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Viernes, 19 de enero 2018

Mi preparación militar para la guerra de Angola

Fueron miles los muertos y los mutilados. Yo pude haber sido uno de ellos

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29 de febrero de 1988. Un grupo de soldados cubanos ayuda a las fuerzas armadas de Angola y al Movimiento Popular para la Liberación de Angola, cerca de Cuito Cuanavale, al sur de Angola (AFP)

LA HABANA, Cuba.- El año 1976 marcó mi vida con un acontecimiento imborrable en la memoria: fui llamado por la reserva militar a participar en los entrenamientos que se efectuaban para combatir en Angola.

Tenía por entonces 29 años, trabajaba como maestro en la Educación de Adultos y estudiaba además para alcanzar el título de Profesor de Curso Secundario. Me encontraba en la etapa final de mis estudios cuando recibí la notificación de incorporarme a la preparación militar.

Nos montaron en camiones del ejército sin decirnos al sitio al que nos dirigíamos. Durante el trayecto adivinamos que el destino era algún lugar en la provincia de Pinar del Río.

Cuando llegamos a las inmediaciones de Candelaria, nos adentraron en el lomerío del lugar  hasta que se nos dio la orden de descender de los camiones.

El punto escogido por la dirección militar fue la célebre Loma del Taburete, lugar que sirviera diez años atrás como base de entrenamiento del Che Guevara y sus hombres antes de ir a Bolivia a crear la guerrilla.

El campamento era un espacio al aire libre dentro de la zona boscosa. Para lograrlo hubo que hacer a machete un claro en medio de aquel bosque para acomodarnos.

En esta región agreste había una población campesina dispersa, dedicada a la agricultura y la crianza de ganado, que se encontraba recelosa por la presencia de tantos militares armados.

Se nos habilitó con fusil, mochila, cantimplora, un recipiente para comer, una máscara antigases y una hamaca.

Nos despertaban  a las cinco de la madrugada. Antes de las seis nos daban un poco  de leche aguada y pan si había. Eso era todo hasta que llegase el horario de almuerzo.

El magro almuerzo  lo daban cuando terminaba la instrucción que recibíamos, si para entonces ya había llegado la comida (la preparaban en una cocina improvisada en la región).

Al llegar la noche, de cena nos daban algo similar y eso era todo hasta el próximo día.

La principal preparación consistía en largas caminatas y carreras. Subíamos y bajábamos lomas constantemente. Seguíamos al instructor guía que conocía el lugar como la palma de su mano. El objetivo era que aprendiéramos a orientarnos en medio de una selva.

Otra de las facetas del adiestramiento era aprender a subsistir con los frutos que encontráramos en los recorridos. Cuando el hambre apretaba, comíamos cualquier cosa que viéramos. Yo siempre imitaba al que iba delante de mí. Si él cogía algo de un árbol, yo también lo hacía. En cierta ocasión, en un breve descanso durante el camino, comí hasta palmiche maduro que había tirado en el suelo.

Durante este tiempo solo pudimos bañarnos, con la ropa puesta, en un río cercano, a los 17 días de llegar.

Varias veces tuvimos que caminar por el lecho pedregoso de ese río, con el fusil en alto para evitar que se mojase. Dos o tres resbalaron en las piedras, cayeron y por poco se ahogan.

Hubo un compañero del grupo que se aventuró a relacionarse con un campesino que vivía cerca del campamento, algo prohibido pues nuestra misión no podía divulgarse. Al descubrir los jefes la situación, amonestaron en público al infractor. La falta traía como consecuencia un informe al centro de trabajo, lo que equivalía a ser despedido.

Algo que llamó la atención de varios reclutados fue el poco entrenamiento de tiro que hicimos en este lugar. Solamente una noche nos condujeron a un punto donde tiramos una granada y efectuamos pocos disparos con un viejo fusil M-52.

Al lanzar mi granada, explotó tan cerca del lugar, que por poco mato a otro compañero. Y los pocos disparos que hice jamás dieron en el blanco, pues soy miope y mi visión de noche se reduce bastante.

La mayoría de los movilizados no sabía tirar. Para dar la sensación de que habían dado en la diana, perforaban el cartón de muestra y así señalaban una capacidad que realmente no existía.

Mi batallón fue desmovilizado cuando se supo que las tropas cubanas en Angola habían logrado instalar y afianzar en el gobierno al MPLA, lo cual presentaban como una gran victoria.

Al regresar a mi casa, mi madre tuvo que curarme las lesiones en la piel por las picadas de mosquitos, garrapatas y sarna.

Hoy me pregunto cuántos cubanos sin la debida preparación fueron a una guerra que no era en su patria y murieron debido al capricho de la alta dirigencia.

Fueron miles los muertos y los mutilados. Yo pude haber sido uno de ellos.

jorgeluigonza72015@gmail.com

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Acerca del Autor

Jorge Luis González Suárez

Periodista independiente

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