Sobre Diálogos Perversos

Sobre Diálogos Perversos

A propósito de un artículo que cuestiona la validez del diálogo entre la Iglesia Católica y el gobierno cubano

LA HABANA, Cuba, enero, 173.203.82.38 -Hace poco apareció en la prensa independiente una serie de tres artículos titulados “Diálogos Perversos”, escritos por Manuel Cuesta Morúa, dirigente del movimiento opositor Arco Progresista. En ellos el articulista cuestiona la validez del reciente diálogo sostenido entre la Iglesia Católica y el Gobierno cubanos.

Comoquiera que se trata de un tema que ha acaparado la atención nacional e internacional. Y como además el autor se caracteriza por la seriedad de sus argumentos, me siento tentado a emitir mis puntos de vista.

El diálogo exhibe dos aristas perfectamente distinguibles. En primer término, muy pocos podrían objetar la utilidad de las conversaciones del cardenal Jaime Ortega con Raúl Castro, en el sentido de haber propiciado la excarcelación (aunque con destierro en muchos casos) de un numeroso grupo de presos políticos.

Por otra parte -y esto es lo que más censura Cuesta Morúa-, podría pensarse que la Iglesia Católica constituye hoy el único interlocutor válido con que cuentan los gobernantes de la isla, relegando a un segundo plano al resto de los componentes de la sociedad civil.

En este punto parece decisivo, en aras de que nuestro juicio sea lo más justo posible, el intento por desentrañar las intenciones de la jerarquía católica al acudir al diálogo.

Por los antecedentes que obran hasta este momento, no creo que el interés de los obispos hubiese ido más allá de la liberación de los presos, así como la mediación para que se eliminaran los mítines de repudio contra las Damas de Blanco.

En reiteradas ocasiones la Iglesia Católica ha manifestado que ella no puede constituirse o actuar como un partido político de oposición -más o menos lo que le han exigido algunos, que le piden una actitud más contestataria frente al gobierno cubano-, pues aun cuando no permanece al margen de la problemática social de la nación, su tarea principal trasciende los marcos de nuestra existencia terrenal.

Esa línea de comportamiento la apreciamos también en los medios de comunicación de la Iglesia, los cuales, si exceptuamos la prensa opositora, son las únicas publicaciones que circulan en la isla con un criterio independiente al del Gobierno. A pesar de la posición aperturista, en mayor o menor grado, de algunas de ellas (Vitral, Espacio Laical, Palabra Nueva), en ocasiones no han querido -o no han podido- adoptar una postura francamente opositora. Recuerdo, por ejemplo, la no publicación por ellas del Proyecto Varela, o la negativa de abrir sus páginas al ensayista Rafael Rojas.

Tampoco debemos olvidar que muchos estados de opinión que circulan en la isla tienen su génesis en apreciaciones provenientes de la diáspora o de  otros analistas no oficiales del tema cubano. Y en el exterior existe una indudable impaciencia acerca del movimiento de la sociedad cubana, lo que lleva a que en ocasiones se sobredimensione a ciertos actores, o que determinados acontecimientos sean evaluados con una connotación superior a la que realmente poseen.

A veces he leído que los blogueros son la fuerza opositora más eficaz que enfrenta al régimen, o que solo las mujeres se comportan de una manera digna -en evidente alusión a las Damas de Blanco-, o la referida opinión que le atribuye el protagonismo a la Iglesia Católica.

La realidad, sin embargo, es que tanto la oposición histórica, como las Damas de Blanco, los blogueros, la prensa y los bibliotecarios independientes, y cualquier otro sector de la sociedad que se oponga al sistema totalitario, son importantes para la construcción de la Cuba futura.

También es cierto que el inmovilismo que muestran las autoridades de la isla reduce las posibilidades de un diálogo con ellas. Para sentarse a conversar es necesario que una parte reconozca a la otra, y después que estemos en disposición de hacer concesiones y desterrar la intolerancia.

Son premisas que se presentaron en el diálogo Iglesia-Estado, pero que no se vislumbran en un hipotético diálogo Estado-sociedad civil. Por eso, y aunque siempre he sido partidario del diálogo y no de la confrontación, creo que razones no le faltan a Cuesta Morúa para afirmar que ya se agotó el tiempo de la negociación con el gobierno cubano.

Mucho más cuando Raúl Castro, en su discurso de clausura de la última sesión de la Asamblea Nacional del Poder Popular, ha ratificado que los opositores son solo unos mercenarios al servicio del imperio.

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