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jueves, 24 de julio 2014

Historia, identidad y valores ciudadanos

La enseñanza de la Historia de Cuba ha devenido una diatriba ideológica en contra del “imperialismo yanqui”

GUANTÁNAMO, Cuba, agosto, 173.203.82.38 -Desde hace varios años se habla y escribe mucho en Cuba acerca de la identidad y los valores ciudadanos. Acciones ineludibles para fortalecer la identidad cultural de un pueblo y propiciar la formación de sólidos valores son la enseñanza de la historia, el enaltecimiento de hechos y personas que constituyan ejemplos señeros y la conservación de las tradiciones. Cuando deja de prestarse atención a dichas acciones o la enseñanza de la historia se convierte en un   vehículo ideologizante; cuando se hace manifiesta la manipulación o se trata de minimizar el valor de lo realizado por generaciones precedentes para imponer la supuesta trascendencia de los actos realizados por otras generaciones más cercanas en el tiempo, sobre la ciudadanía comienza a actuar el germen del desarraigo aunque ésta haga su vida dentro de los límites de la patria. Entonces la desconfianza y la subvaloración de lo autóctono hacen acto de presencia. Tales consecuencias las hemos sufrido en Cuba y sus efectos resultan más nefastos que los que cualquier político de cursillo emergente y mano presta a la unanimidad pueda suponer.

La enseñanza de la historia de Cuba no se ha centrado en el análisis multilateral de los hechos y figuras históricas, apreciados en su justa dimensión, sino que  ha privilegiado la exposición ideológica y la recurrencia a un antimperialismo que  poco ha faltado para que los teóricos de los manuales  identifiquen con la figura del cacique Hatuey. Demonizar a Estados Unidos más que enseñar la historia de Cuba parece haber sido la brújula de quienes están encargados de redactar los programas de estudios de la asignatura. Junto con esta manía de echarle las culpas de nuestros errores a los Estados Unidos existe una marcada tendencia a la manipulación de los educandos. En esta órbita caen no pocos sucesos y personalidades.

Un ejemplo es la Protesta de Baraguá y el protagonismo que en ella tuvo el insigne patriota Antonio Maceo. Si Ud. le pregunta a un estudiante de cualquier nivel educacional, o a cualquier ciudadano, qué ocurrió con Antonio Maceo después de la Protesta de Baraguá muy pocos sabrán contestarle. Si a esa pregunta Ud. añadiera otra que interesara de su interlocutor alguna referencia sobre José Ramón Leocadio Bonachea seguramente no sabría decirle que fue un General de División nacido en Santa Clara, que también rechazó el Pacto del Zanjón, pero que a diferencia de Antonio Maceo permaneció en los campos de Cuba luchando en contra de España hasta el 15 de abril de 1879 y sólo dejó la lucha en la manigua porque así se lo ordenó el General Calixto García. Sin embargo cuando se habla de intransigencia sólo se menciona a Maceo, nada se dice de Bonachea. La causa de esta ignorancia se debe a la forma maniquea con que se enseña nuestra historia, la cual siempre ha privilegiado los aspectos positivos de un suceso o patriota sin mencionar los negativos; una enseñanza que ha priorizado la exaltación de cinco o seis figuras históricas y ha dejado en el anonimato absoluto a otros patriotas tan valiosos y dignos como los que siempre son seleccionados para engrosar los textos, patriotas anónimos  que en ocasiones ni siquiera cuentan con una simple tarja que perpetúe su nombre o con un simple sello de correos, como ocurre con el Mayor General guantanamero Pedro Agustín Pérez, a quien el Primer Vicepresidente del Consejo de Estado y Segundo Secretario del PCC, José Ramón Machado Ventura, en el reciente acto nacional conmemorativo del  asalto al Cuartel Moncada le cambió el nombre por el de José, desaguisado que fue trasmitido en vivo por la televisión sin que ninguno de los presentes en el acto le rectificara el error, como tampoco lo hicieron cuando en el mismo acto el Presidente del país, al referirse al sitio por donde desembarcó José Martí junto con Máximo Gómez, Paquito Borrero, Ángel  Guerra y Marcos del Rosario, el 11 de abril de 1895, lo llamara “Guayajabo” cuando en realidad es Playitas de Cajobabo.

