Mario Echevarría, heredero de Cayo Coco: “En mayo de 1959 nos habían quitado todo”

Su historia es la de una dinastía familiar despojada, la de un exilio con apenas 100 dólares en el bolsillo y la de una incansable batalla legal por la dignidad de su herencia.
Mario Echevarría
Mario Echevarría (Foto: Darcy Borrero Batista)

MIAMI, Estados Unidos ― A sus más de 90 años, la mirada de Mario Echevarría (Morón, Cuba, 1935) conserva la fijeza de quien ha tenido que plantarle cara a la historia, a los tribunales y a las multinacionales. Sentado de traje con la prestancia de los hombres que se forjaron a sí mismos en el siglo XX, Echevarría no habla de derrotas, sino de batallas ganadas y de un principio inquebrantable que ha regido su existencia desde la juventud y que aplicó incluso durante sus años en la multinacional General Electric: “Controla tu destino. Si no, vendrá alguien y lo hará por ti”. 

La conexión de Mario con la cultura vasca proviene de su infancia en Cuba, inculcada por su tío abuelo Andrés Echevarría Basabe, quien desde que Mario era niño le repetía: “Sois vascos, sois vascos”. Su apellido original en euskera se escribe con “TX” (Etxebarria), que significa “la casa nueva”.

Por parte de madre, su familia era de origen vizcaíno (Ochoa Fornaris), y por la parte paterna, una mezcla de orígenes: santanderino (Cuevas) y de nuevo vizcaíno (Echevarría). Su familia solía discutir en euskera, aunque no se lo enseñaban a los jóvenes.

En la década de 1950, Mario viajó a estudiar a la Universidad Estatal de Luisiana (LSU). Su abuela, una mujer de gran fortuna en Cuba, se oponía al viaje temiendo que “se perdiera” y no regresara.

La segregación racial que vio en Luisiana hizo que Mario regresara a Cuba con la firme idea de no volver a Estados Unidos. En la Universidad de La Habana conoció a su esposa, una bióloga e investigadora de la Academia de Ciencias de Cuba, con quien se casó en 1961. Sin embargo, tras la llegada del castrismo, Mario detectó rápidamente que el sistema “no servía” y preparó la salida de su familia.

Aunque muchos le reconocen una lucha frontal contra la dictadura cubana, él prefiere matizar sus victorias con una sensibilidad distinta. No se trata de una cruzada ideológica abstracta, sino de un compromiso humano y directo con los suyos. 

El origen de su lucha se remonta a mayo de 1959, cuando el régimen cubano intervino las propiedades de su familia, despojándolos de absolutamente todo. Su abuela, Elvira Cuevas Angulo, era una de las herederas de Cayo Coco, un territorio que originalmente adquirió el padre de ella de la familia de su esposa. Décadas después, al ver que diversas compañías operaban en sus tierras legítimas sin su autorización, Echevarría decidió emprender la batalla en los tribunales. 

Cayo Coco: “Quedó demostrado que somos los dueños legítimos”

―Don Mario, a usted se le reconoce ampliamente por esa batalla tenaz contra el régimen cubano. ¿Cómo define hoy ese esfuerzo de tantos años?

―Mira, no es contra la dictadura de Cuba. La batalla mía ha sido protección a los que están allá, a los que quedan allá. Yo nunca he dejado de mandarles. Nunca mandé dinero directamente porque yo no podía hacerlo, pero siempre buscaba a un tercero. Quería mandarles dinero a los únicos familiares de mi abuela, que era la dueña de Cayo Coco en Cuba. Es más, yo quería comprarles hasta una casa para que vivieran. Mandaba dinero para mi pueblo, para la gente que conocía.

―¿De qué pueblo estamos hablando?

―Está en los alrededores de Morón. Se llama Punta Alegre. Yo fui rebelde toda la vida. En primer lugar, cuando vine a estudiar a este país [Estados Unidos], mi abuela, que era la dueña de Cayo Coco, no quería; decía que me iba a perder. Y de cierta manera, al final fue verdad.

