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Miércoles, 22 de noviembre 2017

‘Weekend’ sin Fidel Castro

“En tiempos normales la calle está difícil, imagínate en estos días”

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Buses y almendrones continúan trasladando turistas a la Plaza (foto Augusto César San Martín)

Buses y almendrones continúan trasladando turistas a la Plaza (foto Augusto César San Martín)

LA HABANA, Cuba.- “Se murió Fidel y la calle está mala”, es lo que decía un vecino a otro cuando explicaba por qué no había salido a “trabajar”. Es un vendedor ambulante sin licencia estatal y no quería arriesgarse a que lo detuviera la policía. Su decisión no fue excepcional, también otros “trabajadores informales”, sin que fuese emitida una orden oficial, optaron por recogerse en sus casas para “evitar problemas”.

Pareciera que la gente, durante estos años, se hubiese estado entrenando para los acontecimientos de estas últimas horas. Saben que la vida nacional gira entorno de esa única figura y comprenden que se ha marchado en una época de sobrados desencantos y demasiada incertidumbre.

El anuncio de la muerte de Fidel Castro no ha provocado sobresaltos en la gente, aunque sí ha redoblado la cautela habitual en una población acostumbrada al ambiente policial, ya que gran parte de sus vidas debe transcurrir más allá de los márgenes de la legalidad.

“En tiempos normales la calle está difícil, imagínate en estos días”, me comenta un amigo al que le preocupa que mi condición de periodista para un medio no oficial sea motivo para enfadar a algunos de esos que se resisten a aceptar la muerte del líder comunista o que entienden lo que naturalmente sucede cuando se separa la cabeza del cuerpo o cuando a un moribundo se le diagnostica muerte cerebral. Lo biológico pudiera guardar estrechas relaciones con lo social, y no se debe descartar las reacciones de temor en algunos.

El anuncio del deceso de Fidel Castro impregnó el fin de semana de una atmósfera inusual pero no tanto que se pudiera intuir ese duelo con aires de tragedia que algunos pudimos imaginar veinte años atrás.

Hasta bien entrada la mañana del sábado, las calles estuvieron vacías y no se escucharon las voces de los pregoneros. Solo después de las 6 de la tarde se podían distinguir algunas conversaciones altas, peleas familiares, risas apagadas, más bien disimuladas, también músicas y audios de películas norteamericanas de acción. Las conversaciones continuaban siendo las cotidianas y solo la televisión y la radio se han empeñado en describir una atmósfera luctuosa y un sentimiento popular que difieren de la realidad.

Alrededor de mi casa hay varios distribuidores del llamado “paquete semanal”. Algunos aseguran que el flujo de clientes se multiplicará enormemente este fin de semana tal vez debido a que fue suspendida la programación televisiva habitual así como las actividades en los centros culturales y recreativos.

“La gente está muy normal. Están silenciosas porque nadie quiere marcarse”, dice un vecino que también asegura que en la entrada de la barriada detuvieron a dos por escuchar música a todo volumen. Me lo dice entre susurros pero después cambia el tema para hablar de lo malo que se pondrá el transporte este lunes cuando expongan los restos de Fidel en la Plaza y de la posibilidad de que la bodega y la panadería solo despachen hasta el mediodía.

En las calles, la sensación generalizada es esa que nos dejan las dilatadas agonías de los enfermos terminales. Una mezcla de sentimientos encontrados donde hay algo de compasión y mucho de indiferencia, una actitud que, para algunos, es la más adecuada cuando tenemos algo que decir y no nos permiten hacerlo.

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Acerca del Autor

Ernesto Pérez Chang
Ernesto Pérez Chang

Ernesto Pérez Chang (El Cerro, La Habana, 15 de junio de 1971). Escritor. Licenciado en Filología por la Universidad de La Habana. Cursó estudios de Lengua y Cultura Gallegas en la Universidad de Santiago de Compostela. Ha publicado las novelas: Tus ojos frente a la nada están (2006) y Alicia bajo su propia sombra (2012). Es autor, además, de los libros de relatos: Últimas fotos de mamá desnuda (2000); Los fantasmas de Sade (2002); Historias de seda (2003); Variaciones para ágrafos (2007), El arte de morir a solas (2011) y Cien cuentos letales (2014). Su obra narrativa ha sido reconocida con los premios: David de Cuento, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), en 1999; Premio de Cuento de La Gaceta de Cuba, en dos ocasiones, 1998 y 2008; Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar, en su primera convocatoria en 2002; Premio Nacional de la Crítica, en 2007; Premio Alejo Carpentier de Cuento 2011, entre otros. Ha trabajado como editor para numerosas instituciones culturales cubanas como la Casa de las Américas (1997-2008), Editorial Arte y Literatura, el Centro de Investigaciones y Desarrollo de la Música Cubana. Fue Jefe de Redacción de la revista Unión (2008-2011).

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