Otro ejemplo de notoria manipulación histórica es la reiterada expresión pública de que José Martí no fundó dos o tres partidos, sino uno sólo, el Partido Revolucionario Cubano. Cuando se hace tal afirmación lo que se pretende es vender la idea de que José Martí era un enemigo del multipartidismo, ocultándosele al pueblo que el Partido Revolucionario Cubano no fue creado por el Apóstol con fines políticos tendentes a la futura república sino con el único objetivo de organizar lo que él llamó la guerra necesaria, de ahí que en una de sus bases se estableciera su disolución una vez instaurada la lucha redentora en la manigua.

Pero si tal práctica mostrenca de enseñar la historia ha dejado indudables secuelas en nuestra sociedad, hay otras que también han minado nuestras tradiciones y reverencias hacia figuras de reconocido prestigio .Entre ellas están los cambios de nombres de las escuelas, centros de trabajo y otras instituciones; la revalorización de  determinadas fechas históricas y la imposición de figuras y paradigmas ajenos a la tradición histórica cultural de los cubanos.

Todos hemos sido testigos de cómo una escuela que hasta 1968 se llamó Félix Varela, Enrique Thomas o  José de la Luz y Caballero, de pronto recibió el nombre de Ernesto Ché Guevara o  el de Guerrillero Heroico. Hemos asistido al enterramiento del 20 de mayo, antes día de fiesta nacional, hoy lapso para la diatriba contra la República; también hemos presenciado como el 26 de julio ha alcanzado la supremacía absoluta dentro de las celebraciones de las fechas históricas, al extremo de que la Declaración de Independencia del 10 de octubre de 1868 y los levantamientos del 24 de febrero de 1895, sucesos fundacionales de nuestra nacionalidad, han sido relegados a un segundo plano. Si a esto sumamos el cambio de nombres a numerosos centrales azucareros a principios de la década de los sesenta, el acoso y debilitamiento de la Iglesia Cubana, legítima portadora de gran parte de nuestro acervo y tradiciones, tendremos una nada despreciable sumatoria de errores que a la larga han provocado la confusión, incivilidad, desarraigo y también el deterioro de los valores ciudadanos.

En Guantánamo el estadio de pelota se nombra Nguyen Van Troi aunque en Viet Nam, ni siquiera hoy, se practica ese deporte. A pesar de que Cuba es  cuna de prestigiosos científicos y médicos el hospital provincial se nombra Agosthino Neto.

Sin embargo el error  mayúsculo fue  nombrar  Granma al territorio oriental cuna de la revolución de 1868 y al órgano oficial del PCC, porque señores, todo el mundo sabe que Granma, en Inglés, es el diminutivo de grandmother, y significa abuelita. Imagino la sonrisa sardónica de algún que otro angloparlante cada vez que tropiece con tal estolidez.

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Acerca del Autor

Roberto Jesús Quiñones Haces
Roberto Jesús Quiñones Haces

Nació en la ciudad de Cienfuegos el 20 de septiembre de 1957. Es Licenciado en Derecho. En 1999 fue sancionado de forma injusta e ilegal a ocho años de privación de libertad y desde entonces se le prohíbe ejercer como abogado. Ha publicado los poemarios “La fuga del ciervo” (1995, Editorial Oriente), “Escrito desde la cárcel” (2001, Ediciones Vitral), “Los apriscos del alba” (2008, Editorial Oriente) y “El agua de la vida” (2008, Editorial El mar y la montaña). Obtuvo el Gran Premio Vitral de Poesía en el 2001 con su libro “Escrito desde la cárcel” así como Mención y Reconocimiento Especial del Jurado del Concurso Internacional Nósside de Poesía en 2006 y 2008 respectivamente. Poemas suyos aparecen en la Antología de la UNEAC de 1994, en la Antología del Concurso Nósside del 2006 y en la selección de décimas “Esta cárcel de aire puro”, realizada por Waldo González en el 2009.

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