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viernes, 22 de agosto 2014

Nochebuena y salación

Un poco de congrí tieso y duro, pero una posta de pavo que era una belleza

MADRID, España, diciembre, 173.203.82.38 -Era diciembre de 1969. Y era un año de dieciocho meses según el calendario fidelista. Yo estudiaba el pre universitario en Cienfuegos y estaba “de cara al campo” (de culo al mundo, decía Manolito el ‘freudiano’, el que siempre hallaba la frase justa para desmontar el discurso oficial). Nos habían movilizado a la caña (a la cañona) como a todos los estudiantes y a gran parte de los trabajadores del país. Bajo un bombardeo de consignas nos aseguraban que la era estaba de parto (de los montes, supimos después). De que van van, palabra de cubano, azúcar para crecer y otras trovas ñángaras. Zafra quiero decir, de diez millones que no fueron.

Nos hallábamos como secuestrados, no muy lejos de Sagua la Grande, en medio de un cañaveral interminable que se continuaba en otro cañaveral, y este en otro y otro más con rumbo al infinito. Nada más lejos de una postal navideña que aquel paisaje sin fondo, verde enajenante y llano hasta la exasperación. Tan repetitivo y monocromático que daban ganas de llorar. Al hambre y al frío se le añadía la nostalgia de la casa, de la madre, de la novia, de la alegría que siempre había reinado en el último tramo de diciembre, esa exultante época del año conocida como Pascuas o Navidades. Ahora, en vez de vacaciones, nos zurraban con trabajo agrícola y un mayoral sonando el cuero de la ideología. Vivíamos como esclavos en unos barracones que llamaban albergues.

El descontento entre los muchachos era general. El fervor revolucionario, a esas alturas, era cosa del pasado. Era discurso hueco, sermoneo, catecismo, trova, teque. Exceptuando algún iluso y los dos o tres comecandelas que nunca faltan y sirven para confirmar la regla, todos andábamos cabreados. Diría más, estábamos hasta el forro. Y entre todos, el más obstinado era el hijo de un alto dirigente provincial, cuyo apellido catalán ahora soy incapaz de recordar. Había incluso adoptado como canción protesta un número del pop español que tenía una intención nostálgica muy distinta: “De aquellos tiempos, no / no queda nada ya / solo el pensar alegre en el ayer…”. Los demás le hacíamos coro. Era nuestro desquite.

Pero hete aquí que el día 24 vuelvo al albergue, me baño y me pongo a leer para evadirme de todo lo que me rodeaba, cuando de pronto veo semblantes alegres, caras risueñas, rostros motivados. No salía de mi asombro. Había una cena especial de Nochebuena, me aclararon enseguida. Pero yo pensaba que era una coña. Uno de esos chistes de campamento que se cuentan para pasar el rato o como mecanismo de defensa ante la adversidad. ¡Hay guanajo!, gritó una voz entusiasta desde la otra punta de la barraca. Y ya eso sí que parecía o un bonche muy bien coordinado o una bola contrarrevolucionaria como preludio a la invasión.

Fuimos corriendo al comedor. La cola fue muy rápida. La cena venía en cajitas. Un poco de congrí tieso y duro, pero una posta de pavo que era una belleza. Salí con los amigos más cercanos para cenar tranquilos al lado de la cisterna. A mí me tocó una enorme pechuga que casi no cabía en la caja de cartón. Se me hacía la boca agua. Le metí el diente y la encontré un poco salada. A la segunda mordida, la hallé salada y pico. Y a la tercera, ya no pude. Era como comer sal pura. Miré a los demás de la pandilla, y lo mismo. No se podía tragar. Roli fue el primero que tiró contra la hierba el muslo descomunal que le había tocado. Luego los demás hicimos lo mismo. Con rabia. Con frustración. Con tremendo cabreo.

Han pasado más de cuarenta años y todavía me pregunto si aquel guanajo supersalado que nos dieron como cena fue por pura casualidad o por maldad impura.

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