No podrán con el reguetón

No podrán con el reguetón

El reguetón es la banda sonora idónea para este país de “sálvese el que pueda y despelote nacional”

LA HABANA, Cuba, diciembre, 173.203.82.38 -Como desde hace más de seis  años el reguetón es casi la única ¿música? que se escucha en Cuba a toda hora y en cualquier lugar, llegué a temer que duraría tanto o más que el castrismo. Pero  a juzgar por lo preocupados que andan por la UNEAC y el Instituto Cubano de la Música con las letras groseras, obscenas y machistas de los reguetoneros, parece que  los mandamases  van a acabar -por decreto- con  el abominable reguetón un poco antes.

Recientemente, Orlando Vistel, el despótico director del Instituto Cubano de la Música, anunció en el periódico Granma la purga musical que se avecina: hay una ley en preparación que regulará el uso público de la música. Vistel amenazó con severas sanciones que pueden llegar hasta el retiro del permiso para actuar a los que interpreten canciones con letras “agresivas, obscenas, sexualmente explícitas” o que presenten a las mujeres como “grotescos objetos sexuales”.

Me quedo corto si digo que no soporto el reguetón, me es un suplicio, un vomitivo, pero no me alegra para nada que vayamos a descansar de él porque así lo determine un puñado de pacatos y comisarios  reminiscentes del Decenio Gris, que se creen con derecho a decidir qué música escuchan o dejan de escuchar los cubanos.

De nuevo se quieren arrogar el derecho a  prohibir -por motivos ideológicos, pujos elitistas o pura payasada-  determinados tipos de música, como hicieron en su momento con los Beatles, el rock y hasta con cantantes tan inocuos como José Feliciano y Roberto Carlos.

La mala noticia para los mandamases es que no podrán con el reguetón.  Para bien o para mal, las nuevas tecnologías han democratizado el consumo de la música: hoy cada cual recopila y escucha la música que se le antoja. También y sobre todo, la más banal o vulgar. Eso lo sabe hasta el zoquete de Orlando Vistel.

¿Qué importa que los mandamases  hagan asquitos al reguetón y no lo pasen por la radio?  Los chicos continuarán escuchando en todos los barrios, en todos los “bonches”, con los baffles en la acera, a todo meter, las canciones tan zafias y groseras como ellos mismos, con letras con un  sentido tan  doble y triple como la moral –o absoluta falta de ella- de los fariseos sin una gota de clase que  pretenden reeducarles el gusto.

Los ostentosos reguetoneros y su público,  simulan como pueden la sociedad de consumo, que por prohibida, idealizan.  Pugnan también por ser triunfadores. Como las jineteras, los macetas y los hijos de papá…El buen gusto, los modales, los valores, son otra historia. ¿Qué referentes tienen los hijos del hombre nuevo, qué patrones a seguir han tenido? ¿Cómo van a ser de otra manera?

En la sociedad cubana finalmente se impusieron la vulgaridad, la chabacanería, el mal gusto y la marginalidad. No es que los patrones musicales refuercen estándares incongruentes con los valores de la sociedad cubana. Todo lo contrario: la realidad se parece al reguetón. Y viceversa. Es un perfecto círculo vicioso.

En Cuba se vive la apoteosis de la chusmería. El reguetón cayó en su justo tiempo y en el lugar preciso: es la banda sonora idónea para el sálvese el que pueda y el despelote nacional.

Podrán  no difundir el reguetón por la radio y la TV, proscribirlo de los lugares públicos, prohibirlo oficialmente, pero así no van a poder acabar con él. Como mismo no pudieron acabar con el rock.  ¡Cuidado, no vaya a ser que dentro de veinte años le levanten una estatua a Daddy Yankee –o al Chacal – en un parque del Vedado!

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Caricatura de Omar Santana publicada en El Nuevo Herald

Acerca del Autor

Luis Cino

Luis Cino

Luis Cino Álvarez (La Habana, 1956). Trabajó como profesor de inglés, en la construcción y la agricultura. Se inició en la prensa independiente en 1998. Entre 2002 y la primavera de 2003 perteneció al consejo de redacción de la revista De Cuba. Fue subdirector de Primavera Digital. Colaborador habitual de CubaNet desde 2003. Reside en Arroyo Naranjo. Sueña con poder dedicarse por entero y libre a escribir narrativa. Le apasionan los buenos libros, el mar, el jazz y los blues.

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