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lunes, 28 de julio 2014

Partidos políticos religiosos

El rechazo a la participación de los partidos políticos cristianos claramente identificados como tales adquiere nuevas variantes

MIAMI, Florida, julio, 173.203.82.38 -Las elecciones efectuadas el pasado mes de junio en Egipto dieron la victoria al candidato Mohamed Mursi del partido islamista Hermanos Musulmanes en las primeras votaciones democráticas en toda la historia del país norafricano.

El presidente electo Mursi prometió desmarcarse de cualquier postura extrema de tipo religioso para gobernar con equidad y respeto a todos los componentes de la sociedad egipcia. A pesar de que estas declaraciones tranquilizan los temores de un despliegue de las fuerzas islamistas más radicales, no son pocos los que se mantienen escépticos ante el peligro que pueda significar un Egipto democrático regido por un régimen de carácter teocrático.

La expectativa de que el islamismo termine por dominar el ambiente político egipcio se analiza en el mundo occidental desde diferentes enfoques. Las posiciones que sobresalen son la de los que consideran la amenaza de lo que ellos denominan involución de la política dirigida desde conceptos religiosos y los que abogan por la aceptación de la voluntad popular expresada en las urnas de manera democrática. El punto que divide los criterios encontrados de estos dos grupos se encuentra en las bases de un gobierno sustentado en las fuentes coránicas y la influencia de los líderes religiosos en el desarrollo de la vida política.

Por lo general se da la contradicción de que quienes defienden la opción religiosa en la política para el mundo musulmán alegando razones de cultura se oponen cuando se trata de la participación política de partidos políticos de formación cristiana en Occidente. En este punto los términos se invierten pasando a ser considerados retrógrados e inaceptables aquellos que desde una identidad en la fe cristiana y desde la inspiración humanista de sus postulados, buscan influir con esos valores en el mundo político con un aporte que se constituye en núcleo medular de la civilización occidental, no obstante algunos traten de minimizarlo e incluso obviarlo.

A pesar de los errores – y horrores- cometidos por la iglesia de Cristo como institución no pueden negarse las grandes contribuciones que la misma aportadas por la identidad religiosa a la Humanidad en siglos de existencia. El saldo de los aportes positivos seguro supera con  creces al de los negativos.

No es casual que en numerosas ocasiones hayan surgido choques cuando la visión cristiana ha entrado en el terreno de la política, siendo blanco de ataques de aquellos quienes niegan el influjo sano de una doctrina que estorba los designios de los que buscan en el poder fines ambiciosos. Quizá el ejemplo más elocuente de lo que representa la política iluminada por la doctrina del cristianismo se puede colegir en la reacción de los totalitarios cuando del tema se trata. Adolfo Hitler lo tuvo muy en cuenta en sus criterios sobre la Iglesia al manifestar su repulsa a lo que catalogó de “creencias lamentables” en su referencia a conceptos tales como reconciliación, comprensión, solidaridad, perdón y tolerancia.

Hitler, que había sido educado en la fe católica y manifestaba respeto por la sede Vaticana desde consideraciones organizativas y de poder, mostraba abierta animosidad contra sus enseñanzas bajo la argumentación de que estas iban contra la ley natural y la selección de los más fuertes. Su propósito contra la Iglesia era determinante. Tan pronto finalizara la guerra, ya con el mundo en su dominio, el dictador consideraba arrancar de raíz y destruir la influencia del cristianismo, “el mal que esta carcomiendo nuestra sociedad” según manifestó en una charla con sus secuaces durante 1942.

El mismo hombre que invocaba a Dios en sus exaltados discursos y reconocía a la Iglesia de Roma una grandeza adquirida por la sabiduría milenaria, despreciaba lo más esencial en esa fuerza. Se trata del valor humanista de su doctrina que no pocas veces resulta soslayado en la lucha de intereses por el poder terrenal en que se enfrascan los hombres disfrazados con las vestiduras nacionalistas, revolucionarias, materialistas o de cualquier índole y que encuentran en estos conceptos un obstáculo a sus designios. No puede ser de otra manera frente a una fe religiosa donde lo Divino se abaja al extremo de hacerse solidario con la parte más frágil de la mortalidad encarnada en los desposeídos, los perseguidos o los diferentes. Eliminar ese punto de referencia ha sido uno de los propósitos donde se reconocen los totalitarios de cualquier ideología haciendo que sus metas sean antagónicas a los de la una practica cristiana comprometida con la justicia y los derechos universales.

El rechazo a la participación de los partidos políticos cristianos claramente identificados como tales adquiere nuevas variantes en nuestros días. Fundamentos racionales, ateístas o simplemente agnósticos que dicen defender a la sociedad de la intervención de la religión en el ámbito público, abogando que ese acto quede restringido al sitio recóndito de lo privado, no es más que una manifestación de una actitud falaz. A ella deben responder con valentía y disposición de servicio los cristianos que se sientan aptos para trabajar en el terreno de la política, uno más entre tantos en los que los seguidores de Cristo tienen como misión ofrecer su testimonio comprometido.

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