―Es curioso el origen de esa propiedad familiar. ¿Cómo llegó Cayo Coco a manos de su abuela?

―No, ella era la dueña, pero el padre de ella lo adquirió. Cayo Coco era de la familia de la mujer de él, pero él se lo compró a todos. Tuvieron seis hijos: tres normales y tres sordomudos. Yo llegué a conocer a una de ellos, a Teresa. Por eso, en mi vida, siempre que nace un niño en la familia, hasta que no oigo que habla y que entiende, no soy feliz. Pero nunca más volvió a nacer ninguno con esa condición; quedó en esa generación.

El choque cultural y el camino al exilio

La rebeldía de Echevarría lo llevó a contradecir los deseos de su abuela y viajar a los Estados Unidos para estudiar. Allí se enfrentó a una realidad universitaria marcada por la segregación, un entorno donde todos los estudiantes eran blancos. 

“Yo quería practicar el inglés y me ponía a hablar con el pobre muchacho que limpiaba, que no era blanco”, relata con nitidez. Su compañero de cuarto, extrañado, le preguntó si le gustaban las personas que no eran blancas. La respuesta de Mario fue tajante: “Hablo con él porque quiero practicar el inglés, pero hablo con él porque en Cuba somos iguales”. Esa misma tarde, el compañero abandonó la habitación.

Al regresar a la Isla, su perspectiva había cambiado por completo. Tras casarse, en lugar de establecerse en Estados Unidos, decidió partir hacia España. Detrás dejaba el sueño truncado de fundar una firma junto a su hermano abogado: “Echevarría y Echevarría, abogado y contador”. 

―Debe haber sido un momento sumamente difícil ver fracturarse ese proyecto familiar.

―Yo fui con mi hermano hasta la estación de ómnibus llorando. Y cuando la guagua salió, dije: “Bueno, Dios mío, ahora la vida es mía”. Ya estaba casado y no quería venir para acá [Estados Unidos], pero al final el sistema me hizo salir. Me fui para España. Llegué con mi mujer, mi hijo y 100 dólares. En mayo de 1959 nos habían quitado todo en Cuba. Todo.

La reconstrucción en España y el ascenso en General Electric

En España, el ingenio y la determinación de Echevarría no tardaron en abrirle puertas. Un grupo de compatriotas le informó que General Electric necesitaba ayuda para separar los libros contables de sus fábricas de televisores y de electromedicina. Mario asumió la tarea. Al poco tiempo, la empresa vendió la fábrica de televisores.

“Pensé que me había quedado sin trabajo”, recuerda. Sin embargo, sus superiores vieron su potencial y le ofrecieron un puesto en Bilbao, bajo una condición estricta impuesta por su jefe: si quería hacer carrera, debía cursar el Financial Management Program. Fueron dos años y medio de arduo estudio compaginado con el trabajo. Al graduarse, el directivo estadounidense Dale F. Frey (1932-2016) le aseguró que acababa de abrir de par en par las puertas de General Electric. Fue el inicio de una exitosa trayectoria corporativa.

A los 61 años, cuando General Electric comenzó a ofrecer jubilaciones anticipadas, Mario decidió acogerse al retiro porque ya no quería seguir viviendo en un avión (dice que cinco veces llegó a darle la vuelta al mundo en una sola semana, siempre en primera clase: los equipos de GE se fabricaban con participación de Japón, Francia y EE.UU., y tenía que estar comunicándose con todos y visitándolos) y su prioridad era pasar más tiempo con su esposa. “Me daba pena con mi mujer porque yo pasaba demasiado tiempo en un avión, entonces dije que me retiraba y lo hice”.

Inicialmente, la empresa le dijo que esa opción de jubilación no era para él debido a su alto cargo y la gran carga de trabajo que asumía para la empresa, pero Mario dice que dio la batalla internamente, argumentando que el beneficio era para todos. “Fue un desastre aquello. Como yo trabajaba con los japoneses, me pidieron que fuera a Japón a reunirme con el director de Mitsubishi, quien llegó a confesarme que hasta antes de trabajar conmigo, pensaba que las únicas personas en el mundo que trabajaban bien eran los japoneses”. Así que, dice, tuvo que viajar por el mundo explicando que el retiro era una decisión estrictamente suya y no de la corporación.

