SANTIAGO DE CUBA.- Rafael Molina Rodríguez tiene 60 años y apenas puede valerse por sí mismo. La enfermedad que padece le dificulta caminar, hablar, asearse y atender sus necesidades fisiológicas. Vive solo en Santiago de Cuba, sin ingresos estables y con un pronóstico médico reservado, mientras intenta sobrellevar una discapacidad que, según cuenta, se agrava con el estrés y las condiciones de vida en Cuba.
“Como vivo solo, los apagones, la falta de medicamentos, de alimentos, etc., me estresan demasiado y hay momentos en los que ni siquiera puedo hablar una palabra”, dijo en entrevista con CubaNet.
Molina padece una neuropatía periférica, una afección que atribuye a la huelga de hambre de 72 días que realizó en 2021 para protestar por su encarcelamiento. Molina ha sido activista y promotor de la Unión Patriótica de Cuba (UNPACU), la Alianza Democrática Oriental (ADO) y el Partido Nacionalista Cubano. Su militancia opositora se remonta a 2004, aunque actualmente permanece inactivo debido a su estado de salud.
“Estoy pidiendo ayuda porque estoy vulnerable, vivo solo y no tengo a nadie que me cuide”, explica. En varias ocasiones, asegura, ha tenido fiebre alta sin que hubiera alguien disponible para conseguirle un medicamento. Sus vecinos son quienes lo auxilian, le llevan comida y le facilitan agua cuando falta en la vivienda, pero sus obligaciones laborales les impiden acompañarlo durante buena parte del día.
Molina teme que su deterioro continúe sin recibir atención adecuada y considera que la tensión acumulada puede agravar su condición. La enfermedad no es su única preocupación. “Me siento vulnerable y creo que en cualquier momento van a provocar mi muerte y van a decir que la enfermedad en sí es la causante. No, me va a matar el estrés y la tensión que me provocan”, afirma.
Una huelga de hambre que afectó su salud
Molina fue detenido el 14 de enero de 2021, acusado de corrupción de menores. Según su testimonio, la denuncia surgió después de que expulsara de su vivienda a una sobrina adolescente y a la madre de esta, a quienes había acogido temporalmente. Cuenta que decidió pedirles que se marcharan al enterarse de que la menor se dedicaba a la prostitución sin su conocimiento.
El opositor sostiene que ambas fueron manipuladas por la Seguridad del Estado para ofrecer una declaración falsa en su contra. También afirma que, poco después del arresto, las denunciantes obtuvieron una vivienda pese a carecer de recursos económicos, algo que interpretó como parte de un posible acuerdo para incriminarlo. No obstante, nuestro medio no dispone de elementos independientes que permitan corroborar esa acusación.
Tras ser conducido a la Segunda Unidad de la Policía de Santiago de Cuba, conocida como el Palacete, Molina recuerda que una primera teniente lo acusó de apoyar a “pueblos terroristas”, algo que reforzó, para él, el verdadero trasfondo político de aquel arresto. A partir de entonces, se negó a ingerir alimentos.
La huelga se prolongó durante 72 días y tuvo consecuencias devastadoras para su organismo. En febrero de 2021, su hija denunció públicamente su estado de salud en Facebook. En ese momento, llevaba varios días sin comer. Había perdido alrededor de 23 kilogramos y padecía una anemia severa.

Después de pasar por la prisión de Aguadores y el hospital de la prisión de Boniato, fue trasladado al Hospital Clínico Quirúrgico de Santiago de Cuba. Según relata, lo ingresaron en una sala de Oftalmología, aunque consideraba que su estado requería atención en Medicina Interna.
“Me aislaron allí a propósito. En esa salita escondida, prácticamente me dejaron morir. Estaba en estado de coma, aunque yo creía que dormía”, contó. Inclusive llegó a ser reportado como fallecido, justo antes de recuperar la conciencia.
Pese a su deterioro físico, el proceso judicial continuó. Molina recuerda que tuvieron que cargarlo hasta la sala donde lo juzgaron, pues no podía caminar ni hablar con normalidad. «Me encontraba consciente, pero mareado totalmente». Aun así, fue condenado a 12 años de privación de libertad y cumplió tres años y seis meses en prisión, tiempo durante el cual, asegura, su salud siguió empeorando.
En 2024 recibió una primera licencia extrapenal. Un año después, cuando intentó renovarla, se la denegaron y lo devolvieron a prisión, según su testimonio, porque estaba publicando videos para denunciar la situación política y médica. Permaneció recluido más de seis meses hasta que el 12 de marzo de 2026 le concedieron una segunda licencia.
“Imagine lo que es estar en prisión con esta enfermedad, el estrés que eso implica. Realmente, si no existiera nuestro señor Jesucristo, ya yo estuviese muerto”, afirma.
La libertad provisional no ha eliminado su temor a regresar a la cárcel. “Quiero recalcar que ellos dan licencia extrapenal, pero te recogen cuando quieren. Y en mi caso es incluso más fácil porque estiman que con esta enfermedad en cualquier momento me puedo morir”, advierte. De hecho, teme que le cancelen la licencia después de publicada esta entrevista.
Sobrevivir sin ingresos y depender de los vecinos
A las dificultades para caminar y hablar se suman otros problemas de salud. Molina refiere episodios de hipertensión e hipotensión arterial, así como complicaciones urinarias que atribuye a una lesión sufrida durante un intento de colocación de una sonda. Desde entonces, explica, debe hacer un esfuerzo considerable para orinar, presenta incontinencia y ocasionalmente segrega pus por la uretra. También asegura que uno de sus testículos se inflamó después de aquel procedimiento.
Entre los productos que necesita menciona vitaminas del complejo B, antibióticos y Omega 3, aunque la indicación de cada uno debe establecerse mediante una valoración médica. Su situación económica le impide procurárselos de manera regular y tampoco puede pagar un salario a alguien que asuma ser su cuidador a tiempo completo.
Molina carece de ingresos estables y sobrevive gracias a pequeñas ayudas monetarias y a los alimentos que le proporcionan sus vecinos. No tiene recursos para desplazarse y nunca sale de casa. Recientemente, envió una misiva al Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas para solicitar ayuda humanitaria, incluida una silla de ruedas que considera urgente.
Las condiciones de su vivienda añaden dificultades a una rutina ya limitada por la enfermedad. Durante la entrevista con CubaNet, realizada el pasado 12 de octubre, llevaba tres días sin agua y se bañaba con un cubo que le facilitaba una vecina. Aunque consigue hacer las tres comidas diarias gracias a quienes lo ayudan, no puede almacenar alimentos con regularidad: aquel día, su refrigerador estaba vacío.
La desnutrición prolongada pudo contribuir al deterioro de su organismo durante la huelga de hambre, mientras que las condiciones de reclusión y las dificultades para acceder a tratamiento y rehabilitación pudieron perjudicar su recuperación. Determinar el origen y la extensión de las lesiones nerviosas requiere una evaluación clínica, pero las limitaciones que presenta hoy comprometen gravemente su autonomía.
A sus 60 años, Molina intenta vivir con las secuelas de su enfermedad en medio de la precariedad económica y el aislamiento. Sus vecinos son, por ahora, el principal sostén que tiene fuera de la prisión, aunque no pueden permanecer a su lado todo el tiempo.
“Doy gracias a Dios porque hasta ahora me ha sostenido y me sostiene”, dice. Mientras tanto, espera una ayuda que le permita afrontar su situación sin depender exclusivamente de la solidaridad ocasional de quienes viven cerca.









