Los dilemas de Miguel Díaz−Canel

Los dilemas de Miguel Díaz−Canel

No parece el más indicado para llevar el país hacia una mejora social

Miguel Díaz-Canel (Foto: Marcelo Álvarez)

GIJÓN, España.- La elección de Miguel Díaz−Canel como presidente del Consejo de Estado de Cuba ha llenado las páginas de los diferentes medios de comunicación, intentando reflejar los datos biográficos de una persona, que, según se afirma, mantiene un perfil bajo. Esta expresión, acuñada hace unos años, viene a decir que es una persona discreta, sumisa ante los superiores y cumplidora de aquellos trabajos que se le encomiendan sin discusión.

Hay una teoría empresarial en la que se defiende que las personas que más progresan en el escalafón laboral no son las más inteligentes ni las más capacitadas, sino las más dóciles. Por regla general, la inteligente discute las órdenes que recibe, apunta otras soluciones alternativas y presenta proyectos sujetos a debate y análisis por el grupo directivo. Esta postura del jefe intermedio no agrada al superior. Éste quiere que las órdenes sean ejecutadas sin discusión, con rapidez y, en cierto modo, con sometimiento laboral. De ese modo, a la hora de elegir un nombre para la promoción en la empresa, siempre sale el obediente, y no el díscolo (considerado así) aunque más capacitado, que presenta opciones diferentes a las órdenes recibidas, y que es acusado de pretender desautorizar al superior y dejarlo en entredicho ante el resto de empleados, al poner en duda la bonanza de la decisión ordenada.

Todo hace pensar, que el perfil bajo del ya actual Presidente del Consejo de Estado y de Gobierno de Cuba Miguel Díaz−Canel responde a ese tipo de personas que no discuten las órdenes recibidas, que siguen sin dudar las indicaciones que les dan, y de ese modo se ganan el beneplácito del superior, y, por lo tanto, casi sin darse cuenta, y desde una actitud pasiva, llegan a la más alta silla del estado.

Si esta teoría se cumple, Díaz−Canel vendría cumpliendo los mandatos recibidos de la superioridad con fidelidad castrista y de acuerdo con la Revolución. Esto quiere decir, que su aportación ideológica parece menguada, y que durante toda su andadura política se ha dedicado solamente a decir eso de: señor, sí, señor. Esto no le ocurrió a Roberto Robaina (la teoría parece que funciona), que se pensó aspirante principal al ascenso en 2002, se sobrepasó como crítico del sistema y fue relegado por deslealtad y condenado a ser pintor de acrílicos. Algo parecido sucedió con Pérez Roque y Carlos Lage, dos promesas del cambio fulminados por reírse de sus líderes. Fidel lo explicó así: “El enemigo externo se llenó de ilusiones con ellos”. Ahora Pérez Roque anda con el casco de obra en una empresa de construcción y Lage con los niños como pediatra. (Funciona la teoría, ¡vaya si funciona!)

Como descendiente de asturianos, a Miguel Díaz−Canel tal vez le quede un lejano vestigio de rebeldía asturiana de aquellos antepasados suyos originarios de Castropol, Asturias, España, decididos a expulsar al invasor musulmán, cuando iniciaron la reconquista allá por el siglo VIII, aunque aquí no se trata de un planteamiento bélico, sino de poner la mejora social como epicentro de todo. Castropol viene de castro (no de Fidel ni Raúl, aunque pudiera) sino del latín, “fortificación militar”, y pol, “Pablo”; la fortificación de Pablo. ¿La fortificación de Miguel?

Largo me lo fiais, dirán muchos cubanos, como plazo para que el país caribeño pueda evolucionar hacia planteamientos políticos más acordes con las urgencias sociales del momento, y la necesidad de evitar eso que en zoología llaman “inquilinismo”, es decir, un país viviendo a costa de otro: Primero de la URSS, treinta años y 65.000 millones de dólares en ayudas, cuya desaparición provocó el llamado “periodo especial”. Después, de la revolución bolivariana de Chávez, combustible a bajo precio hasta la llegada de Maduro, que convirtió a Venezuela en el mayor desastre económico de los últimos tiempos y cerró las ayudas a Castro. Y ahora parece que Cuba navega en un limbo societario que oscila entre la actual Rusia, el coqueteo con Europa, no en vano grandes empresas españolas, italianas o francesas están allí instaladas, y la siempre complicada relación política con EE. UU., aunque no tanto en lo turístico, que a partir de la presidencia de Barack Obama creció el visitante americano.

La incertidumbre ante la posibilidad de cambios llamativos en la mayor de las Antillas parecen despejarse, no sólo por las palabras que pronunció Díaz−Canel en la investidura: “seremos fieles al legado de Fidel Castro, líder histórico de la Revolución, y también al ejemplo, valor y enseñanzas de Raúl Castro, líder actual del proceso revolucionario”, sino por las dudas ejecutivas ante los problemas pendientes que le dejó su antecesor, Raúl Castro, y que da la impresión de que Raúl: primero, espera (sería una sorpresa) que Díaz−Canel las resuelva de forma airosa, rompiendo ese bajo perfil que viene manteniendo, y llevando el país hacia derroteros democráticos, libertades públicas y una economía con una sola moneda (ahora hay dos, como es sabido) tarea ésta en la que llevaba embarcado Raúl Castro varios años sin conseguirlo, y que dejó el cargo con esa tarea penderte, una situación monetaria tan nociva para los naturales como para el propio país; y segundo, confía en que siga su directriz revolucionaria consabida, por lo menos mientras él viva.

Si nos fijamos en la calificación académica del recién nombrado presidente del Consejo de Estado, ingeniero eléctrico, en vez de un experto economista, no parece el más indicado para llevar el país hacia una mejora social, amén del equipo que le acompañe. Claro que las pretensiones de la Revolución son su propio mantenimiento por encima de cualquier otra cosa. Entendiendo como “otra cosa” esas trasformaciones económicas que necesita el país. Sabiendo que la política es economía en un alto porcentaje. Pero en Cuba los porcentajes se miden con unidades de revolución, no con el sistema métrico decimal europeo, que en la isla andan todavía con las libras y las onzas.

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