El retiro de General Electric le correspondía a él y, bajo las condiciones normales, su esposa no podía heredar esa pensión, aunque sí la del Seguro Social. Para evitar que ella se quedara desamparada en caso de que él falleciera, Mario negoció un acuerdo especial directamente con el tesorero y vicepresidente de General Electric, Dale F. Frey, para asegurar que ella pudiera heredar su pensión.

Mario aclara que su pensión no es alta debido a que trabajó muchos años en España y menos tiempo en Estados Unidos, por lo que no acumuló todo el tiempo de cotización en este último país.

La batalla legal por Cayo Coco: David contra Goliat

A pesar de su éxito profesional, el despojo de las propiedades familiares en Cuba seguía siendo una herida abierta y un asunto de justicia pendiente. Esto lo llevó a emprender una serie de demandas en tribunales de Estados Unidos contra las corporaciones que vendían reservas en los hoteles de Cayo Coco sin la autorización de la familia. Pudo hacerlo desde 2019, cuando el gobierno de Donald Trump activó el Título III de la Ley Helms-Burton, que permite a ciudadanos estadounidenses demandar a quienes se beneficien de propiedades confiscadas por el régimen cubano.

―¿Cómo se desarrollaron esas demandas judiciales por el uso no autorizado de Cayo Coco?

―Han existido tres demandas. En la primera, una empresa —de la cual no diré el nombre— decidió ofrecerme un acuerdo; me pagó, yo tomé el dinero y lo repartí entre las siete cabezas de la familia, tanto aquí como allá. Con ese dinero, esas personas también pudieron salir de Cuba. El segundo juicio lo gané, pero el juez se tomó cuatro meses y luego canceló el proceso de manera totalmente ilegal.

―¿Y qué ocurrió en el tercer juicio?

―En el tercero ya venían preparados. Fue contra Expedia. Yo quería ponerles el pleito por haber operado en Cayo Coco, siendo mío, sin mi permiso. Pero en este último juicio compraron al jurado. Así que tomé la palangana como Poncio Pilatos, me lavé las manos y dije: “Hasta aquí”. De cualquier forma, Expedia ya no opera en Cuba.

Los expedientes judiciales cuentan una historia distinta. El juicio que Echevarría dice haber ganado fue también contra Expedia y tres de sus filiales: en abril de 2025, un jurado federal de Miami le dio la razón y fijó una indemnización de 29,85 millones de dólares por cada demandado, unos 119,4 millones en total. El 5 de septiembre de 2025, el juez federal Federico A. Moreno anuló esos veredictos. El juez aceptó que Echevarría heredó el 12,5% de Cayo Coco y que el régimen cubano confiscó la propiedad, pero concluyó que Expedia Group, como sociedad matriz, no hizo ninguna reserva en los hoteles, y que sus filiales dejaron de venderlas antes de recibir el aviso formal de la reclamación. 

El 31 de agosto de 2026, en un nuevo juicio contra Expedia, otro jurado de Miami rechazó su demanda al concluir que no había probado quién en su familia era el titular de la reclamación.

Reflexiones sobre la historia, Franco y el pueblo vasco

Su larga estancia en España y su paso por Bilbao moldearon en Echevarría un profundo respeto por las identidades regionales, especialmente por el pueblo vasco, lo que le lleva a analizar con ojo crítico la historia contemporánea española.

―Vivió de cerca los años del franquismo en España. ¿Cómo analiza hoy esa época?

―Yo personalmente le estoy agradecido a Franco. Pero hubo una ignorancia de su parte. Tú no puedes ignorar a un pueblo que forma España; España no es una sola. Uno de esos pueblos es milenario, y todavía no se sabe de dónde salió: el pueblo vasco. Me duele decirlo porque respeto en cierta manera a Franco, pero su ignorancia sobre el euskera lo llevó a prohibirlo. Los campesinos vascos, poseedores de un idioma milenario, no podían hablar su propia historia. No quiero que se me malinterprete, no lo estoy defendiendo; solo digo que fue un grave error de Franco.

