La capa de Superman

La capa de Superman

Pongo por caso el uso inadecuado que los médicos y otros profesionales de la salud hacen de sus batas blancas

LA HABANA, Cuba, diciembre (173.203.82.38) – La televisión cubana ha estado insistiendo últimamente en la necesidad de que los amigos y conocidos se besen menos, como una medida para evitar la propagación de enfermedades contagiosas. Tal vez no sea un mal consejo, sopesados los beneficios y perjuicios.

Malo es cuando se compara con otras recomendaciones que ni la televisión ni nadie brinda, aun cuando resultarían más saludables.  Pongo por caso el uso inadecuado que los médicos y otros profesionales de la salud hacen de sus batas blancas.

Un día cualquiera, a cualquier hora, cuando uno de estos profesionales llega a su consulta o a su laboratorio, ha recorrido ya numerosas calles, ha subido y bajado de los camellos y de otros vehículos de transporte público, ha pasado por sitios más y menos concurridos y se ha rozado con todo tipo de transeúntes. Y siempre con sus batas blancas, las mismas que se pusieron antes de salir de casa y con la cuales seguirán trabajando durante toda la jornada.

Por más que lo veamos desde un ángulo contemporizador, cuesta admitir que esta práctica sea menos dañina para la salud general que la del beso entre amigos.

Aunque no sea suficiente para justificar una tendencia tan poco higiénica, e incluso peligrosa -más cuando se ha convertido en constante entre la generalidad de estos profesionales- no sería justo dejar de reconocer que la bata blanca ha representado para ellos una tabla de salvación en muchos aspectos. No por gusto un amigo personal, que es médico, le llama la capa de Supermán.

Si llevan la bata blanca puesta, a los profesionales de la salud les resulta más fácil coger botella en las paradas del ómnibus que se demora o no pasa. También les facilita comprar ciertos productos sin hacer colas. Podría decirse que esa prenda actúa como una especie de acreditación ante la cual el público se considera, justamente, en el deber de demostrar agradecimiento y deferencia para con los centinelas de su salud. Es, en suma, la base de un intercambio social bonito. Lo feo en todo caso son las circunstancias que están condicionándolo.

Los profesionales de la salud representan hoy el último soporte, aunque sea a medias, de los presupuestos de esto que todavía llaman la revolución cubana. Si no existieran otros motivos (pero existen y son poderosos), ese solo bastaría para que el régimen empleara algunos pocos de los muchos millones que obtiene por su conducto para facilitarles salir a la calle vestidos de Clark Kent o Louise Lane.

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