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jueves, 28 de agosto 2014

Después de la tormenta

El Ejército debiera vender algunos tanques para que el Instituto de Meteorología adquiera nuevos radares.

PUERTO PADRE, Cuba, agosto, 173.203.82.38 – El doctor José Rubiera, director del centro de pronósticos del Instituto de Meteorología dijo el sábado 24 que la tormenta Isaac había penetrado en territorio cubano por Punta de Maisí a las 11 de la mañana y se encontraba a 180 kilómetros de aquí.

Poco después el Dr. Rubiera rectificaría, especificando que la tormenta no había entrado a Cuba por Maisí, sino por Imías, perteneciente también a la provincia de Guantánamo, lo que la acercaba un poco más a Puerto Padre e incrementaba la posibilidad de su paso sobre nosotros.

Insistía Rubiera en sus pronósticos: “Rachas huracanadas de unos 100 kilómetros y abundantes lluvias capaces de producir inundaciones y penetraciones del mar tanto en la costa norte como sur”.

Ante los vaticinios del meteorólogo más confiable de Cuba, siguiendo instrucciones de la Defensa Civil nacional, las autoridades de aquí, y de toda la región oriental, pidieron a la población previsiones imposibles para el ciudadano común: adquirir velas, faroles y lámparas en caso de apagones; tener a mano a radios de pilas para mantenerse informados ante posibles interrupciones de las señales de televisión; “autoevacuarse” en casa de familiares o amigos…

Esos son solo tres ejemplos, pero resultan más que suficientes.

Alumbrarse en tiempo de tormentas en Cuba constituye toda una odisea. Una vela útil para acaso dos o tres horas cuesta ocho pesos en los mercados estatales, una lámpara recargable de luz fluorescente es inaccesible para la mayoría de los cubanos en las tiendas recaudadoras de divisas. Recuérdese que en un artículo anterior publicado en Cubanet informamos que aún los obreros ferrocarrileros encargados de dar paso a los trenes que abastecen de caña al central Antonio Guiteras –mayor productor de azúcar de Cuba- carecieron durante toda esta zafra de un farol en su caseta para cumplir con su trabajo nocturno.

Radios de pilas no existen en Cuba, salvo los que ocasionalmente venden los comercios que solo aceptan pesos convertibles.

Y “autoevacuarse” en casas de familiares y amigos no siempre es posible por la aguda crisis que con las viviendas hay en  la isla, donde tres y hasta cuatro generaciones de cubanos suelen habitar hacinados la casa construida por los bisabuelos.

También, en concordancia con las observaciones del doctor Rubiera, en previsión de que los vientos hicieran volar los techos de los almacenes y los aguaceros anunciados empaparan las ya escasas mercancías, las autoridades permitieron la venta anticipada de la canasta básica, esto es: un poco de arroz, un puñado de frijoles negros, un kilogramo de sal y unos mililitros de aceite.

Grandes colas se formaron en las bodegas para comprar la… “canasta básica” antes de que llegara la tormenta.

El viento apenas soplaba, solo caía de tarde en tarde una fina llovizna y el calor sofocante hacía pensar en un desenlace fatal, como cuando en septiembre de 2008 el huracán Ike arrasó con la ciudad.

Pero pasada la media tarde del sábado, el doctor Rubiera estaba otra vez en las pantallas de los televisores ensalzado por los presentadores, que parecían estar de fiesta ante la posibilidad de un nuevo combate. ¡Qué importaba que no fuera una batalla en la ONU contra el “bloqueo” yanqui o por la libertad de “los cinco héroes prisioneros del imperio”!

Pretendían los presentadores elogiar las grandes dotes de meteorólogo de Rubiera cuando el doctor los interrumpió. Era aquel un trabajo en equipo y los radares del Instituto habían perdido a Isaac, pero ahora podían informar gracias a unos desconocidos meteorólogos orientales, aseguró.

La tormenta ya había salido por la playa Guardalavaca y, distante 50 kilómetros de Puerto Padre, dejaba atrás la isla.

No había soplado aquí ni una racha de viento huracanado, ni tampoco completamos siquiera una pulgada de lluvia de los torrentes aguaceros pronosticados. Con toda y esa buena fortuna, acá tenemos una precaución después de la tormenta: lograr que nos alcance el arroz de septiembre, el que ya comenzamos a comernos desde agosto por los fallidos pronósticos de tormenta.

Con esta experiencia es de esperar que las fuerzas armadas vendan algunos de sus tanques de guerra para que el Instituto de Meteorología adquiera nuevos radares. Así el doctor Rubiera podrá ser más preciso en sus pronósticos y los cubanos podremos hacer un uso óptimo de la cartilla de racionamiento.

Acerca del Autor

Alberto Méndez Castelló
Alberto Méndez Castelló

Alberto Méndez Castelló (Puerto Padre, Oriente, Cuba 1956) Licenciado en Derecho y en Ciencias penales, graduado de nivel superior en Dirección Operativa. Aunque oficial del Ministerio del Interior desde muy joven, incongruencias profesionales con su pensamiento ético le hicieron abandonar por decisión propia esa institución en 1989 para dedicarse a la agricultura, la literatura y el periodismo. Nominado al Premio de Novela “Plaza Mayor 2003” en San Juan Puerto Rico, y al Internacional de Cuentos “ Max Aub 2006” en Valencia, España.

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