Caibarién: avenidas inconclusas y aceras mortíferas para peatones

Caibarién: avenidas inconclusas y aceras mortíferas para peatones

El estado de la principal arteria del municipio ha vuelto inviable el paseo peatonal, mientras se acicala despampanantemente la entrada del pueblo

SANTA CLARA, Cuba.- Herminia V. González (77) murió encamada, siendo todavía una mujer fuerte. Complicaciones derivadas de una operación de cadera el pasado mes tras la caída en un hueco del contén aledaño a su casa, le aceleraron el postrero viaje.

La occisa residía en la avenida 23 y calle 14, con su hijo mayor, y para ir al agro a menudo tenía que subirse a las orillas mal cementadas de aquella calle adyacente, hasta que un traspié, en un agujero surgido de la noche a la mañana, la desgració.

Como Lorenza de la Rosa —otra invalidada—, medio centenar de lesionados durante el último lustro (datos del Cuerpo de Guardia del Hospital Municipal María del Carmen Zozaya), documentados como “accidentes” en aceras de la calle 14 (o Jiménez, como se le conoce), sufrieron algún descalabro con impedimenta posterior que pudieron evitarse de haber existido señalización.

Lo cuenta una enfermera/amiga que lleva 22 años en aquel salón de primeros auxilios: “qué no habré visto yo pasar por mis manos”, y lo expresa casi avergonzada.

Hasta ahora, en medio del holocausto al que han sometido las vías peatonales sin referir autoría/responsabilidad, solo las cabillas torcidas anuncian que, de caerse, no se saldrá ileso. Si alguien sensibilizado con el daño lo advierte poniendo un palo con trapo colorado estilo Medioevo, terminan por robárselo o ahogarlo en fangos cloacales e ignoramos las razones.

Un señor de avanzada edad (84), cuyo nombre no quisieron autorizar los familiares, fue encontrado la semana antepasada, al amanecer, con la pierna partida dentro del enorme cráter que “adorna” la misma calle —entre las avenidas 13 y 15—, 2 horas después de provocársele lesión intracraneal severa, consecuencia del golpe contra el contén que le impidió quejarse.

Una menor nombrada Teresita Rivas, vecina del reparto Dolores, escapó de la mano materna en la tarde del pasado 25 de septiembre y, trastabillando, cayó, atravesada en la clavícula por un hierro oxidado, cerca de la farmacia en donde hacían cola.

Rivas fue remitida al Hospital Infantil de Santa Clara (ONDI) —desde el recinto remediano donde se atienden a nuestros niños, porque el de aquí no tiene pediatras ni salas habilitadas para infantes o madres desde tiempo inmemorial—, y su caso no quedará registrado en las estadísticas municipales, como muchos otros acaecidos a coetáneos suyos, porque no fue asistida donde se accidentó.

Durante la década de los 90s se “acometieron tareas priorizadas” en el sector comunal, de la mano de instituciones adscritas al gobierno de turno, presidido por la también remediana Cristina Mendiondo.

Algunas obras constructivas contaban con un ambicioso proyecto, pospuesto e incumplido, con el agravante de que ya no existían recursos para llevarlas a término con mínima calidad.

Aunque los comunistas no suelen intimidarse frente a naderías presupuestarias, encargaron a devotos legionarios, acostumbrados al duro chorro de petrorrublos, emprender la “misión bajada de la máxima instancia”, y terminar de enlosar las aceras ochenteras “de la calle que conduce a la playa y el hospital”, con unos moldes improvisados de hormigón, tan precarios que comenzaron a hacerse migas en cuanto la naturaleza les cayó arriba, porque descarriaron el cemento a otros confines y contaminaron los áridos en el fervoroso trasiego constructivista.

La preferencia por arreglar solo esta calle —y dejar las demás hundirse entre baches pútridos—, no correspondía a un capricho partidista más, sino a la orientación del entonces secretario provincial del PCC: Miguel Mario D-C Bermúdez (tildado “lo más grande”). Para tales propósitos recomendó —en 2006— al luego defenestrado Carlos Lage, para que “pusiese su mano” poderosa sobre la inconclusa maestranza ingenieril. Años más tarde no hizo falta que ocurriera un tsunami para ver la instalación devastada —¡y de qué manera!—, con lo que el ilustre ex primer ministro supervisó y financió.

Hoy día, ningún organismo asigna un triste peso de sus ridículos fondos para impedir nuevos accidentes en este pueblo “Socialista”, como se llama aún cierta bodega callejera que lo habita.

Paralelamente, la construcción de una explanada monumental donde han demolido docenas de árboles y una carretera en buen estado —de dos vías convertibles en 4 (cual oasis de bienvenida para que el turista no vea el desastre que la villa oculta)—, se quedó también sin recursos.

Algunas de las “nuevas tareas de choque” de la Unión de Constructoras Militares (inversionista), cuyos vehículos gerenciales no transitan por la atrofiada avenida, debería ser auxiliar con equipos todoterrenos, pues no les duele lo que ocurra en el caserío profundo, sus callejones anegados, ni tampoco los contenes que se desploman con gente inocente encima.

La antigua calle mayor de Caibarién, punto cohesionador de personajes liliputienses y accesible al tránsito constante de guaguas, ambulancias, carricoches y transeúntes, es hoy lugar seguro donde estropearse, y probablemente perder hasta la vida.

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