágrafos (2007), El arte de morir a solas (2011) y Cien cuentos letales (2014). Su obra narrativa ha sido reconocida con los premios: David de Cuento, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), en 1999; Premio de Cuento de La Gaceta de Cuba, en dos ocasiones, 1998 y 2008; Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar, en su primera convocatoria en 2002; Premio Nacional de la Crítica, en 2007; Premio Alejo Carpentier de Cuento 2011, entre otros. Ha trabajado como editor para numerosas instituciones culturales cubanas como la Casa de las Américas (1997-2008), Editorial Arte y Literatura, el Centro de Investigaciones y Desarrollo de la Música Cubana. Fue Jefe de Redacción de la revista Unión (2008-2011).

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