Marcelo Martín, cronista del desastre

Marcelo Martín, cronista del desastre

“Estos son los que van al Primero de Mayo a luchar y después siguen muertos de hambre”

Fotograma de 'Tren línea norte ' (Cortesía)
Fotograma de ‘El tren de la línea norte’ (Cortesía)

LA HABANA, Cuba.- Cuando Marcelo Martín decidió hace poco radicarse en Estados Unidos, el cine que se hace en Cuba —no el cine cubano de cualquier parte— perdió a un poderoso documentalista. Una vez más, las condiciones adversas para la creación obligan a un artista a buscar caminos fuera de su tierra.

“Cuba es un país socialista de la América Latina insular donde el Estado es el dueño mayoritario de los medios de producción con el objetivo de garantizar el bienestar de todos los ciudadanos”, leemos al inicio de El tren de la línea norte, con el que Martín obtuvo el año pasado el premio al Mejor Largometraje Documental en el Festival Internacional de Cine Pobre en Gibara.

Como ese Estado no solo es dueño mayoritario de los medios de producción, sino también de los medios de comunicación, la exhibición de su filme fue prohibida, a pesar de aquel galardón y de que en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana recibió el Premio Caracol 2015 como Mejor Obra de No Ficción.

Marcelo Martín nació en La Habana en 1980, se graduó de Diseño de Comunicación Visual en el Instituto Superior de Diseño, comenzó como realizador de publicidad en la televisión, enseñó en la Escuela Internacional de Cine y TV de San Antonio de los Baños y su obra documentalística incluye Air Supply, una brisa de amistad (2005), Malegría (2006), Misa por Cuba (2007), Séptima estación (2009), A ultranza (2010) y Elena (2012).

Quizás este último y El tren de la línea norte sean sus dos trabajos más destacados, muy lejos del simple “turismo pobrista” que solo grafica el desastre. Se ha hecho mucho cine sobre la destrucción urbana, el colapso habitacional y los barrios marginales en Cuba, sobre todo en La Habana, constituyendo ya casi un género con varios subgéneros, pero Martín profundiza muy seriamente en esos graves problemas que filma.

Elena comienza citando el artículo nueve de la Constitución de la República de Cuba —“El Estado: c) trabaja por lograr que no haya familia que no tenga una vivienda confortable”— y, partiendo del estado en que se encuentra el edificio Elena, en Vapor entre Espada y Hospital, trata la indescriptible crisis arquitectónica y habitacional que padecen los habitantes de Centro Habana.

Aparte de momentos inolvidables en este filme —como cuando un vecino narra cómo la escalera de la edificación se derrumbó “tal y como cayeron las Torres Gemelas”—, están los datos: el Elena, con 53 apartamentos, no ha sido reparado desde 1956, cuando el dueño, Falla Gutiérrez, lo vendió y se le hizo una “reparación de colorete”.

“En 1976”, se nos dice, “empezaron a mandar «brigaditas» e inspectores, que ni siquiera entraban al edificio y casi siempre lo declaraban irreparable”. Ya los moradores no creen que se vaya a hacer alguna reparación verdadera, aunque “no queremos que nos suceda un accidente y que nos caiga el techo en la cabeza. Queremos salir ilesos”.

Gregorio, un anciano revolucionario recién operado, prefiere dormir en el parque y comer por la calle, porque su apartamento se inunda de aguas albañales. No hay solución, le explican, porque “hay muchos camiones rotos y trabaja uno solo para los quince municipios de la provincia. Y hay muchas ciudadelas y edificios muy viejos que están en las mismas condiciones, o peores. He hablado con los dirigentes, pero no hacen nada”.

El cierre del filme son estos datos estremecedores: “En el municipio Centro Habana residen 163 763 personas en 46 277 viviendas. 22 712 viviendas se encuentran en mal estado y 4 198 en estado crítico. 24 311 personas de las que residen en Centro Habana, se encuentran en albergues de tránsito en comunidades externas. El escalafón de entrega de viviendas se encuentra en los solicitantes del año 1970. En el municipio Centro Habana ocurren, como promedio, 230 derrumbes anuales”.

El desinterés y la irresponsabilidad de las autoridades es lo que denuncian también los que viven en paupérrimas circunstancias en El tren de la línea norte. Si bien Elena se limitaba a una sola locación, aquí Martín realiza un road movie por varias poblaciones del norte de la provincia de Ciego de Ávila, partiendo de la ciudad de Morón, haciendo una larga estancia en Falla para terminar en Punta Alegre, ya en la costa.

Falla —poblado con especial significación personal para el realizador— deviene corazón del filme y es retratado en toda su devastación física, social y espiritual, la que fuera una de las más prósperas comunidades azucareras de la historia cubana. “Su historia es una realidad de muchos pueblos cubanos del interior, atrapados en la miseria y la desidia”, ha dicho Martín.

Este fue primero el batey del central Adelaida —construido por la misma familia Falla Gutiérrez, antiguamente dueña del edificio Elena—, pero hoy es un poblado espectral, habitado por gente amarga y desesperanzada, alegoría viviente de los cubanos que creyeron en la promesa de un futuro magnífico y hoy ni siquiera pueden obtener una respuesta decente de los tantos burócratas que pesan sobre ellos.

El tren de la línea norte, que aprieta el pecho durante una hora y cuarto, está dedicado a la memoria del músico Santiago Feliú, que compuso casi todos los temas de la banda sonora y que falleció durante la postproducción del filme.

La idea pavorosa que recorre ambos documentales es que el gobierno revolucionario se apoderó del país con el supuesto propósito de garantizar una vida digna para la inmensa mayoría de la población, pero eso ha estado muy lejos de ocurrir.

Edgar, un exconstructor, habla claro en Elena: “Ya no hay nada que averiguar. Ya todo se sabe: el pobre es pobre y el rico es rico. Aquí ya no van a venir a hacer nada, porque todos los que viven aquí son gente pobre. Y al final, estos son los que van al Primero de Mayo a luchar, a vencer, y después siguen muertos de hambre”.

[fbcomments]