―¿Y cómo encajan los movimientos considerados terroristas de aquella época en ese análisis?

―Los etarras en ese escenario estaban buscando su libertad, y el “hijo de la Gran Bretaña” de Cuba, Fidel Castro, los usó. Cuando llegó la democracia a España, los etarras se echaron a un lado y no siguieron siéndolo, porque ya podían hablar su idioma, que es milenario, más viejo que el castellano, el latín y el griego. Nos prohibieron que los campesinos hablaran el euskera y eso era criminal. Eran personas que bajaban de la montaña y no sabían castellano y las maltrataban. 

ETA asesinó a más de 850 personas, la gran mayoría después de la muerte de Franco, en 1975. La organización anunció el cese definitivo de su actividad armada en 2011 y su disolución en 2018.

Mario, que pasó un total de 40 años viviendo en el País Vasco y siendo testigo del recorrido de ETA, llegó a temer que su hijo se uniera a la organización. Le bastó una escena para sentir el peligro: “Venía mi hijo entre un grupo de manifestantes vascos gritando ‘Viva Euskadi libre’ [Gora Euskadi askatuta], y tuve que decirme mentalmente: quien te va a ‘askatutar’ a ti soy yo. Y lo mandé a Irlanda a estudiar inglés y yo vine a EE.UU. con General Electric”.

A los representantes de la compañía les explicó que tenía “un problema familiar”. “Yo tengo a mi hijo en Irlanda estudiando inglés y no quiero que se me meta en la ETA”. No era el trabajo de sus sueños, que era el que tenía en España, a cargo de miles de empleados. Pero, según recuerda, consiguió lo que muy pocos: en una época en que los estadounidenses que trabajaban en España con GE volvían a EE.UU. sin trabajo, a él su superior le garantizó un puesto. Solo tuvo que esperar unos meses en España hasta que Dale F. Frey tuvo una cena con él en la que elogió su hacer y decir. “Mario convence”, le dijo, según su relato: “You got a job in New York” (“Tienes trabajo en Nueva York”).

El orgullo de un nombre

Hacia el final de la conversación, Echevarría rememora con una sonrisa una anécdota de su juventud que ilustra su carácter altivo y consciente de sus orígenes. Ocurrió cuando era estudiante en Estados Unidos y un barco español atracó en Nueva Orleans, invitando a los estudiantes hispanos de la universidad a bordo.

“Cuando nos presentamos, yo dije: ‘Mario Echevarría’”, relata con orgullo. El capitán del barco le preguntó si sabía el significado de su apellido. “Sí, lo sé. Significa ‘la casa nueva’”, le respondió Mario, añadiendo un comentario histórico que el capitán no quiso aceptar del todo. Aquella audacia y conocimiento hicieron que, de todo el grupo, él fuera el único estudiante invitado a cenar en la mesa del capitán.

Hoy, con la mirada puesta en el pasado y la satisfacción del deber cumplido, Mario Echevarría personifica la resistencia de una generación que lo perdió todo en su patria, pero que jamás permitió que nadie controlara su vida. Y aunque dice que a estas alturas a veces se siente más español que cubano, o que le toca más lo que sucede en España que lo que no acaba de suceder en Cuba, no descarta que sus hijos estadounidenses continúen lo que él empezó. 

“A mis 91, ya camino a los 92, no es fácil estar ocho horas en un juicio. Porque de cierta manera, aunque no lo parezca, soy un anciano. Y mi cerebro, aunque se mantiene bastante claro, es el de un anciano. Ya yo le dije a la familia que yo terminé”, explica. Pero la puerta para litigar queda abierta para sus descendientes. El fundamento para que las futuras generaciones puedan seguir adelante es que la familia conserva la documentación legal histórica: “Tenemos las escrituras de Cayo Coco. Las tenemos”.

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